🎬 CAPÍTULO II: Entre Esquinas y Secretos
Al día siguiente, Alonso dormía profundamente en la mansión de su primo Jerry. En sus sueños revivía el concierto de rock y se veía besando a Claudia, la hermosa vocalista que lo había flechado.
—¡Alonso, primo, despierta! —exclamó una dulce voz.
El muchacho se despertó bruscamente. Debido a su miopía, la imagen de la joven frente a é se veía borrosa. Estiró la mano derecha buscando sus anteojos sobre el velador, pero al no encontrarlos, la misma muchacha se los entregó con una sonrisa.
—Muchas gracias —dijo Alonso, colocándoselos y recuperando la nitidez—. ¿María? ¿Eres tú?
—Sí, primo, soy yo. ¡Bienvenido!
—¡María, qué sorpresa! ¡Mira cómo has crecido, ya eres toda una señorita! Me imagino que debes tener muchos pretendientes por aquí.
—Más o menos —rio ella—. Jerry me contó que ayer fueron a un concierto de rock. Me hubiera encantado ir, pero recién llegaba de viaje de la hacienda de los abuelos. Qué bueno que hayas vuelto, primo. Pero ya, levántate y alístate, que después del desayuno nos vamos todos al club. Incluso me tomé la molestia de seleccionarte la ropa.
—Gracias, primita, te pasaste.
Tras un copioso desayuno, Alonso, Jerry y María abordaron el lujoso Porsche del pituco.
Pasaron por San Isidro para recoger a Fiorella y emprendieron rumbo hacia el club exclusivo de la costa. Al llegar a la entrada, el guardia de seguridad les cerró el paso con gesto severo.
—A ver, jovencitos, sus carnets de socios, por favor.
—Pucha, me lo olvidé en la otra billetera —dijo Jerry, rebuscando inútilmente en sus bolsillos.
—¡Este es un club privado! Sin identificación no pueden ingresar, así que circulen y regresen por donde vinieron —exclamó el vigilante, inmutable.
—¡Un momento! —intervino Fiorella, hurgando en su costosa cartera—. Me parece que yo lo tengo... ¡Aquí está!
—¿Cómo fue a parar a tus manos, mi vida? —preguntó Jerry, sorprendido.
—Tú me lo diste anoche para que te lo guardara, ¿no te acuerdas?
Al ver el documento, el semblante del guardián cambió radicalmente, adoptando una postura sumamente sumisa.
—Oh, mil disculpas, señor Jerry Modugno. Pase usted, por favor. Disculpe el malentendido.
Ya instalados en la zona de la piscina, se colocaron sus trajes de baño para disfrutar del sol y del agua. Más tarde, a Fiorella se le antojó un refresco. Se levantó de su silla plegable, cogió su toalla y, mientras se secaba el cabello, una voz familiar la llamó por la espalda. Al voltear, reconoció de inmediato a una vieja amiga de la alta sociedad.
—¡Mariana! ¡No lo puedo creer! ¡Qué gusto verte! —exclamó Fiorella, fundiéndose en un fuerte abrazo.
—Hola, Fiorella. Yo también estoy feliz de verte —respondió Mariana Flores Urtecho.
—¿Cuándo llegaste a Lima?
—Antes de ayer. Vine desde México con Pablo, mi novio.
—¿Sigues con Pablo Salgado, el cantante?
—¡Por supuesto! Un partido internacional así no se deja por nada del mundo. ¿Y tú? ¿Sigues con... Francesco?
—¡No, qué va, eso ya fue! —Fiorella hizo un gesto de desdén—. Ahora estoy con Jerry Modugno. Sí, el hijo de Roberto Modugno, el gran empresario.
—¡Asu, el hijo de Modugno! ¡Eso sí que es un tremendo partidazo! Qué suerte tienes, amiga. Te lo dije: no ibas a llegar a ningún lado con ese pobretón anterior.
Ambas rieron y continuaron conversando, ajenas a que los caprichos del destino las convertirían, más adelante, en las rivales de las hermanas Flor y Julia Cisneros.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad...
En un barrio humilde, gris y alejado de todo el glamour de la clase acomodada, la collera de los esquineros mataba el tiempo en la vereda.
