CAPÍTULO XXXII (Corregido y pulido con IA)
Mariano, impulsado por el deseo de ofrecerle una vida digna y un futuro seguro a Fiorella y al bebé que venía en camino, logró finalmente una entrevista formal con el mismísimo Roberto Modugno gracias a los contactos de Jerry. Tras un encuentro tenso en la oficina principal, donde la integridad, honestidad y el talento de Mariano destacaron por encima de cualquier referencia o apellido, consiguió un empleo estable como contador en la prestigiosa empresa de los Modugno, con la firme promesa de finalizar su carrera en paralelo. Con el orgullo restaurado y los exigentes padres de Fiorella finalmente satisfechos con su "nuevo" partido, la joven pareja parecía encaminarse hacia una estabilidad envidiable.
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Sin embargo, la sombra del pasado de Jerry regresó de la peor manera en forma de Maribel. La manipuladora joven, que aseguraba cínicamente estar soltera, se dedicó a reconquistar a Jerry bajo la falsa fachada de una "amistad inocente".
Paseando en su Porsche por las calles de Lima, Jerry decidió que era buena idea pasar por Galerías Brasil.
—Jerry, amor, ¿qué venimos a hacer a este lugar tan ruidoso? —exclamó Maribel con un tono de indignación y asco mal disimulado.
—Tranquila, quiero presentarte a una buena amiga... Vamos, acompáñame.
Se dirigieron al puesto de discos de Virna, a quien encontraron sentada, con el rostro aburrido y quejándose en voz baja de cómo la piratería fonográfica estaba destruyendo por completo su negocio. En ese momento, Jerry la sorprendió llamándola por la espalda; Virna, emocionada, dio un brinco al verlo.
—¡Jerry! ¡Mi amor! ¡Qué milagro! ¿Cómo has estado? —exclamó con los ojos iluminados.
—Hola, Virna. Muy bien, gracias. Mira, quiero presentarte a Maribel...
Las dos mujeres se escanearon de arriba abajo, cruzando miradas cargadas de desprecio y hostilidad inmediata. La antipatía fue mutua y fulminante.
—Oye, Virna, de casualidad... ¿has visto a Julia por aquí? —preguntó Jerry, buscando a su novia con la mirada.
—No lo sé... —respondió Virna con desdén, cruzándose de brazos—. Hace tiempo que no se asoma por el puesto. Debe estar metida en su casa.
—Bueno, iré a buscarla allá entonces... ¿Nos vamos, Maribel?
Maribel, sin pensarlo dos veces, asintió rápidamente; estaba desesperada por salir de ese sitio que la hacía sentir sumamente incómoda. Se despidieron de mala gana y se subieron al Porsche rumbo a la casa de Julia, sin sospechar que, apenas unos segundos después de que el auto arrancara, la mismísima Julia Cisneros ingresaba al pasadizo de las galerías directa hacia el puesto.
—Hola, Virna, ¿cómo estás? —saludó Julia con una sonrisa—. ¿Qué hay de nuevo? ¿Alguna novedad en el barrio?
—¿Novedades? Ninguna... —soltó Virna con un tono de desenfado y malicia—. Solo que tu adorado amorcito, Jerry, estuvo aquí hace un ratito con una chica que se manejaba un cuerpazo... muy guapa ella.
—Ah... debe ser alguna amiga de la universidad —respondió Julia, tratando de disimular una punzada en el pecho.
—¿Amigos? Bueno... qué linda amistad, ¿no? Porque se les veía muy agarraditos de la mano y bien cariñosos, te diré.
—Vamos, Virna, no empieces con tus chismes y no digas esas cosas. Tú sabes perfectamente que Jerry no es de esos tipos juguetones. Éll me respeta.
—¡¿Que no es de esos tipos?! —exclamó Virna, fingiendo indignación mientras soltaba una carcajada limpia—. ¡Por favor, Julia! Cómo se nota que no conoces en lo absoluto a tu querido Jerry.
—Lo conozco muy bien y sé que es todo un caballero conmigo.
—¡Ja! ¡Pues lamento destruir tu burbuja de amor, pero te recuerdo que Jerry y yo estuvimos juntos! ¡Pasamos una noche entera en sus sábanas!
—¡Ya cállate, Virna! ¡No te permito que digas esas mentiras asquerosas! —gritó Julia, con los ojos llenándose de lágrimas.
