CAPÍTULO XXXIII (Corregido y pulido con IA)


CAPÍTULO XXXIII (Corregido y pulido con IA)

Julia lloraba desconsolada en la soledad de su cuarto. Sentía que el mundo entero se le venía abajo. Jerry, su gran ilusión, el hombre por el que había desafiado los prejuicios sociales y el verdadero amor de su vida, la había traicionado de la peor manera. Aquella amarga certeza le atravesaba el pecho dolorosamente, como una estocada directa al corazón.

Mientras tanto, en el apartamento de la avenida Larco, un confundido Jerry cedía finalmente a los encantos de Maribel. Aceptando la invitación de pasar la noche juntos, se entregaba a la pasión, una debilidad que la manipuladora joven aprovechó de inmediato para empezar a tejer su red y reconquistarlo por completo.

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Por su parte, en la residencia de los Modugno, Don Roberto llegaba a casa arrastrando los pies tras un agitador y estresante día de trabajo. En el gran recibidor de la entrada, su esposa María y su hija lo esperaban listas para la cena.

—¡Roberto, mi amor! —excluyó Doña María, acercándose para darle un tierno beso en los labios—. Te noto cansadísimo. ¿Mucho trabajo en la constructora?

—Hola, papito —saludó la joven María, dándole un beso en la mejilla.

—Hola, mis amores. Sí, ha sido un día terrible. La nueva secretaria que contraté no sirve para nada; se la pasa hablando por teléfono todo el día y no anota bien los recados. A propósito... ¿dónde está Jerry? No veo su auto en la cochera.

—¿Jerry? —Doña María titubeó, cruzando una mirada nerviosa con su hija—. Él... bueno, Roberto, él no ha llegado todavía. Salió temprano con Maribel. ¿Te acuerdas de ella? Pues resulta que está aquí en Lima.

Al escuchar ese nombre, Don Roberto cambió el semblante; una profunda mueca de desagrado e impresión se dibujó en su rostro.

—¿Maribel? ¡¿Y qué demonios está haciendo esa chica aquí en el Perú?!

—Vino de visita por unos días —explicó Doña María, tratando de suavizar las cosas—. Salieron a tomar un café, a revivir los viejos tiempos... ¿No te parece maravilloso, mi vida? Quizá vuelvan.

—¡No, no me parece nada maravilloso, María! —sentenció el patriarca con severidad—. ¿Y qué pasó con Julia? A mí esa muchacha me parece excelente para mi hijo. Es tranquila, decente y, a pesar de su condición humilde, tiene una clase tremenda. María, te pedí que la invitaras a la casa.

—Tú sabes que ella para ocupada, Roberto. Está metida en sus estudios en la universidad.

—¿No se los dije? ¡Es una muchacha admirable! ¡Esa chica va a llegar muy lejos por mérito propio! Debe tener unos padres maravillosos que la guiaron bien. Deberíamos invitarlos a todos a cenar.

—Sus padres son divorciados —intervino la joven María—. De hecho, tú debes conocer a su papá... es Enrique Cisneros, el íntimo amigo de Francisco Flores Urteche.

—¿Enrique Cisneros?... —Don Roberto tragó saliva, guardando la compostura al recordar súbitamente que él había sido el jefe de la verdadera madre de María, un secreto del pasado que prefería no remover—. Sí, ya lo recuerdo. ¿Y la madre?

—La señora Amanda. Es una mujer admirable del barrio, ha criado sola y a pulso a sus dos hijas.

—Pues con mayor razón. Hay que invitar a esa señora y a la hermana de Julia. Llámalas.

—Está bien, Roberto, yo le avisaré a la señora Amanda —cedió Doña María—. Pero primero, vámonos al comedor que la comida se va a enfriar.

—¿Cómo? ¡¿Me estás diciendo que Jerry no va a cenar con nosotros por quedarse con esa mujer?! —reclamó Don Roberto, encendiendo su cólera—. ¡¿Acaso esa Maribel es más importante que cumplir con la familia?!

—Ya, Roberto, no te pongas así —pidió su esposa, tomándolo del brazo—. Nuestro hijo ya es un hombre y tiene derecho a vivir su propia vida.

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Mientras tanto, en el apartamento de Maribel, la atmósfera era sofocante. Los besos apasionados continuaban, hasta que Jerry, en un destello de lucidez y remordimiento, recuperó la razón y se soltó bruscamente del abrazo.

—Maribel, espera... detente. Lo que estamos haciendo aquí es una completa locura —dijo Jerry, pasándose la mano por el rostro, agitado.

—¿Una locura? ¿Por qué, mi amor? ¿Acaso no te das cuenta de lo mucho que nos seguimos queriendo? —susurró ella con voz felina—. Vamos, Jerry... dame otro besito, no seas malo.