—¡Coco Plano! ¡Qué es de tu vida, chocheraza! —saludó el Piolín, acomodándose la gorra.
—Más o menos, chocherita —respondió Simón, alias el "Coco Plano", un hombre de 35 años con cara de pocos amigos—. Estoy con una resaca horrible por unas chelas que tomé ayer y, para colmo, sigo sin encontrar chamba.
—¡Eso se cura con el veneno del mismo escorpión, compadre! Vamos a la tienda de Don Lucho a comprarnos unas cervezas bien heladas para revivir.
—Ya, qué queda, vamos.
Mientras caminaban, divisaron la imponente y severa figura de Amanda Pérez, que avanzaba con paso firme.
—¡Uff, Coco Plano, mira a la señora Amanda! Se nota que en su juventud ha sido un lomo saltado... y todavía se mantiene enterita la tía.
—¡Ya, Piolín, frena tu carro! Guarda tus piropos que esa tía podría ser tu mamá —lo cuadró Simón.
Al cruzarse con ella, ambos intentaron ser corteses:
—¡Señora Amanda! Buenas tardes, ¿a dónde va con tanta prisa?
—¿Y a ustedes qué les importa, par de metiches? —espetó Amanda, clavándoles una mirada de desprecio.
—No se enoje, señora —pidió el Coco Plano—. ¿Por qué tanta bronca con nosotros?
—¡Porque son una partida de vagos inútiles! Deberían estar trabajando en lugar de andar estorbando a la gente decente en la calle.
—¡Es que no hay chamba, señora! La situación está difícil y la plata no alcanza —se quejó el Piolín.
—¡Pero sí les alcanza para tragar cerveza! —retrucó Amanda con asco.
—¿Y cómo está su hija Flor? —preguntó Simón, intentando cambiar de tema.
—Trabajando, como tiene que ser. ¡Lo mismo que deberían hacer ustedes!
—¿Y Julia? —insistió el Piolín.
—¡No me hablen de esa malagradecida! Me desobedeció anoche, así que la tengo castigada y la he mandado a cargar las bolsas del mercado. ¡Y no me quiten más el tiempo, par de ociosos!
Amanda les dio la espalda con indignación y continuó su camino. Los dos amigos reanudaron su ruta hacia la tienda, pero de pronto, una silueta masiva les bloqueó el paso. Era Ugarriza, un matón del barrio con cara de pocos amigos.
—¡A ti te quería ver, Coco Plano! —rugió Ugarriza, tomándolo bruscamente del cuello de la camisa.
—¡Ugarriza! ¡Amigo mío, dichosos los ojos...!
—¡Nada de confianzas, que yo no soy tu amigo! O me pagas los 10,000 dólares que me debes hoy mismo, o te denuncio y te mando al hospital.
—No tengo el billete ahora, chochera... la situación está dura...
—¡No me interesan tus excusas! —lo interrumpió el matón, dándole un sacudón—. Te doy hasta las ocho de la noche. Si no apareces con la plata completa, ¡te rompo la recontraconcha...! ¡Ya verás de lo que soy capaz!
Ugarriza lo soltó de un golpe y se alejó mandando pestes.
—¡Uy, compadrito! —exclamó el Piolín, asustado—. En qué lio te metiste. Ese bicho lo que promete, lo cumple.
—No sé cómo voy a solucionar esto, chochera —confesó Simón, sudando frío—. Lo único que se me ocurre es ir a pedirle auxilio a mi hermana, la que está casada con el general. Ella se pudre en billete, es mi última esperanza.
Decidido a salvar el pellejo, el Coco Plano tomó una combi y traspasó los límites de su realidad, adentrándose en el barrio de los ricos. Se quedó maravillado y desencajado al contemplar los caserones lujosos y los jardines perfectos; aquello parecía otro planeta. Tras dar varias vueltas sin ubicar la dirección exacta, decidió consultar a un grupo de jóvenes que conversaban en una esquina. Al ver su aspecto humilde y descuidado, los muchachos lo miraron con evidente asco.
—Oigan, muchachos, una consulta... ¿saben dónde queda la casa del general Gustavo Domínguez?