—¿No me crees? ¡Pues sal y pregúntale a todo el barrio si lo que te digo es mentira! Tu adorado Jerry te ha estado viendo la cara de tonta y te está engañando a tus espaldas con cualquiera que se le cruce. ¡Abre los ojos!
—¡No y no! —exclamó Julia, desesperada, tapándose los oídos—. ¡Jerry no sería capaz de hacerme esto! ¡Tú solo quieres vernos separados!
—¡Anda a su encuentro y averígualo por ti misma! ¡Ya verás que tengo toda la razón!
Deshecha y con el corazón en la boca, Julia salió corriendo desesperada de Galerías Brasil. Avanzó a toda prisa hacia su casa, donde, efectivamente, el Porsche de Jerry estaba estacionado en la puerta. Él la estaba esperando junto a Maribel en la vereda. Al ver venir a Julia a lo lejos, Maribel activó su plan: fingió tropezar torpemente con sus tacones y se lanzó con dramatismo a los brazos de Jerry, quien, por puro reflejo e ingenuidad, la sostuvo firmemente contra su pecho en un abrazo contenedor.
En ese preciso segundo, Julia llegó a la escena y la imagen terminó de destrozarle el alma.
—¡Jerry! ¡No puedo creer que me estés haciendo esto en la puerta de mi propia casa! —gritó Julia, con la voz quebrada por el dolor.
—¡¿Julia?! —exclamó Jerry, soltando a Maribel de golpe con el rostro pálido por el susto, mientras Maribel clavaba una mirada de triunfo malicioso—. Mi amor, por favor, escúchame... ¡No es lo que estás pensando, te lo juro!
—¡Eres un cínico! ¡De cualquier hombre en la tierra me podría haber imaginado una traición, menos de ti! ¡Virna tenía toda la razón! ¡Me estás engañando con esta tipa a mis espaldas!
—¡No le hagas caso a Virna! ¡Esa mujer está loca y solo quiere hacerme daño! —se defendió Jerry, desesperado por la situación.
—¡¿Cómo te atreves a llamarla loca?! ¡Ella es mi amiga y me abrió los ojos! ¡Eres de lo peor, Jerry!
—¡Pero Julia, si fue Virna la que se me estaba sometiendo aquella noche, yo no quería nada con ella! —soltó Jerry sin pensar, traicionado por sus propios nervios y su culpabilidad.
Un silencio de muerte cayó en la calle. Julia abrió los ojos desmesuradamente, sintiendo que el mundo se le caía encima al escuchar la confesión implícita de la boca del propio Jerry. Las lágrimas comenzaron a rodar sin control por sus mejillas.
—Pensé que eras un hombre diferente, un hombre especial... pero ya me di cuenta de que eres un sinvergüenza y un mentiroso como todos los demás —sentenció Julia con un hilo de voz lleno de desprecio—. ¡No quiero volver a verte en mi vida, Jerry Modugno!
—Julia, por favor, mírame... ¡déjame explicarte qué pasó esa noche! Estaba borracho, confundido, pero a la que quiero es a ti... ¡Te amo a ti! —suplicó él, perdiendo los papeles por completo.
—¡Ya es tarde! ¡Hemos terminado para siempre! ¡Adiós!
Julia se dio la vuelta para entrar a su casa, pero Jerry, ciego por la desesperación y el miedo a perderla, la tomó forzosamente de las ropas para detenerla.
—¡Suértame! ¡Por favor, suéltame, me estás lastimando! —gritó ella, forcejeando.
—¡No, no te voy a soltar! ¡Tienes que escucharme, Julia, por favor!
—¡Suelte usted inmediatamente a mi hija, atrevido malcriado! —rugió una voz potente desde la esquina.
Era la señora Amanda, quien regresaba del supermercado cargando con furia su canasta de compras. Al ver la mirada fulminante de su suegra, Jerry, asustado y avergonzado, soltó a Julia de inmediato. Sintiéndose humillado y sin argumentos, dio media vuelta y se retiró a paso rápido junto a Maribel directo hacia su auto. Julia, totalmente desbordada por el llanto, corrió a refugiarse en los brazos protectores de su madre, quien la estrechó contra su pecho fulminando con la mirada el Porsche que se alejaba a toda velocidad.