—No, es mejor que me vaya. Ya se está haciendo muy tarde y mi padre debe estar esperándome.

Jerry dio media vuelta y caminó decidido hacia la puerta de salida, pero en ese milisegundo, Maribel desplegó su actuación dramática.

—¡Auch! ¡Ay, Dios... cómo me duele! —exclamó, doblándose sobre el sofá y tomándose el tobillo.

Jerry se detuvo en seco y volteó, traicionado por su caballerosidad.

—¿Te pasa algo, Maribel? ¿Estás bien?

—Ay, no sé... me dio un tirón horrible. Me sigue doliendo muchísimo aquí... —gimió ella, estirando la mano hacia él con los ojos entrecerrados.

Él se acercó con ingenuidad y se agachó a su lado.

—¿Dónde te duele exactamente? ¿Aquí?

Apenas Jerry estuvo a tiro de cañón, Maribel lo tomó del cuello de la camisa y le plantó un beso brusco, posesivo y hambriento en la boca. Sin embargo, el recuerdo de Julia golpeó la mente de Jerry, quien logró zafarse con firmeza, empujándola suavemente.

—¡Ya basta, Maribel! ¡Corta el juego! ¡No creas que voy a volver a caer en tus redes!

—¡Por favor, Jerry, no seas hipócrita, nos amamos! —le gritó ella, furiosa por el rechazo—. ¿Dónde quedó todo el amor que nos juramos antes de que te vinieras a este país?

—Eso ya pasó... Todo cambió. Es imposible lo nuestro... Yo amo a otra mujer.

—¿A otra? —Maribel soltó una carcajada llena de veneno y desprecio—. ¡No me digas que de verdad te enamoraste de esa muerta de hambre del callejón! ¡Por Dios, Jerry, qué bajo has caído! ¡Qué falta de nivel!

—¡No te permito que llames así a Julia! —advirtió Jerry, levantando la voz, con los puños cerrados—. ¡Ella es una muchacha admirable, mil veces mejor que tú!

—¿Admirable? ¡Es una ordinaria, una zarrapastrosa que no sabe ni vestirse! ¡Mírame a mí, mi vida, yo te pertenezco! —insistió Maribel, abalanzándose nuevamente sobre él, llenándolo de caricias y besos forzados.

Jerry intentaba zafarse de sus brazos, pero ella se aferraba como una hiedra, jugando con su vulnerabilidad y la culpa que él cargaba por haber herido a Julia. Finalmente, abrumado por la soledad, el dolor del rechazo de su novia y el calor del momento, Jerry se rindió ante la pasión y cedió por completo a los encantos de su exnovia.

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Al día siguiente, ajena a la noche de pasión de su hermano, la joven María se dirigía en el auto familiar a buscar a la mamá de Julia. Por azares del destino, se la encontró caminando por una esquina del barrio de Jesús María.

—¡Señora Amanda! —llamó María bajanado la ventanilla—. Qué bueno verla. ¿Qué le sucede? La noto muy alterada.

—¡Ay, María, ni me hable! —exclamó Doña Amanda, deteniéndose en seco con el rostro desencajado—. ¡Lo que ese atrevido de su hermano le ha hecho a mi pobre hija no tiene perdón de Dios! ¡Es una canallada imperdonable!

—Pero... ¿de qué está hablando, señora Amanda? ¿Qué pasó con Jerry?

—¡Habló de que mi Julia terminó definitivamente con tu querido hermanito! ¡Se le cayó la máscara de santito!

—¡¿Qué?! —María se llevó las manos a la boca, conmocionada—. Pero, ¿cómo es eso posible? ¡No entiendo nada!

—Julia llegó anoche deshecha, llorando lágrimas de sangre, y me lo contó todo... Resulta que tu adorado hermano la estuvo engañando a sus espaldas con la tal Virna, la chismosa de la esquina. ¡Yo bien decía que esa Virna tenía cara de pícara y no me gustaba para nada!

—¿Qué pasa con mi prima Virna, señora Amanda? —intervino una voz varonil a sus espaldas.

Era Mariano, quien aparecía caminando de lo más erguido, vistiendo un elegante traje de saco, camisa impecable y corbata. María y Amanda se quedaron completamente atónitas al verlo lucir como todo un caballero de la alta sociedad.

—¿Mariano? —María parpadeó, asombrada—. ¿Cómo estás? Pero... ¡qué elegancia! Estás irreconocible.

—Buenos días, María, señora Amanda. Sí, lo que pasa es que ya voy camino a la chamba. Conseguí un nuevo puesto como Contador Auditor.

—¡¿Trabajar?! —Amanda se acomodó los anteojos—. ¿Y se puede saber en qué empresa prestigiosa lo han contratado, joven?