—¡Ja! ¡Regresa a tu choza, zarrapastroso! —contestó uno de ellos, soltando una carcajada burlona en su cara.
Simón agachó la cabeza y dio media vuelta, tragándose el orgullo. En ese mismo instante, el lujoso Porsche de Jerry avanzaba por la avenida de regreso del club. Desde el asiento del piloto, Jerry divisó al sospechoso individuo que deambulaba por la acera.
—Flaca, mira a ese tipo tan extraño que ronda por las casas —comentó Jerry con desconfianza—. Mejor llamo a la policía, seguro está marcando una vivienda para robar.
Fiorella aguzó la mirada a través del parabrisas y, para su total sorpresa, reconoció los rasgos del caminante.
—¡Pero si es mi tío Simón! —exclamó emocionada—. ¡Frena, amorcito, detén el carro!
—¿Tu tío? ¿Ese mendigo? —Jerry la miró sin poder creérselo.
—No le digas así, solo está un poco percudido por la calle. Si se arreglara, tendría tremenda pinta. Además, es una buenísima persona —defendió Fiorella, sacando la cabeza por la ventana—. ¡Tío! ¡Tío Simón!
El Coco Plano volteó y corrió a abrazar a su sobrina, quien bajó del auto radiante.
—¡Tío Simón! ¡Qué milagro que vienes por estos lares!
—Sobrina, necesito hablar con urgencia con tu madre, es de vida o muerte.
—Ella está en la casa, sube, te llevamos.
Con bastante dificultad por el espacio, Simón se acomodó en el asiento trasero del Porsche. El olor a sudor y calle que emanaba el tío hizo que Jerry y María tuvieran que disimular el asfixie durante el trayecto. Al llegar a la residencia de los Domínguez, ingresaron a la sala. El piso estaba tan pulido que Simón casi se va de cara.
—¡Cuidado, tío, que el piso está recién encerado!
—No te preocupes, sobrina, todo está fríamente calculado.
En ese momento, Elvira, la madre de Fiorella, entró a la estancia y se detuvo en seco al ver al visitante.
—¡¿Qué hace este vago en mi casa?!
—¡Hermanita linda! ¿Así saludas a tu hermano mayor? —intentó sonreír Simón.
—¡Con qué descaro te apareces aquí, Simón Hinojosa! No me digas que has venido nuevamente a estirar la mano para pedir plata. ¿A quién estafaste esta vez?
—A nadie, Elvira, te lo juro. Fue un mal negocio y necesito 10,000 dólares urgentes antes de las ocho de la noche, si no, me matan.
—¡Suficiente! Yo no voy a seguir financiando tus vicios ni tus deudas de juego. ¿Por qué no consigues un trabajo decente en lugar de vivir como un parásito?
—¡Te juro por la memoria de mi santa madre que le pago a este hombre y cambio de vida!
—¡No uses el nombre de nuestra madre en vano, hereje! Ella tuvo la culpa por malcriarte tanto por ser su único hijo varón.
—A ti tampoco te faltó nada, Elvira... tú eras su consentida.
—¡Pero yo sí fui agradecida y supe construir un hogar respetable! —gritó la mujer, fuera de sí—. ¡Lárgate de mi casa, vago inmundo! ¡Para mí has muerto, no te quiero volver a ver en mi vida!
Descorazonado, el Coco Plano dio media vuelta y salió de la mansión. Fiorella, conmovida, corrió tras él, seguida de cerca por Jerry.
—¡Tío Simón, no te vayas! ¡Yo te voy a ayudar! —gritó Fiorella.
—No, sobrina, no te metas en mis problemas, tu madre tiene razón.
—¿Cuánto es? ¿Diez mil? Jerry, mi enamorado, tiene los medios. Su padre es el empresario Roberto Modugno, él se pudre en plata y nos puede dar una mano. ¿Verdad, mi amor?
—Eh... sí, claro, flaca —intervino Jerry, acomodándose la casaca—. No se preocupe, señor Simón. Por tratarse del tío favorito de mi chica, yo le pongo el pecho a esa deuda.
—Gracias, muchacho... Dios te bendiga, de verdad.
