Juan y Santiago se encontraban conversando en una fuente de soda, tomándose unas cervezas.
—¡Santiago, hermano! ¿En quién piensas?
—Hermano... Ahora que nuestro hermano Pablo nos dijo que terminó con Mariana, ¿tú crees que él haya aceptado a Flor?
—¿Y eso qué tiene de malo? A mí Flor me cae muy bien. Me parece buena muchacha.
—Eso es lo que crees. Pero Flor no es tan buena como mucha gente piensa.
—¿Por qué lo dices, hermano? ¿Acaso sabes algo que nadie sabe?
—Bueno... Pablo también lo sabe... Pero Flor se veía a escondidas con el enamorado de Chochi, la mucama de Fiorella.
Juan se quedó impresionado.
—¿Es cierto lo que dices? ¿No me mientes?
—Así es, hermano. Lo que me extraña es que, siendo Flor así, Pablo aún pretenda conquistarla. ¡No lo entiendo!
—Es el amor, hermano. Es obvio que nuestro hermano se ha fijado en la mujer equivocada, pero, bueno, así es la vida. Uno no escoge de quién enamorarse. Lamentablemente, el amor llega de quien menos se imagina...
—¿Qué estás queriendo decir?
—Que yo también me fijé en la mujer equivocada, hermano. ¿Te acuerdas de Paula? Pues ella también me engañó porque estaba jugando al mismo tiempo conmigo y con Mariano, su enamorado.
—Perdón, ¿dijiste Mariano? ¿El mismo que fue enamorado de Fiorella?
—Así es. ¡Esa víbora jugó con mis sentimientos! ¡Pero esto no se va a quedar así! ¡Yo sé cómo vengarme!
—¿Cómo lo vas a hacer, hermano?
—¿Te acuerdas de María Modugno?
—Sí, claro... ¡Cómo no me voy a acordar de ella! ¡Pero tengo entendido que ella viajó a Miami!
—Pues ella regresó a Lima hace unos días.
—¿María está aquí? ¡Qué bien! ¡Yo tengo unas ganas enormes de verla!
—No me digas que, a pesar de todo, la quieres...
—No lo sé... Yo creo que sí, la quiero. Es que el viaje a Barranca aclaró mis sentimientos. Ahora comprendí que solo me hago ilusiones de estar con Fiorella porque ella nunca va a estar conmigo... Pero, bueno, me hablabas de que tienes un plan...
—Sí, claro. María y yo simulamos que somos pareja... ¡Para sacarle celos a Paula! ¡Ja!
—¡Cuidado, hermano, que puede ser peligroso!
—¡Lo que sea! ¡Pero no te imaginas la cara que puso Paula cuando me vio abrazando a María!
—¿Y María qué dice de esto?
—¡Pues está de acuerdo porque sabe que Paula necesita una lección!
Santiago pone una mirada incrédula pero opta por seguirle la corriente a Juan.
En ese momento, se acerca el Patroclo y se dirige hacia donde están ellos. Juan lo reconoce y se saludan.
—¡Compadre Juan! —dijo Patroclo—. ¡Usted sabe algo de Marianita!
—Bueno... —dijo Juan—, ahora Mariana ha terminado con Pablo.
—¿Cómo? —exclamó Patroclo, con asombro—. ¡No puedo creerlo! ¡Debe estar muy triste! ¡Tengo que consolarla! ¿Sabes dónde vive?
—Por supuesto. Si gustas, te puedo dar su dirección y teléfono.
El Patroclo pidió una hoja de papel y un bolígrafo para que Juan le dictara la dirección de Mariana. De inmediato, como un rayo, el Patroclo se despide de los hermanos y se va en busca de Mariana.
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Mientras tanto, en Jesús María, el barrio de Amanda, luego de despedirse del Padre Miguel, Amanda decidió regresarse a su casa; pero, en el camino, se encuentra con María Modugno, que estaba muy feliz y contenta.
—¡Señora! ¡Cómo está! ¿Se encuentra Julia?
—Julia ha salido con su hermana Flor y con Pablo. Pues no sé si ya lo sabes, pero Flor y Pablo ya son enamorados.
—¡Verdad! —exclamó contenta—. ¡Qué buena noticia! ¡Muy bien por Flor! ¡Ella me cae bien! ¡Usted debería estar contenta, señora, de que sus dos hijas estén con dos buenos muchachos!