—Pues... estoy trabajando formalmente en la empresa de tu papá, María —sonrió Mariano con orgullo—. Soy el nuevo Contador Auditor de la corporación Modugno.

María sintió que el corazón se le llenaba de alegría; bajó del auto y le dio un efusivo abrazo y un beso en la mejilla para felicitarlo.

—¡No te lo puedo creer! ¡Qué felicidad, Mariano! Te lo mereces tanto...

—Pero... —interrumpió Amanda, rascándose la cabeza, confundida—. ¿Cómo es eso de que pasaste de ser un simple chofer a ser el Contador de una empresa tan grande?

—Miren, qué chico y qué redondo es el mundo, señora Amanda. Resulta que el señor Roberto Modugno vio mis calificaciones, revisó mi historial de la universidad y me dio el empleo con la única condición de que termine mis últimos cursos para titularme. Bueno, discúlpenme, pero no quiero llegar tarde en mi primer día y causar una mala impresión. Nos vemos.

—Sigue nomás, hijo, que te vaya muy bien —dijo Amanda, mirándolo con un nuevo respeto.

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Mariano continuaba su caminata con una sonrisa de oreja a oreja, sintiendo que por fin la vida le sonreía, cuando al doblar la esquina se encontró de frente con su gran amigo del callejón, el popular Piolín.

—¡Asu, compadre Mariano! —exclamó el Piolín, frenando en seco y mirándolo con los ojos abiertos—. ¡Qué tal cuajo! ¿A dónde se dirige usted tan elegante, refinado y perfumado? ¿Acaso se nos casa?

—¡Qué de bodas, compadre Piolín! ¡Me dirijo a mi nuevo puesto de trabajo! ¡Desde hoy soy el flamante Contador Auditor de la empresa del papá de Jerry Modugno!

—¡No juegues! ¡Qué buena, compadre! ¡Lo felicito de todo corazón! Pero habla... ¿cómo hizo el milagro? ¿A quién le rezó?

—El jefe vio mi esfuerzo, valoró mis notas de la facultad y me dio la oportunidad de mi vida. ¿Qué te parece? ¿Y tú, cómo vas? ¿Ya conseguiste alguna chambita por ahí?

—Nada, compadre... —suspiró el Piolín, bajando la cabeza con desánimo—. He pateado todas las calles de Lima y no sale nada. Tú sabes bien que la situación está bien difícil para los jóvenes del barrio.

—Oye... ¿y por qué no me acompañas ahorita mismo a la oficina? Es una corporación enorme, seguro que debe haber algún puesto de archivador o asistente para ti. Vamos, compadre, no pierdes nada.

—Hummmm... no sé, compadre... mírame cómo estoy. Déjame ir corriendo a mi casa a cambiarme, a ponerme una camisa limpia y me pasas la voz.

—Ya, bacán, pero apúrate que el tiempo vuela y no puedo llegar tarde.

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Minutos después, tras un largo y agotador viaje a bordo de una combi abarrotada, los dos amigos llegaron a las lujosas oficinas de la empresa Modugno & Ltda. En la recepción los esperaba Adriana, la secretaria personal de Don Roberto.

—¡Mariano, por fin llegas! ¡Has llegado con los minutos contados y al jefe no le gusta la impuntualidad! —advirtió la secretaria con tono estricto.

—Disculpa la demora, Adriana. Es que pasé trayendo a mi amigo, Jorge Luis... Queríamos saber si por si acaso hay alguna vacante o algún trabajito disponible para él aquí en la empresa.

—¿Tu amigo?... —Adriana desvió la mirada hacia el recién llegado. Lo escaneó de abajo arriba y, de pronto, su expresión severa se derritió por completo, reemplazada por una evidente fascinación.

—Hola, señorita... —saludó Jorge Luis, el Piolín, poniendo su mejor sonrisa galante—. Mi nombre legal es Jorge Luis, pero todos mis patas en el barrio me conocen como el "Piolín", para servirle a usted.

—Mucho gusto, Jorge Luis... yo soy Adriana —respondió ella, extendiéndole la mano con total coquetería y una sonrisa nerviosa.

Mariano miraba la escena conteniendo la risa, dichoso al ver que su compadre ya había sumado puntos en su primer día.


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Mientras tanto, en la calle, María seguía tratando de procesar el escándalo familiar y le exigía más detalles a la mamá de Julia.

—Pero, señora Amanda, por favor... ¿está completamente segura de que mi hermano fue capaz de cometer semejante bajeza contra Julia? ¡Es que me cuesta tanto creer que Jerry sea un mentiroso!

—Créalo, muchacha, créalo de una vez. Fue la mismísima Julia la que me lo confesó anoche con el corazón roto. Las madres no nos equivocamos.

—¿Y dónde está Julia ahorita? Quiero verla, quiero hablar con ella.

