CAPÍTULO XXX (Corregido y pulido con IA)

CAPÍTULO XXX (Corregido y pulido con IA)

Al día siguiente, Amanda llevó a María a la bodega de Don Lucho. Al entrar, el bodeguero los recibió con entusiasmo.

—¡Señora Amanda! ¡Dichosos los ojos que la ven! —exclamó Don Lucho.

—¡Ay, Don Lucho! —respondió ella, coqueta—. Ya nos vimos hace poco, ¿no se acuerda? Usted me ayudó a buscar a la señorita María.

—¡Claro que me acuerdo! Es que cuando no la veo, el tiempo se me hace eterno.

—¡Ya, Don Lucho! ¡No sea tan galante! —dijo ella, riendo.

—Dígame, ¿se les ofrece algo? ¿No quieren probar un rico rocoto relleno? Está recién hecho.

—¡Yo quiero! —intervino María—. ¡Me fascina el rocoto!

—A Flor le encanta, pero a Julia no tanto... ¡le pica demasiado! —comentó Amanda.

Don Lucho sirvió el plato con esmero y, acercándose a María, susurró: —Y dígame, señorita... ¿sabe que tiene unos ojos preciosos?

María le respondió con una mirada pícara. Don Lucho, emocionado, continuó: —Estoy diversificando el negocio. ¡Hay que pensar en grande! Este rocoto relleno es el inicio de una nueva etapa.

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En ese momento, Jerry entró en la tienda. María corrió a abrazarlo.

—¡Hermanito! ¿Dónde estabas? —preguntó ella.

—Te busqué anoche en casa de Amanda y no estabas —respondió él, desconfiado.

—Es que salimos a dar un paseo —se apresuró a decir Amanda.

—¿Al Bertolotto? —preguntó Jerry, fulminante—. Eso me dijo Mónica.

El ambiente se tensó. Don Lucho intervino rápidamente: —La idea era esa, claro. Pero luego cambiamos de planes y nos fuimos a pasear por... ¿cómo se llama? ¿Larcomar?

—¡Exacto! —asintió Amanda—. Fuimos a la playa, pero el ambiente no estaba bueno y preferimos salir.

—¡Es verdad, hermanito! —añadió María, recostándose en el hombro de Amanda—. Estoy en muy buenas manos con la señora Amanda.

—Bueno... ¿y ahora qué harán? —preguntó Jerry, aún dudoso.

—¡A casa, hijo! Voy a cocinar carapulcra, estás invitado. A propósito, ¿dónde está Julia? No la veo.

—Debe estar en la universidad —dijo Amanda, nerviosa—. La pobre para estudiando.

—Ayer tampoco estaba en casa...

—¡Claro, estaba estudiando con unas amigas! —sentenció Amanda.

Jerry, aunque sospechaba que Julia no era de visitar amigas, decidió guardar silencio. Se despidieron de Don Lucho, quien le recordó a Amanda: —¡Me debe esa carapulcra! ¡Dicen que es la mejor de todo el Perú!

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Mientras tanto, Mónica caminaba hacia el paradero cuando se cruzó con el Padre Miguel.

—¡Mónica! ¿A dónde vas tan apurada?

—¡Padre Miguel! Me voy a trabajar.

—¿Sigues con Enrique Cisneros? —preguntó él, con seriedad.

Mónica suspiró: —Sí, Padre. Sé que usted cree que lo hago para estar cerca de él, y no puedo engañarlo. Lo quiero con todo mi corazón. Me ha hecho ver la vida con optimismo.

El Padre, enternecido a pesar de la delicada situación, le dijo: —Si lo tuyo es puro y verdadero, no puedo hacer más que darte mi bendición. Que seas feliz.

Mónica lo abrazó y corrió a tomar su micro, sintiéndose radiante.

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En la oficina, Enrique confesaba a Don Francisco Flores Urteche lo impensable: —Francisco, no te oculto nada: estoy enamorado de Mónica. Ella ha revivido en mí sentimientos que creí enterrados.

—¿Y tu exmujer sabe algo?

—No, y me preocupa cómo lo tomará. Pero dime, ¿cómo va lo de tu hija Chochi? ¿Volverás a Barranca?

—He desistido. Prefiero quedarme en Lima y ayudarla desde aquí.

Mónica entró en ese momento. Tras despedir a Francisco, intentó besar a Enrique, pero él se esquivó: —No, Mónica, esto no es bueno. ¿Qué dirán tus padres? ¿Y tu tía Amanda?

—Tarde o temprano lo aceptarán. Tía Amanda ha cambiado mucho, está más sensible... Enrique, te amo, lo veo en tus ojos.

Enrique, vencido por el deseo, la tomó por los hombros y la besó con pasión.

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Más tarde, un caos se desató en la calle. Tras un confuso encuentro con Sergio, quien cuidaba al hijo de Fiorella sin saber que era su sobrino, Amanda y Julia se vieron envueltas en una persecución. El niño se soltó y, cuando finalmente fue alcanzado, la verdad estalló frente a todos:

—¡Es mi hijo! —gritó Fiorella, apareciendo con Chochi.

La impresión dejó a todos mudos. Fiorella reclamó a su hijo y se alejó con Chochi, pero Pancho, viendo la desesperación de ambas por conseguir un hogar, convenció a su "tío" Francisco para que les regalara un apartamento de lujo. Para lograrlo, Pancho inventó una mentira piadosa: —Don Francisco está desahuciado, es su última voluntad ayudar a gente como ustedes —le susurró a Chochi. Convencida, ella aceptó el regalo.

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El clímax llegó con el secreto de Mónica. En su cuarto, Enrique le hizo una revelación que cambiaría todo:

—Mónica, un amigo me ha invitado a Santiago de Chile. Quiero que viajes conmigo.

—¿Viajar contigo? —Mónica sonrió radiante.

—Sí. Y después, nos iremos a México... para siempre.

—¡Por ti, iría hasta el infinito!

Tras convencer a sus padres —quienes, aunque descontentos, aceptaron su decisión por resignación—, Mónica se despidió de todos con una excusa de "viaje de negocios".

En el aeropuerto, Pablo Salgado despidió a su mentor mientras Mónica corría a abrazar a Enrique. Sin mirar atrás, la pareja abordó el avión rumbo a Santiago, dejando a su espalda una red de mentiras y corazones rotos que estallaría apenas tocaran tierra extranjera.

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