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Mientras tanto, Jerry manejaba su auto con la mirada perdida y el corazón destrozado, sumido en una profunda tristeza. A su lado, Maribel mantenía un silencio sepulcral, aunque por dentro celebraba con euforia: sin habérselo propuesto directamente, el destino y la estupidez de Jerry le habían entregado la victoria en bandeja de plata.
—Disculpa de verdad todo lo ocurrido con tu chica, Jerry... —dijo Maribel, forzando una voz compungida y fingiendo estar terriblemente apenada—. No quería causarte problemas.
—No te preocupes, Maribel... —respondió él con la voz apagada—. Quien tiene que pedirte disculpas aquí soy yo, por el pésimo y vergonzoso rato que te acabo de hacer pasar por mis problemas.
—¡Bah! No pienses en eso. Son cosas que pasan en las parejas... —comentó ella con ligereza—. Déjame en mi apartamento, por favor.
—Está bien, allá vamos.
Jerry condujo en silencio hasta el edificio donde ella se estaba hospedando. Durante el trayecto, Maribel comenzó a desplegar hilos de nostalgia, trayendo a la mesa recuerdos de los viejos tiempos que pasaron juntos cuando todo era más fácil y lujoso. Al llegar, se volvió hacia él con una mirada felina, cargada de coquetería y seducción.
—Jerry... ¿por qué no subes un ratito? Me daría un poco de miedo entrar sola a estas horas, además te invito un trago para que te calmes los nervios... Vamos, pasa.
Jerry intentó rehusarse en un inicio, argumentando que no tenía cabeza para nada, pero Maribel, utilizando todas sus armas de seducción y manipulación, logró ablandar sus defensas. Derrotado y vulnerable, Jerry apagó el motor y subió con ella hasta el apartamento, ingresando directamente a la boca del lobo donde Maribel estaba más que dispuesta a revivir los viejos y carnales tiempos.
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Mientras tanto, en la parroquia del barrio, el Padre Miguel vivía su propio e inesperado reencuentro con la llegada de su sobrina Andreína, una joven bellísima cuya presencia en el vecindario no tardó en encender una chispa de celos en el temperamental Sergio Altamirano, y una fascinación romántica e inmediata en el corazón de Patroclo.
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Sin embargo, el drama central de la jornada estalló con violencia en las calles cuando Ramón Augusto interceptó a Chochi en una esquina, intentando abordarla a la fuerza para rogarle de rodillas que lo perdonara por su cobarde traición con Flor. Chochi intentaba zafarse de su agarre con asco, pero Ramón Augusto la tomó fuertemente de las muñecas. El violento forcejeo fue interrumpido en seco por un grito que cambiaría la historia de esa muchacha para siempre:
—¡Suelte usted a mi hija, infeliz! —rugió Don Francisco Flores Urteche, apareciendo como un torbellino.
El silencio que siguió a esas palabras fue sepulcral, espeso. Ramón Augusto soltó a la joven y retrocedió asustado. Chochi, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, giró lentamente para encarar al imponente empresario.
—¿Qué... qué ha dicho usted? —susurró Chochi, atónita—. ¿Cómo que soy su hija? ¿De qué está hablando?
La gran verdad, largamente contenida en secreto por Pancho y por el propio Francisco, quedó finalmente al descubierto bajo la luz del día. Chochi, lejos de sentirse agradecida por las atenciones recientes, los regalos o el costoso apartamento que el empresario le había facilitado, sintió una profunda y dolorosa puñalada de traición. Para ella, ese hombre adinerado que aparecía ahora con capa de héroe para "salvarla" no era más que un maldito extraño que la había ignorado y abandonado a su suerte durante años, permitiendo que creciera en la miseria absoluta y sufriendo humillaciones como empleada.
—¡Para mí, usted no es absolutamente nada! —exclamó Chochi con lágrimas de rabia e indignación en los ojos—. ¡Váyase con su dinero a otra parte! ¡Mi padre murió hace mucho tiempo!
Deshecha por la revelación, Chochi dio media vuelta y huyó corriendo a toda velocidad, buscando desesperado refugio en el callejón, en los brazos solidarios de Fiorella. Mientras tanto, Don Francisco Flores Urteche se quedó completamente solo en medio de la calle vacía, con el peso de la culpa sobre los hombros, comprendiendo de la forma más dura que todos los millones de sus cuentas bancarias jamás podrían comprar el perdón ni el amor de una hija que había aprendido a sobrevivir a golpes sin él.


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