—Salió temprano... Se fue a la iglesia del barrio a desahogarse y a hablar con el Padre Miguel.

—Voy inmediatamente para allá a buscarla.

—Déjalo así, María. El agua ya se derramó.

—¡No, señora Amanda! ¡Julia es mi amiga y me necesita en este momento tan duro! Con su permiso.

María subió a su auto y le ordenó al chofer dirigirse a toda prisa hacia la parroquia. Al ingresar al templo, la escena la conmovió: Julia se encontraba al pie del altar, llorando desesperada mientras se aferraba con fuerza a las ropas del Padre Miguel.

—¡Padre! ¡Siento que ya no puedo más con esta cruz! —exclamaba Julia entre sollozos, ahogada en llanto—. ¡Jerry era mi vida entera, mi única ilusión, y me mintió de la forma más vil! ¡¿Por qué me pasa esto a mí?! ¡Yo lo quería con toda mi alma!

—Ya, mi niña... calma, hija mía —decía el Padre Miguel con profunda compasión, apoyando la cabeza de la joven en su hombro mientras le acariciaba suavemente el cabello para consolarla—. Los caminos del Señor son misteriosos y a veces las cosas suceden por una razón. No te atormentes; ten por seguro que lo que es verdaderamente para ti, volverá a ti tarde o temprano.

—¡Es que no valgo nada, Padre! —gritó Julia, hundiéndose en la autocompasión—. ¡Tienen razón los amigos de Jerry! ¡Todo el mundo se burla de mí a mis espaldas! ¡Soy una chica fea, bruta, una vecina de callejón que no encaja en su mundo!

—Mírame, Julia —pidió el Padre Miguel con voz firme pero dulce, obligándola a levantar el rostro—. No eres fea... ni mucho menos eres bruta.

Julia lo miró con los ojos enrojecidos. El rostro del sacerdote, que por momentos guardaba un aire de familia con el de Amanda, reflejaba una ternura infinita mientras le apartaba una lágrima de la mejilla.

—Eres una mujer hermosa, Julia... y eres sumamente inteligente. Tienes un futuro brillante como doctora por delante. Tú vales oro, mi niña, realmente lo vales. No dejes que nadie te haga dudar de tu valor.

En ese preciso instante, Andreína ingresaba con cautela por el pasillo central de la iglesia.

—¡Tío! Ay, perdona... no pensé que estabas ocupado atendiendo a alguien —dijo la joven, deteniéndose.

—¡Andreína, pasa, no te preocupes! —la llamó el sacerdote—. Ven, quiero presentarte a Julia Cisneros... ella es una de nuestras feligresas más queridas y no se pierde la misa de los domingos.


Julia, tratando de guardar la compostura, se secó las lágrimas rápidamente con la manga de su casaca y extendió la mano hacia Andreína. Al saludarse, ambas jóvenes se miraron fijamente a los ojos, sintiendo una inmediata y recíproca corriente de simpatía y ternura.

—Mucho gusto, Andreína...

—El gusto es mío, Julia. Mi sobrina viene llegando de Chile —explicó el Padre Miguel— y se va a quedar unos días aquí en Lima.

—Así es —asintió Andreína con su marcado acento—. Vine a reunirme con mi hermano Aurelio. No nos vemos desde que nuestros padres tomaron la decisión de separarse cuando éramos chicos.

—¿Y tu hermano también vive en Chile? —preguntó Julia, distrayendo por un momento su dolor.

—¡No, qué va! Él vive en México con mi papá, y yo me quedé en Chile con mi mamá. ¡Imagínate la emoción que tengo! ¡Esta misma noche me voy a reencontrar con él después de años! Y dime, Julia... ¿qué tal es Lima? ¿Es más bonita que Santiago?

—Bueno... cada lugar tiene su propio encanto, ¿no? Pero Lima es hermosa, ya lo verás.

—¡A mí me ha encantado lo poco que he visto! —sonrió Andreína, y de pronto miró su reloj—. Oye, quedé en verme más tarde con unas amigas chilenas que andan de turistas por el centro, pero creo que se perdieron... Lo bueno es que en la noche quedamos en ir todos a una discoteca a celebrar el reencuentro con mi hermano. Vamos a ir con Sergio, el muchacho que le ayuda a mi tío en la iglesia, y con otro chico al que llaman Patroclo... ¿Por qué no vienes con nosotros, Julia? Te prometo que la pasaremos increíble.

—¿Yo?... Este... no sé... —respondió Julia con timidez, cohibida.

—Julia... ¿tienes algo urgente que hacer esta noche en casa? —intervino el Padre Miguel con una sonrisa cómplice.

—No, Padre... la verdad es que no.

—¿Entonces qué estás esperando, hija? ¡Anda con ellas! ¡Sal, diviértete! Te va a hacer muy bien un poco de sana diversión para despejar la mente y sanar ese corazón.