—Pues si son los hombres que ellas escogieron, entonces yo no tengo nada que hacer.
—Es usted una gran mujer, señora...
—¿Lo crees así? —preguntó con extrañeza.
—¡Claro! ¡Ha criado sola a sus dos hijas! ¡Y las ha convertido en mujeres útiles a la sociedad! ¡Por ejemplo, Flor es una periodista eficiente! ¡Y seguro que Julia va a ser una buena doctora!
Amanda lo pensó un poco, se dio cuenta de que María tenía razón y le agradeció el comentario.
—¡Tienes razón, María! —dijo Amanda—. ¡Flor es una gran chica! ¡Mi mayor orgullo!
—¡Y Julia también lo es, señora Amanda!
—Así es, señora. Me vine en radiotaxi porque usted sabe lo peligrosas que son las combis.
—¿Y a tus padres no les preocupa que hayas salido sola?
—Bueno... La verdad que sí... Sobre todo con lo del secuestro y todo eso, pero... Bueno... Qué se le va a hacer...
—¡Un momento! ¡No me digas que has salido sin su permiso! ¡No puedo creerlo!
—No es eso, señora. Lo que quiero decir es que ellos ya entienden que soy mayor de edad y que me sé cuidar sola. A ellos no les gusta mucho la idea de que salga sola, pero yo les digo que no tienen nada que temer. ¡Porque los días que estuve viviendo en Miami me ayudaron a ser autosuficiente, ya que allá la pasaba sola todos los días porque Alonso, mi enamorado, trabajaba todo el día y lo veía muy poco! ¡Ay, pobrecito!
—¿Tu enamorado está en Miami? ¿Y lo extrañas?
—Bueno, nos mantenemos en contacto por Internet. Y sí, lo extraño. Pero le juro, señora, que la verdad no estoy segura de mis sentimientos con Alonso...
—¿Por qué lo dices?
—Es que... No sé... Yo antes lo veía como un primo, un familiar, pero después de que me enteré de que no tenemos ningún lazo familiar, pensé que podría interesarme como pareja, pero... La verdad no sé... Estoy confundida...
—¿Hay otro hombre acaso?
—Bueno...
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En ese momento, llegan Julia con Flor y Pablo y se acercan a saludarlas. Julia se emociona al ver a María y ambas se dan un fuerte y fraternal abrazo. Flor y Pablo saludan a María y a Amanda con fuertes abrazos.
Flor y Pablo saludan a María y a Amanda con fuertes abrazos.
—Alonso está bien. Un poco triste porque me vine aquí, pero, bueno, así son las cosas... Pero cuéntame, Flor, ya tu mamá me dio la buena noticia... ¡Así que estás nada más y nada menos que con el gran cantante Pablo Salgado!
—Así es, María. Pablo y yo decidimos estar juntos...
—¡Pues felicitaciones! —y ella abrazó a las dos y les dio un beso en la mejilla—. Pero cuéntenme, ¿qué pasó con Mariana? ¿No dijo nada? Porque a mí se me hizo raro que dejara a Pablo. ¡Yo la conozco y a ella no le gusta perder!
—¡Pues a mí también me llamó la atención su reacción! —dijo Pablo.
—¿Será que finalmente aceptó al chico que la pretendía? —dijo María—. ¡Ese al que le dicen Patroclo!
—¡No! —dijo Pablo—. ¡Ella me dijo que estaba con un tal Roberto Aravena!
—¿Roberto Aravena? —intervino Flor—. ¡Pues así se llama el Patroclo! Pues seguro se habrá dejado impactar con su elocuencia. ¡Tiene el don de convencer a la gente! Pues bien por él... Y ella también, claro...
—Bueno, María —intervino Pablo—, fue un gustazo platicar contigo, pero tenemos que irnos.
—Así es, Pablo me ha invitado a salir un rato —dijo Flor—. ¿Sí me das permiso, mamá?
—¡Por supuesto que sí, hijita! —dijo Amanda, dándole besos en la mejilla—. ¡Que Dios te bendiga y cuídense bien! ¡Además, no necesitas pedirme permiso! ¡Yo confío en ti, hijita!
—Bueno, mamá, me despido. Chao, María. Chao, hermanita, nos estamos hablando —dijo Flor, despidiéndose de ella con besos en las mejillas.
Y ambos se retiraron muy enamorados.
—¡Nosotras también nos vamos, mamá! —dijo Julia.