—Pero con una condición —puso el parche Fiorella—. Que dejes la esquina y aceptes un trabajo. Jerry te puede emplear en alguna de las empresas de su padre, ¿no es así?
—Por supuesto, no faltaba más. Mañana mismo te pongo en planilla —asentó Jerry.
—Está bien... trato hecho —aceptó Simón, cabizbajo pero aliviado.
Jerry hizo el amago de buscar un cajero automático para entregarle el efectivo, pero Fiorella, conociendo las mañas de su tío, lo detuvo: "No, mi amor. Mejor vamos todos juntos en el carro a pagarle directamente a ese tal Ugarriza, para asegurarnos de que la deuda quede saldada".
El Porsche de Jerry volvió a cruzar la frontera de la ciudad, adentrándose en el sector popular donde el paisaje se tornaba gris, polvoriento y sombrío. Los vecinos y los esquineros se quedaban estupefactos al ver semejante máquina importada rodar por sus calles llenas de baches.
—¡Asu, chochera! —exclamó Jabancho, interrumpiendo su juego de dados—. ¡Mira ese carrazo que viene por allá!
—El que maneja debe tener más plata que el mismísimo presidente —comentó el Cholón—. ¿Qué hará un carro pituco en un sitio como este?
—Obviamente vienen por mí —aseguró el presuntuoso Patroclo, inflando el pecho—. Deben ser mis contactos.
—Ya, compadre, frena tu micro —lo bajó el Cholón—. Ya conocemos tus delirios de grandeza, tú no conoces a nadie con esa billetera.
El Porsche se estacionó frente a ellos y de la cabina bajó Simón.
—¡Compadrito Coco Plano! ¿Y ese cañazo? ¿A quién se lo robaste? —gritó el Cholón entre risas.
—¡No se lo robé a nadie, oye! Es el auto del novio de mi sobrina.
En ese momento, Fiorella descendió del vehículo, capturando todas las miradas de la esquina.
—¡Uuuyyy! ¿Y quién es esta gringaza que viene contigo? ¡Mamacita! —exclamó el Cholón, maravillado.
—¡Oe, compadre, más respeto que es mi sobrina!
—¿Su sobrina? ¡Caray, está riquísima! Permítame presentarme, hermosa, yo soy Mario, pero en el barrio me conocen como el Cholón, para servirle a usted.
Fiorella, acostumbrada a los halagos refinados, miró al Cholón con una sonrisita coqueta, divirtiéndose con el piropo barriobajero. Jerry, al ver la escena, carraspeó con fuerza para marcar territorio:
—¡Ejem! Buenas tardes.
—Sobrina —dijo Simón—. Esperen aquí en el carro con tu novio, yo puedo ir solo a arreglar con Ugarriza.
—No, tío, yo voy contigo. Quiero ver que firme el recibo —sentenció Fiorella con carácter.
—¡Ja, compadre! —se burló Patroclo—. ¡Parece que tu sobrina te conoce muy bien y no te tiene fe!
Mientras Fiorella y Simón subían a la casa del matón para saldar la cuenta mediante un recibo improvisado que ella misma redactó con pulcritud, Jerry se quedó en la acera cuidando el auto, rodeado por la curiosidad de los esquineros. Intentando romper el hielo y mantener su estatus de pituco, Jerry apoyó el codo en el techo del Porsche.
—Sí, pues, locos... la verdad es que el próximo mes me estoy quitando a Miami a visitar a unos tíos y pasear por las discotecas de South Beach. La manyan, ¿no? Es otro nivel.
—¡Qué bacán, compadre! —asintió Patroclo con naturalidad—. Cuando estés por allá, no te olvides de visitar el Palacio de Vizcaya, es simplemente majestuoso. Y te recomiendo ir a Coconut Grove; es un lugar donde las mesas están al aire libre en la calle, parecido a Miraflores pero mucho más pituco.
Jerry lo miró con los ojos abiertos, totalmente desconcertado.
—¿Tú has estado en Miami?
—¡Qué va a estar ahí ese alucinado! —lo delató el Cholón, soltando una carcajada—. Si este limpio nunca ha salido ni de Lima.