Julia miró a Andreína, dispuesta a aceptar, cuando los tacones de María Modugno resonaron con fuerza en las baldosas de la iglesia al ingresar apresurada.

—Perdone la interrupción, Padre Miguel... —dijo María, ignorando el protocolo y acercándose directo a la banca—. Julia... vine volando porque necesitaba hablar contigo urgentemente. Quiero que sepas, mirándote a los ojos, que yo no sabía absolutamente nada de las porquerías de mi hermano y que tú sigues siendo alguien muy importante para mí y para toda mi familia...

Al escuchar el nombre de Jerry implícito en las palabras de María, Julia experimentó una crisis de angustia; sintió que la herida se le abría de nuevo. Se tapó el rostro con las manos, soltando un gemido de dolor, y volvió a refugiarse en los brazos protectores del Padre Miguel. Al ver que su presencia solo causaba más sufrimiento, María comprendió que no era el momento; dio media vuelta con el corazón encogido y se retiró de la iglesia. Andreína y el párroco continuaron dándole consuelo a la destrozada muchacha.

María caminaba a paso rápido por la plaza rumbo a su auto, con los ojos empañados, cuando de pronto alguien la llamó por su nombre:

—¡María! ¡Qué sorpresa! ¿Qué estás haciendo tú por este barrio?

María volteó y se topó con una silueta familiar.


—¡Santiago! ¿Qué haces tú aquí?

—Vine a acompañar a mi hermano Juan y a su enamorada Paula, que viven por esta zona —explicó el joven—. ¿Y tú?

—Vine a buscar a Julia... —respondió María, acercándose para darle un beso en la mejilla—. Pero dime... ¿cómo has estado? ¿Cuándo tienes pensado regresar a Miami?

—La verdad es que pensaba quedarme un buen tiempo más aquí en Lima... quería solucionar un par de asuntos urgentes y de índole personal. ¿Y tú, cómo estás con tus cosas?

—Muy bien... tratando de sobrellevar los problemas de mi familia.

—María... ¿sabes algo de tu primo Alonso? —preguntó Santiago, clavándole la mirada.

—Alonso está bien... él sigue viviendo en Miami, atendiendo los negocios.

—¿Y de verdad lo quieres? —soltó Santiago con audacia.

María reaccionó con absoluto asombro ante la osadía de la pregunta.

—¡Claro que lo quiero, Santiago! ¡Por Dios, si es mi primo hermano!

—No... no lo son. Ustedes no son primos —sentenció él con total seriedad.

Ella dio un paso atrás, con los ojos desorbitados por la revelación.

—Pero... ¿cómo? ¿Cómo puedes estar tan seguro de lo que dices?

—No te olvides de que tu verdadera madre fue la secretaria de mi hermano Pablo por muchos años. En mi familia conocemos muy bien esa historia, María. No llevas la sangre de los Modugno.

María sintió que un peso enorme se le quitaba de encima; respiró con un alivio que le inundó el pecho. Santiago dio un paso hacia ella, acortando la distancia, y la miró con una impaciencia contenida, como quien necesita una respuesta de vida o muerte.

—Dime la verdad, María... ¿lo quieres a él... o tus sentimientos cambiaron?

María se quedó enmudecida, incapaz de articular palabra, limitándose a mirarlo fijamente a los ojos con una ternura y un deseo que ya no cabían en su pecho. Ante la duda de Santiago, María anuló cualquier distancia, se colgó de su cuello y le plantó un impulsivo, tierno y apasionado beso en los labios. Santiago se quedó atónito por un segundo, intentando procesar el contacto antes de separarse suavemente.

—María... ¿y ese beso? ¿Qué significa?

—Significa que te quiero a ti... ¡Te quiero con todas mis fuerzas, Santiago!

—Pero... ¿y Alonso? ¿Qué va a pasar con él?

—Terminamos hace poco. Comprendí que lo nuestro era una costumbre, que no podía ser. Me dolió mucho su reacción cuando se lo dije, pero ahora que sé la verdad, todo está cristalino en mi mente. A quien amo, a quien quiero de verdad, es a ti, Santiago.

Emocionado hasta las lágrimas, Santiago acarició con la yema de sus dedos el rostro de la joven, contemplándola como su más grande tesoro.

—Jamás he podido olvidar nuestro amor, María... Yo también te amo.

Los dos se fundieron en un abrazo eterno y se besaron apasionadamente en mitad de la plaza, dándole por fin rienda suelta al amor contenido que se tenían desde hacía tanto tiempo.

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Mientras tanto, en los modernos estudios de grabación de la capital, Flor Cisneros se encontraba repasando las pautas de su próximo show cuando una de las asistentes de producción le notificó que tenía una visita muy importante esperando en el camerino. Flor se dirigió a recibirla a paso rápido y, al abrir la puerta, se quedó muda: era Amanda, su madre.