—¡Un momento! —intervino Amanda—. ¡A mí no me has dicho nada! ¿A dónde se supone que te vas?
—¡Me voy con María al cine, mamá!
—¡No me has dicho nada!
—¡Ande, señora! —intervino María—. Es solo un rato al cine. Si gusta, puede ir usted también con nosotras... ¡Ya verá que no hay nada de qué preocuparse!
—Bueno, está bien. Voy a arreglarme un poquito. Vamos a casa.
Y las tres se dirigieron a la casa. María abrazó a la señora Amanda y a Julia. Y en la casa los estaba esperando el tío Manuel, supuesto padre de Mónica, a quien también invitaron al cine.
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Mientras tanto, Mónica y Don Enrique se seguían besando en la oficina. De pronto, Enrique decide parar.
De pronto, Enrique decide parar.
—Pero, amorcito, ¿qué te sucede?
—Nada, esto es una tontería... Sigamos trabajando mejor... Hay muchas cosas que hacer...
—¿Qué es una tontería?
—Esto que estamos haciendo... No es bueno que me esté besando con la sobrina de mi exesposa.
—Somos un hombre y una mujer que se quieren mucho... ¡Eso es lo que importa! ... Vamos, dame otro besito...
—¡No, Mónica, por favor, no insistas!
Mónica le da otro beso a Enrique y él le contesta con frialdad.
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En ese momento, tocan a la puerta y Enrique se dirige a abrir. Es Pancho, que venía a avisarles de una visita.
—¡Señor Cisneros! —dijo Pancho—. ¡El señor Francisco Flores Urteche viene a hablar con usted!
—Hazlo pasar, Pancho.
Enrique le pide a Mónica que se retire mientras Pancho hace pasar al señor Francisco Flores Urteche.
Enrique presenta a Mónica ante el señor Flores Urteche, que le hace una mirada indiscreta. Ella se retira caminando coquetamente, moviendo la cinturita, dejando que los dos se queden solos en la oficina.
—¿Qué pasó, Francisco? Toma asiento. ¿Quieres algo para tomar? ¿Un café?
—No, gracias. Voy a ser breve.
—¿Cómo están Mariana y Clara?
—Están bien. Ahora las estoy mandando de regreso a México.
—Pero ¿por qué? ¿No se están habituando al Perú?
—No es eso. Solo que Clara extraña mucho a su círculo de amistades. Ya no se acostumbra al Perú.
—¿Y Mariana?
—Mariana ya no está con Pablo Salgado.
Enrique puso una expresión de asombro por la noticia.
—¿Es cierto lo que dices? Pe... Pero... ¿por qué? ¿Y el patrocinio?
—Mariana me pidió que continuara ayudando a Pablo en su carrera musical. Y no le molesta que esté junto a Flor.
—¿No le molesta que estén juntos? ¡Pero qué raro! ¡Mariana siempre ha sido muy celosa con Pablo! ¡Qué la hizo cambiar tan de repente de parecer! ¡Tengo entendido que ella pensaba casarse con Pablo porque estaba tan enamorada de él!
—¡Pero ella comprendió que él no estaba tan enamorado de mi hija y por eso decidió dejarlo!
—¡Pues es admirable todo el sacrificio que hace tu hija!
—¡Es una chica admirable! —y levantó su puño hacia arriba—. ¡Por eso es una Flores Urteche!
—¡Increíble! Pero ¿eso me has venido a contar?
—¡No! ¡Quiero decirte que voy a ayudar a Chochi, mi otra hija!
—Pe... Pero... Tú me dijiste que ella no quiere saber nada de su padre...
—Tú lo has dicho... Su padre... Pero ella no tiene por qué saber que soy su padre... Quiero ayudarla y darle todo lo que no pude darle... ¡Porque es mi hija!
—Pero ¿y Clara y Mariana?
—A ellas las voy a mandar a México y yo me quedaré aquí en el Perú, tratando de ayudar a mi hija.
—Pero ella todavía debe seguir en ese pueblo... ¿Cómo piensas ayudarla sin que su madre se dé cuenta? ¡Porque ella no puede verte ni en pintura luego de que la dejaste abandonada!
—Bueno... Tú dejaste abandonada a tu esposa... Ella no te puede ver ni en pintura... Pero igual te ganas a tu hija... Y a la sobrina de tu esposa... Te propongo que volvamos a Barranca...
