CAPÍTULO XXV (Corregido y pulido con IA)


CAPÍTULO XXV (Corregido y pulido con IA)

Don Enrique llevó a Flor al motel donde se hospedaban con la intención de buscarle una habitación, pero en recepción el destino jugó una carta inesperada: se cruzaron con Pablo y Francisco Flores Urteche.

—¡Enrique! —exclamó Francisco—. ¿Qué haces aquí? ¡Mira quién está con nosotros!

Al ver a Flor, la expresión de Francisco se transformó en una máscara de amargura.

—¿Qué hace esa desalmada aquí? —espetó Francisco—. Pablo, ¿sabías que estaba en el pueblo?

—No, Don Francisco, no tenía ni idea —respondió Pablo, visiblemente nervioso.

—¡Pablo! —exclamó Flor, fingiendo sorpresa—. ¡Qué alegría verte!

Enrique, sintiendo el desprecio, dio un paso al frente para defender a su hija:

—¡Francisco, modera tu lenguaje! Esa "tipa" tiene nombre, se llama Flor y es mi hija. Merece el mismo respeto que cualquier otra persona.

Aunque la discusión terminó en una tregua tensa, la sospecha rondaba el aire. Más tarde, en la privacidad de la habitación, Enrique le confió a Flor el verdadero motivo de su viaje: buscaban a una vieja conocida de Francisco llamada Rosalba Jiménez. Flor, impactada por la revelación, comprendió de inmediato que se trataba de la madre de Chochi. El mundo de las intrigas era más pequeño de lo que imaginaba.

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Al día siguiente, la verdad estalló en casa de Rosalba. Cuando Francisco y Enrique llegaron, se encontraron con Fiorella y su hijo. La aparición de Francisco dejó a Rosalba en shock; la mujer se desplomó, incapaz de soportar el peso de los años y el secreto que guardaba.

Tras recuperar el conocimiento, Rosalba y Francisco quedaron a solas.

—¿Por qué te fuiste, Francisco? ¡Me dejaste sola y embarazada! —reclamó ella entre sollozos.

—¿Embarazada? ¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó él, confundido.

—¿Y a quién le iba a decir? ¡Tú ya te habías ido a México! Chochi es tu hija, Francisco. Ella es la criatura que tuve sola mientras tú disfrutabas tu fortuna.

La noticia golpeó a Francisco como un rayo. Confirmó sus sospechas, pero el rechazo de Chochi —quien lo consideraba un hombre muerto para ella— lo dejó devastado. Sin poder enfrentar la situación, Francisco ordenó regresar a Lima de inmediato, cargando con la culpa de un padre que nunca supo serlo.

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Mientras tanto, la relación entre Pablo y Flor seguía en una montaña rusa emocional. Pablo, atormentado por su compromiso con Mariana, finalmente tomó una decisión drástica. Fue a casa de Mariana para terminar todo.

—Ya no puedo más, Mariana. No podemos casarnos —dijo Pablo con firmeza.

Para su sorpresa, Mariana no suplicó. Con una sonrisa gélida, ella respondió:

—Ya lo sabía, Pablo. No te preocupes, ya encontré a otro hombre que sí sabe valorarme. Puedes irte con Flor, si es lo que quieres. Mi padre seguirá apoyando tu carrera, pero nuestra historia terminó.

Mariana, lejos de estar destrozada, había tejido un plan. Sabía que al dejarlo libre, él caería en manos de Flor, y estaba convencida de que ese sería el camino hacia la ruina de él.

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De regreso en Lima, la rutina se vio alterada por la llegada de Flor a la oficina de su padre. Mónica, al verla, intentó mantener la compostura, aunque el aire entre ambas era gélido. Sin embargo, la mayor sorpresa fue la aparición de Don Manuel, el padre de Mónica, quien regresó de Piura con la intención de reconciliarse con su hija tras los recientes escándalos.

Tras un almuerzo familiar tenso pero necesario, Flor buscó refugio donde el Padre Miguel para confesarse. El peso de sus actos —el engaño a Chochi y su pasado doloroso— la carcomía por dentro.

—Padre, ¿soy una mala persona? —preguntó, buscando redención.

Al salir de la iglesia, se topó con Mariano. La conversación tomó un giro oscuro cuando ella, intentando ser sincera, le confesó haber tenido un aborto años atrás, durante su relación. Mariano, incapaz de procesar el dolor y la decepción, le dio la espalda sin decir una palabra, dejándola sola en la acera.

Desolada, Flor fue encontrada poco después por Pablo. En ese momento de vulnerabilidad, Pablo no pudo más que abrazarla. Bajo la mirada de una ciudad que parecía conspirar contra ellos, ambos se entregaron a un beso apasionado, mientras Amanda, la madre de Flor, aparecía para brindarles su bendición, convencida de que, al final del día, la felicidad de sus hijas era lo único que importaba.

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