La emoción desbordó a la joven estrella; con los ojos llenos de lágrimas, corrió hacia ella y le dio un fuerte y prolongado abrazo, que Amanda correspondió con igual fuerza.

—¡Hija mía, Flor María! ¿Cómo has estado? —excluyó Amanda, apartándola un poco para mirarla con orgullo—. ¡Por lo que veo estás regia, bellísima! Quiero que sepas que en el barrio no me pierdo para nada tu show de televisión, soy tu fan número uno.

—Ay, mamá... qué alegría que hayas venido —respondió Flor, secándose las lágrimas con un pañuelo—. Siéntate, por favor. ¿No gustas que te mande a pedir un sanguchito, un refresco, un café?

—No te preocupes, hija, gracias. Ya almorcé en casa de tu tía. Vine porque me alegra inmensamente ver que a ti te va de maravilla... pero la verdad es que es tu hermana Julia la que me tiene con el alma en un hilo, me preocupa demasiado.

—¿Qué pasa con Julia, mamá? ¿Le pasó algo malo?

—Terminó definitivamente con su novio... el tal Jerry Modugno. Resultó ser un monstruo, un infeliz de la peor calaña.

—¡¿Jerry?! —Flor frunció el ceño, incrédula—. ¿Estás segura de lo que dices, mamá? ¡Pero si ese chico se desvivía por Julia, se notaba a leguas que estaba perdidamente enamorado de ella!

—Así es como lo ves, hija... las apariencias en esta vida engañan de la forma más vil. Yo misma caí en su juego de pituco educado... No te imaginas con quién fue a engañar a mi pobre Julia... con la sinvergüenza de Virna, la del callejón.

—¡¿Con Virna?! ¡No puedo creerlo! —Flor se llevó las manos a la cabeza—. ¡Pero si eso que me dices es imposible! ¡Jerry jamás se fijaría en ella teniendo a Julia!

—Es la pura verdad, Flor. Pero en fin, no hablemos más de cosas tristes que me amargan el día. Dime... ¿cómo te van las cosas con Pablo Salgado?

—Bien, mamá... todo va bien entre nosotros. Él ahorita se encuentra en México.

—¿En México? ¿Y qué se le ha perdido por allá a ese muchacho?

—Me dijo que tenía que viajar de urgencia para solucionar unos asuntos legales muy importantes de su carrera... ¡Pero la verdad, mamá, es que cada día que pasa lo extraño más! Siento un vacío horrible aquí en el pecho.

—¿Lo quieres mucho, verdad, mi amor? —preguntó Amanda con voz suave.

—¡Con toda mi alma, mamá! ¡Lo amo como nunca creí que podría amar a alguien!

Amanda la miraba con una ternura infinita, con los ojos brillando de una emoción maternal pura mientras estiraba su mano para acariciar suavemente la mejilla de su hija. Al sentir la calidez de esa mano protectora, una tremenda ola de culpa y angustia golpeó el pecho de Flor. El peso de sus mentiras se volvió insoportable en ese camerino. De pronto, Flor se arrojó a los brazos de su madre, sollozando con desesperación.

—¡Perdóname, mamá! ¡Por favor, perdóname por haberte mentido tanto! ¡Perdóname! —exclamó Flor, con la voz ahogada por el llanto.

—Pero hija... ¿de qué me estás pidiendo perdón? Calma, mi vida.

—¡Es que te he mentido todo este tiempo, mamá! ¡Te he engañado! —confesó Flor, rota por dentro, snifando—. No soy el modelo de hija perfecta que tú piensas... no soy esa santa. Yo... yo he hecho cosas horribles, cosas de las que me avergüenzo...

—¡¡¡Shhhh!!! —interrumpió Amanda con dulzura, colocándole suavemente el dedo índice sobre los labios para callarla—. Lo sé todo, hija mía. Sé toda la verdad.

—¡¿Qué?! —Flor dio un respingo, retrocediendo con el rostro pálido y los ojos desencajados por el pánico—. ¿Lo... lo sabes? ¿Quién te lo dijo?

—Sé perfectamente que andabas frecuentando esos bares de mala muerte en las zonas más peligrosas de la ciudad... —dijo Amanda con un tono comprensivo.

Flor comenzó a titubear, el miedo a perder el amor de su madre la hacía temblar entera.

—Mamá... escúchame, por favor, no es lo que estás pensando... Yo... yo iba a esos lugares cochinos por una asignación de mi antiguo trabajo en la revista... Así era como conseguía las primicias y me enteraba de los chismes de los artistas de la farándula... ¿Acaso crees que de otra forma hubiera sabido lo del concierto de Pablo Salgado en Lima? Lo hice por salir adelante...