—¿Otra vez? ¡Pero es que estoy en la mitad de un contrato millonario!
—¡Nada! ¡Primero es nuestra amistad! ¡No te olvides de que sin mí hubieras estado preso!
—¡Ni me lo recuerdes!
—¡Además, puedes ir con tu secretaria!
Sin embargo, ellos no se dieron cuenta de que Mónica los estaba espiando por la otra puerta y escuchaba la conversación. A Enrique, sintiéndose acorralado, no le quedó más remedio que aceptar nuevamente la propuesta de Don Francisco.
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Rato después, Don Francisco sale de la oficina de Enrique y se despiden los dos y Mónica. Pancho decide acompañarlo. Mónica no podía ocultar su entusiasmo.
—¡Amorcito! ¡Sí! ¡Yo quiero ir a Barranca!
—Pero ¿qué van a decir tus padres?
—¿Qué van a decir ellos? ¡Pues nada! ¡Ya soy mayor de edad y me sé cuidar sola! ¡Además, les puedo decir que estoy de viaje de negocios con mi jefe!
Ella intenta convencerlo dándole besitos en la mejilla hasta que, finalmente, Enrique cede y acepta la propuesta, con la condición de que Mónica les avisara a sus padres.
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Mientras tanto, Pancho está fuera del edificio con el señor Francisco Flores Urteche.
—¡Señor Flores Urteche! ¿Sabe algo de Guadalupe Flores Urteche?
—¿Mi hermana? ¿Sabes algo de mi hermana? Pues no sé nada de ella. Sé que está viviendo en el Perú con su marido.
—¡Y también sabe que su familia no la quiere ni ver por haberlos abandonado con un tipejo de baja clase!
—Pe... Pero... ¿Co... Cómo sabes eso?
—Porque Guadalupe Flores Urteche... Es mi madre.
De pronto, a Francisco le dio una fuerte impresión.
—¿Es cierto lo que dices, muchacho? Pe... Pero eso no es posible...
—Así es... ¡Tío Francisco! —exclamó en tono irónico, extendiendo los brazos.
Francisco todavía seguía estupefacto por el descubrimiento.
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Mientras tanto, Mariana, la hija de Francisco, empaca sus maletas cuando recibe la visita del Patroclo y sale a recibirlo.
—Mariana... Supe lo que pasó con Pablo... Pero no te preocupes, que estaré aquí para ayudarte...
—Gracias, Patroclo... ¿Ese es tu nombre?
—¡Claro que no! ¡Ya te dije que me llamo Roberto Aravena!
—¡Claro... Roberto! Pero, bueno, disculpa que me tenga que ir al aeropuerto...
—¿No me digas que te vas?
—Sí. Me regreso con mamá a México.
—¡Pero justo ahora que podemos iniciar una bonita relación juntos! ¡No puedo creerlo!
—¡Así es la vida! ¡Es más, yo tengo mi vida hecha allá en México y extraño mucho a mis amistades!
—Bueno, pero si decides volver, quiero que sepas que siempre estaré dispuesto a estar contigo.
—Gracias... Roberto —dijo con la mirada gacha.
Roberto (el Patroclo) levantó su mirada y le dio un dulce beso en la boca.
En ese momento, Clara, la madre de Mariana, ingresa al cuarto y Mariana saluda a su madre.
Roberto se ofrece a llevarlas al aeropuerto, pero en ese momento viene Don Francisco con Pancho. Clara nota que su marido no se siente bien.
—¿Es verdad que te sientes bien, Francisco? Yo creo que no estás bien. Creo que vamos a tener que posponer ese viaje.
—Estoy bien, Clara. Así es que agarren sus maletas y vayan al aeropuerto, que van a perder el vuelo.
—Está bien, Francisco. Si insistes... Cuídate mucho...
—¡Ah! Él es Pancho, mi sobrino, hijo de mi hermana Guadalupe.
Clara estaba algo confundida, pero igual decidió saludar a su sobrino político. Patroclo abría los ojos del asombro... Pancho era sobrino de Francisco Flores Urteche... Y, por ende, primo de su adorada Mariana. De inmediato, todos se dirigen a despedir a Mariana y a su mamá al aeropuerto y, luego de una emotiva despedida, ellas emprenden el vuelo de regreso a México. Patroclo se quedó triste por la partida de su Marianita.