—¡Lo que pasa es que leo mucho, varón! —se defendió Patroclo, indignado.
En medio del alboroto de los vagos, una figura delgada apareció caminando por la vereda contraria, cargando una pesada canasta de paja con las compras del mercado. Era Julia. Al ver el auto, se detuvo y, en ese instante, Jerry volteó la cabeza. Sus miradas volvieron a chocar en el aire, repitiendo el chispazo de la noche anterior.
—¿Julia? —preguntó Jerry, dando un paso al frente y olvidándose de los esquineros.
—¿Jerry? —respondió ella, con la voz temblorosa de la sorpresa.
Al notar la evidente tensión romántica que flotaba en el aire, Patroclo empezó a silbar con sarcasmo la melodía de Love Story, ganándose un tremendo cocacho por parte del Cholón por entrometido.
—¿Qué haces por mi barrio? —preguntó Julia, tratando de ocultar la marca de su mejilla.
—Vine con mi enamorada a dejar a su tío, que vive por aquí. ¿Tú vives cerca?
—Sí, a la vuelta... justo iba a la bodega a comprar unos cigarrillos para mi mamá.
—¡Dile a tu mamá que no fume, flaca! ¡Eso es dañino para los pulmones! —metió la cuchara el Cholón.
Jerry ignoró por completo el comentario del esquinero y dio un paso más hacia Julia, clavándole los ojos con fascinación.
—Si quieres, te acompaño a la bodega...
El momento se congeló cuando la puerta de la casa de Ugarriza se abrió y Fiorella bajó las escaleras con el papel firmado, interrumpiendo el idilio.
—¡Ejem! —carraspeó Fiorella, mirando de arriba abajo a la muchacha de la canasta.
—¡Fiore, mi vida! —reaccionó Jerry, recomponiéndose rápido—. ¿Te acuerdas de Julia? La chica que nos ayudó... que conocimos anoche en el concierto.
Fiorella la saludó con una cortesía un tanto distante.
—Hola, Julia... Mi amor —le dijo a Jerry—, ya quedó saldada la deuda de mi tío Simón y él está totalmente dispuesto a aceptar el trabajo que le ofreciste.
—Excelente —aprobó Jerry, sacando una elegante tarjeta de presentación de su billetera para entregársela al Coco Plano—. Esta es mi tarjeta, Simón. Te espero mañana a primera hora en la oficina principal de la corporación.
—No se preocupe, don Jerry. Mañana mismito estoy ahí, bien cambiadito —aseguró Simón, mirando el cartón dorado.
—¡Esto hay que celebrarlo, compadre! ¡Salió humo blanco, traigan las chelas heladas! —gritó Patroclo.
—¡Nada de celebraciones! —lo cortó Fiorella con autoridad—. Mañana mi tío tiene que trabajar temprano y dar una buena impresión.
—¡Claro, sobrina, no faltaba más! Gracias por todo, don Jerry.
—Amorcito... —Fiorella abrazó a Jerry por el cuello, mirando de reojo a Julia—. ¿Podrías pasar mañana temprano a recoger a mi tío para llevarlo a la empresa? No quiero que falte en su primer día y me deje mal contigo.
Jerry miró de reojo a Julia. Ella, con una discreción absoluta y una sutil sonrisa cómplice, le sostuvo la mirada de forma coqueta, dándole a entender que le encantaría volver a verlo por el barrio al día siguiente.
—Por supuesto, mi vida, no faltaba más —respondió Jerry en voz alta para Fiorella, pero sin despegar los ojos de Julia—. Mañana mismo paso por aquí a recoger a tu tío.
Jerry y Fiorella abordaron el Porsche y arrancaron rumbo a San Isidro. Mientras el auto se alejaba, Jerry sonreía para sus adentros, sintiéndose completamente satisfecho: el destino le había dado el pretexto perfecto para regresar al barrio de Julia. Mañana, gracias a las revelaciones y la historia familiar que Simón le iría contando en el trayecto sobre las hermanas Cisneros, el camino de los verdaderos protagonistas de esta historia quedaría unido para siempre.
CONTINUARA...










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