—Eso lo entiendo perfectamente, Flor María, y valoro tu esfuerzo —continuó Amanda, clavándole una mirada más profunda, seria y cargada de una dolorosa madurez—. Pero lo que mi corazón de madre no termina de entender... son tus amoríos de mujer fácil con los chicos del barrio. Lo que hiciste con ese joven, Ramón Augusto, allá en las playas de Barranca...

Flor tragó saliva, sintiendo que la tierra se tragaba su orgullo. El recuerdo de su egoísmo la abrumó.

—Ejem... no sé qué me pasó en ese viaje, mamá... fue una reacción estúpida, una locura repentina del momento... no sé... Pero te juro por Dios que estoy profundamente arrepentida de haberle hecho tanto daño a esa pobre muchacha, a Chochi... Te lo juro por mi vida, mamá, estoy arrepentida.

Amanda guardó silencio por un instante, respiró hondo y soltó la pregunta que Flor más temía, la verdad más dolorosa de su pasado:

—¿Y el bebé que perdiste, Flor? ¿Por qué me ocultaste algo tan grave? ¿Por qué no me dijiste nada de ese embarazo?

Flor se quedó completamente impávida, helada como una estatua de hielo. Un sudor frío le recorrió la nuca. No quería por nada del mundo que su madre descubriera la verdad oculta tras esa pérdida: que ella misma había tomado la decisión de abortar a ese hijo por egoísmo y por salvar su carrera. Presa del pánico y la impaciencia, desvió la mirada hacia su reloj de pulsera, buscando desesperadamente cualquier excusa barata en el camerino para evadir la confesión final.

—Yo... yo no sabía lo que estaba haciendo en ese tiempo, mamá... estaba sola, asustada... Discúlpame, por favor, discúlpame... —articuló Flor con un hilo de voz, dejando caer una lágrima pesada por su mejilla.

Amanda contempló el sufrimiento real de su hija, se conmovió y dejó de lado cualquier reproche. Se acercó a ella, tomándola de las manos con una ternura infinita.

—Hija... no te atormentes más. El pasado ya pasó. Yo también he cambiado, los golpes de la vida me han enseñado a ser otra persona, menos rígida. Y quiero que sepas aquí y ahora que, a pesar de tus errores, tropiezos y secretos, hoy más que nunca me siento profundamente orgullosa de ti, Flor María. Eres mi sangre.

Las defensas de la gran estrella de la televisión se derrumbaron por completo.

—Gracias, mamá... de verdad, gracias —alcanzó a decir Flor, dejando salir todo el dolor contenido.

En ese emotivo instante de redención, la señora Amanda atrajo a su hija hacia su regazo, recostó la cabeza de la joven sobre su hombro y comenzó a acariciarle suavemente el cabello, arrullando a Flor María, quien, con todos sus defectos, seguía siendo su más grande y adorado orgullo.

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Al caer la tarde, Doña Amanda regresaba al callejón con el corazón más ligero tras la conversación con Flor. Sin embargo, al llegar a la puerta de su casa, se dio con la sorpresa de encontrar al Padre Miguel conversando animadamente con la chilena Andreína y una Julia que lucía un semblante un poco más animado.

—¡Miguel! ¿Qué milagro tenerte por mi casa? ¿Pasó algo malo en la parroquia? —preguntó Amanda, acomodándose la cartera.

—Para nada, Amanda. Buenas tardes. Venía justamente a pedirte un favor muy especial: quería saber si le das permiso a Julia para que salga esta noche a una fiesta junto a mi sobrina Andreína.

—¿Tú eres la famosa Andreína? —preguntó Amanda, entornando los ojos mientras escaneaba a la jovencita de arriba abajo.

—¡Así es, señora Amanda! Un gusto enorme conocerla —saludó la muchacha con una sonrisa carismática—. Soy Andreína, la sobrina del Padre Miguel, para servirle.

—¿Y se puede saber con quiénes van a ir a meterse a esa discoteca? Miren que la calle está muy peligrosa a estas horas.

—Vamos con unas amigas mías que andan de turistas —explicó Andreína rápidamente— y también nos va a acompañar Sergio, el buen muchacho que le ayuda a mi tío a oficiar la misa de los domingos...

—¡Ah! ¡Haberlo dicho antes, pues, muchachos! —excluyó Amanda, cambiando el rostro a una sonrisa de total aprobación—. ¡Si va Sergio, entonces tienen todo mi permiso! Ese chico es un santo, un gran muchacho, muy decente y de buena familia. ¡Vayan nomás!

—Muchísimas gracias por la confianza, Amanda —sonrió el Padre Miguel, aliviado.