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De regreso del aeropuerto, Pancho, que manejaba el auto, hace un desvío para llevar al señor Flores Urteche a casa de sus padres, y es allí donde dos hermanos se encuentran después de mucho tiempo.
Los dos dejan de lado sus rencores y rencillas y se abrazan fuertemente. Eso era lo que quería Pancho: que su mamá y Francisco Flores Urteche hicieran las paces.
Mientras, Pancho decide salir a la esquina con el Patroclo.
—¡Oiga, compadre Pancho! ¿Qué es eso de que usted es un Flores Urteche?
—¡Así es, compadre Patroclo! ¡Yo también soy un Flores Urteche!
—¡Entonces usted es primo de mi Marianita! ¡Ay, mi Marianita, la voy a extrañar mucho!
—¿No ha pensado viajar a México y buscarla?
—No te olvides de que mi tío puede darnos la dirección de Marianita en el D.F.
—¡Claro! ¡Me había olvidado! ¡Gracias, compadre Pancho! ¡Yo tengo unos ahorritos! ¡Ahorita mismo voy a sacar la visa para irme a México, comprar el pasaje en avión y estar junto a mi Marianita!
—De la visa no se preocupe... Mi tío tiene conexiones y lo puede ayudar...
—¡Gracias, compadre! ¡Esto hay que celebrarlo! ¡Vamos a tomarnos unas chelas!
Ambos se abrazaron y se dirigieron, felices y contentos, rumbo al bar.
+++
Mientras tanto, Mónica le pidió a Enrique que la dejara en su casa. A Enrique no le gustaba la idea por temor a encontrarse con Amanda, pero fue tanta la insistencia de Mónica que finalmente aceptó.
Durante todo el trayecto, Mónica colocaba emisoras de música romántica y no despegaba sus ojos de Enrique; él, al volante, se sentía tan incómodo que casi choca, pero, afortunadamente, nada pasó. Finalmente, llegaron al barrio y hasta la puerta de la casa de Amanda.
Finalmente, llegaron al barrio y hasta la puerta de la casa de Amanda.
—¿Me acompañas hasta la puerta, Enrique? —preguntó Mónica, en actitud coqueta.
—Esteee... Claro... Que sí... —dijo, temeroso de no toparse con Amanda.
—¡Vamos! ¡Estás muy tieso!
—¿Estás segura de que tienes llave de la casa?
—¡Claro! ¡Mi tía me hizo una copia en caso de que llegara tarde del trabajo!
Mónica abre la puerta, enciende las luces de la casa y pregunta por los miembros de la familia. Pero nadie responde. No hay nadie en la casa. Y Mónica aprovecha que está sola con Enrique para hacer de las suyas.
—Yo creo que me voy, Mónica... No sea que tu tía vaya a venir en cualquier momento...
—¡Nada! ¡No va a pasar nada! ¡Estamos los dos juntitos! —dijo Mónica mientras le extiende la mano y frunce los labios para besarlo. Enrique no podía resistirse y decidió devolverle el beso. Y ambos se besan apasionadamente.
Rato después, se oyó un ruido, como si alguien estuviera abriendo la puerta, y los dos comienzan a ponerse nerviosos y sudan intempestivamente pensando que podría ser Amanda. Mónica intenta esconderlo en el armario pero, cuando abren la puerta, se dan con la sorpresa de que se trataba de Flor y Pablo.
Ellos respiraron aliviados. Pablo y Don Enrique decidieron retirarse y se despidieron de ellas. Ellas comenzaron a platicar.
—Y ¿cómo te fue con Pablo, primita? —preguntó Mónica.
—¡Lindo! ¡Me fue muy bien! ¡Salimos a una discoteca, pero nos salimos porque estaban molestando sus fanáticas, además de que divisé a algunos paparazzis tomando fotos! ¡Bueno, creo que todo está bien, después de todo es buena publicidad para anunciar nuestro romance a todos los medios!
—¡Qué bien! ¡Te felicito!
Las dos se abrazan muy contentas.
—Y ¿cómo te va trabajando con mi papá? —pregunta Flor—. ¡Parece que te va bien!
—¡Claro que me va de maravilla! ¡Enrique es una gran persona!
—Así es. Pero dime, ¿no temes que mi mamá se entere de que trabajas con él?
—¡Bah! ¡Me tiene sin cuidado! ¡La tía anda en otra!
Las dos siguen platicando y riéndose de la vida.








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