Julia y Andreína se pusieron felices, se tomaron de las manos y de inmediato corrieron al cuarto de Julia para empezar a alistarse para la gran noche. Una vez en la habitación, Andreína tomó las riendas y comenzó a revisar el modesto ropero de su nueva amiga, sacando prendas y armando combinaciones.

—A ver, Julia... pruébate este vestido negro pegado y ponte esta blusa con encaje... ¡Te vas a ver estupenda!

—¿Estás segura, Andreína? —preguntó Julia con timidez, mirándose al espejo—. ¿No crees que se notará mucho? Es un poco atrevido para mí...

—¡Para nada, por Dios! ¡Vas a lucir espectacular, créeme! Eres una muchacha guapísima, Julia, y necesitas urgente empezar a lucir tu belleza y dejar atrás los lamentos por ese tipo.

—¿De verdad... de verdad te parezco bonita? —insistió Julia, con la autoestima golpeada por el rechazo de Jerry.

—¡Pero claro, poh, niña! ¡Si eres la "mina" más linda de todo el Perú! Te aseguro que allá en Chile todos los chicos se volverían completamente locos por ti si te vieran con este desplante. Y dime, Julia... ¿y tu hermano? ¿Ya lo llamaste?

—Hablé con él por teléfono hace un rato —sonrió Andreína con los ojos iluminados—. Quedamos en encontrarnos directamente allá en la discoteca en un par de horas.

—Debe ser sumamente emocionante encontrarse nuevamente con alguien de tu propia sangre después de tantos años de distancia, ¿no?

—¡No te imaginas cuánto, Julia! Se me sale el corazón del pecho de solo pensarlo.

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Mientras tanto, en una exclusiva fuente de sodas de Miraflores, Jerry y Maribel compartían una mesa. Jerry mantenía la mirada perdida en su taza de café, sumido en los remordimientos de la noche anterior, cuando de pronto un joven de aspecto elegante y acento extranjero se aproximó a la mesa, reconociendo a la muchacha.

—¡¿Maribel?! ¡No lo puedo creer! ¿Eres tú de verdad? —excluyó el recién llegado con entusiasmo—. ¡Soy yo, Aurelio Martínez! ¡Nos conocimos en las playas de Acapulco, de la que nos pegamos!

—¡¿Aurelio?! —Maribel dio un respingo en su asiento, poniéndose visiblemente nerviosa y asustada por lo que el muchacho pudiera revelar de su pasado—. ¡Qué... qué sorpresa! ¿Cómo has estado?

—¡Muy bien! ¡Tu papá sigue siendo uno de mis mejores clientes en la firma! —comentó el joven con naturalidad.

Al escuchar que se refería a negocios de su padre, Maribel respiró con total alivio; el color le volvió al rostro y decidió usar la situación a su favor.

—¡Oh, claro que sí! Claro que me acuerdo de ti, Aurelio... Mira, te presento a Jerry Modugno... él es mi... mi novio —soltó Maribel con total soltura, adueñándose de Jerry.

Jerry, sumido en su letargo, solo atinó a estirar la mano mecánicamente, y ambos caballeros se saludaron con un firme apretón.

—Mucho gusto, Jerry... ¿Modugno, verdad? —dijo Aurelio—. Bueno, Maribel, te cuento que vine aquí a Lima para cerrar un par de negocios importantes de la empresa y también para reencontrarme con mi hermana menor.

—¡Vaya! ¿Tienes una hermana aquí en el Perú? —preguntó Maribel, fingiendo asombro.

—Así es. Se llama Andreína y vive en Chile con mi mamá. Nos vamos a ver hoy después de muchísimos años de separación... Quedamos en encontrarnos en una discoteca más tarde.

—Qué curioso sitio para un reencuentro familiar tan importante... —comentó Jerry, rompiendo su silencio con un tono apático.

—Sí, es que ambos andamos cortos de tiempo con los horarios... Pero bueno, ha sido un verdadero placer saludarlos, chicos. Aquí les dejo mi tarjeta personal para mantenernos en contacto y platicar con más calma en estos días. Disculpen la prisa, pero voy volando a cambiarme.

—Oye, Aurelio... ¿y a qué discoteca van a ir a celebrar? —indagó Maribel con una sonrisa maliciosa.

—A una que está de moda por aquí cerca... se llama Bahaus.

—¡No te lo puedo creer! —excluyó Maribel, aplaudiendo falsamente—. ¡Nosotros también planeábamos ir a ese mismo lugar esta noche! ¡Qué excelente coincidencia, a lo mejor entramos juntos!

—¡Claro que sí, hombre! ¡No faltaba más, allá los veo! —se despidió Aurelio a toda prisa.

Maribel volteó hacia Jerry con los ojos brillando de anticipación, mientras que los tres se disponían a ir a la discoteca Bahaus, sin sospechar ni por un segundo la descomunal sorpresa y el cruce de mundos que les esperaba dentro del local.


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