CAPÍTULO XXIX (Corregido y pulido con IA)
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHH! —el grito desgarrador de Julia retumbó en toda la casa.
Flor corrió hacia el cuarto de su hermana, seguida de cerca por Don Enrique. Al entrar, encontraron a Julia hecha un ovillo, temblando de pánico.
—¿Qué pasa, hermanita? ¡Dime qué tienes! —exclamó Flor, intentando calmarla.
—¡No puedo! ¡Quiero ver a mi mamá! —gritó Julia, fuera de sí.
—Pero, hija, ¿qué ha pasado? —preguntó Don Enrique, con el rostro desencajado.
—¡No puedo! ¡Quiero ver a mi mamá! —gritó Julia, fuera de sí.
—Pero, hija, ¿qué ha pasado? —preguntó Don Enrique, con el rostro desencajado.
—¡Fue horrible! —sollozó ella—. ¡Ese hombre! ¡Ese hombre entró aquí!
—¿Qué hombre, Julia? ¡Dime! —insistió Flor.
—¡Me quería violar!
Flor y Don Enrique se quedaron petrificados. El silencio en la habitación era sepulcral. Flor se acercó lentamente y la envolvió en un abrazo protector.
—¡Me quería violar!
Flor y Don Enrique se quedaron petrificados. El silencio en la habitación era sepulcral. Flor se acercó lentamente y la envolvió en un abrazo protector.
—Ya, hermanita, ya pasó... fue solo una pesadilla, ya todo está bien... —decía Flor, aunque el miedo en sus ojos delataba que ella misma no estaba segura de si era una pesadilla o una realidad cruel.
—¡Mamá! ¿Dónde está mi mamá? —continuaba Julia, inconsolable.
Don Enrique se retiró a un rincón, taciturno. La culpa le carcomía; sabía que el peligro acechaba más cerca de lo que ellas imaginaban.
Mientras tanto, en la sala, Amanda conversaba con su sobrina Mónica y María Modugno.
—Dime, María —preguntó Amanda—, ¿tus padres ya saben que estás aquí?
Don Enrique se retiró a un rincón, taciturno. La culpa le carcomía; sabía que el peligro acechaba más cerca de lo que ellas imaginaban.
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Mientras tanto, en la sala, Amanda conversaba con su sobrina Mónica y María Modugno.
—Dime, María —preguntó Amanda—, ¿tus padres ya saben que estás aquí?
—Sí, señora, ya les avisé —respondió ella.
—Es que me preocupa, querida. Recuerda que estuviste secuestrada, no debes andar sola tan tarde.
—¿Secuestrada? —intervino Mónica, sorprendida.
—Así es —suspiró María—. Estuve cautiva varios días hasta que mi hermano, con ayuda de Flor y Pablo, me rescataron. Pero, ¿saben qué es lo más curioso de todo?
—Dime, ¿qué cosa? —preguntó Amanda.
—Que los secuestradores eran mis propios padres biológicos.
Amanda y Mónica soltaron un grito de asombro.
—¿Tu padre te secuestró? Pero, ¿y los Modugno Grimaldi? —cuestionó Amanda, confundida.
—Es una historia amarga... resulta que soy hija de un policía corrupto. Y para colmo, es el mismo desalmado que atacó a Julia.
—Es que me preocupa, querida. Recuerda que estuviste secuestrada, no debes andar sola tan tarde.
—¿Secuestrada? —intervino Mónica, sorprendida.
—Así es —suspiró María—. Estuve cautiva varios días hasta que mi hermano, con ayuda de Flor y Pablo, me rescataron. Pero, ¿saben qué es lo más curioso de todo?
—Dime, ¿qué cosa? —preguntó Amanda.
—Que los secuestradores eran mis propios padres biológicos.
Amanda y Mónica soltaron un grito de asombro.
—¿Tu padre te secuestró? Pero, ¿y los Modugno Grimaldi? —cuestionó Amanda, confundida.
—Es una historia amarga... resulta que soy hija de un policía corrupto. Y para colmo, es el mismo desalmado que atacó a Julia.
Amanda sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¡No puede ser! ¿Él fue...?
—Sí, señora. Perdón por decírselo de esta forma, creo que mejor me voy.
—No, querida, tú no tienes la culpa de nada —dijo Amanda, intentando mantener la compostura—. Quédate, solo llama a tus padres para avisarles.
Para cambiar el aire pesado, Mónica, siempre astuta, sacó un álbum de fotos antiguo para distraer a su tía.
—¡Mire, tía, lo que encontré!
—¡No puede ser! ¿Él fue...?
—Sí, señora. Perdón por decírselo de esta forma, creo que mejor me voy.
—No, querida, tú no tienes la culpa de nada —dijo Amanda, intentando mantener la compostura—. Quédate, solo llama a tus padres para avisarles.
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Para cambiar el aire pesado, Mónica, siempre astuta, sacó un álbum de fotos antiguo para distraer a su tía.
—¡Mire, tía, lo que encontré!
Amanda, aunque al principio se mostró reticente, terminó cediendo al ver las fotos. El álbum recorría los mejores momentos: el quinceañero de Flor, la graduación... Amanda acariciaba cada foto con nostalgia.
—Qué lindo era todo antes —suspiró María—. Usted es una mujer afortunada, señora Amanda, tiene una familia que la quiere mucho.
Amanda sonrió con tristeza.
—Tal vez no había dinero, pero sí mucho amor. Flor y Julia fueron mi todo. Aunque, a Julia no pudimos festejarle sus quince años como a su hermana... la situación se puso difícil.
La noche avanzaba y Amanda, sintiéndose joven de nuevo, tomó una decisión:
—¿Saben qué? ¡Esta noche no nos quedamos encerradas! ¡María, tú te quedas a dormir, y nosotras nos vamos a divertir! ¡Nos vamos al Bertolotto!
Mónica prefirió quedarse a descansar, pero Amanda y María, entusiasmadas, tomaron un taxi conducido por Ramón Augusto, quien, a pesar de sus reservas, terminó llevándolas al famoso local.
El Bertolotto no era lo que María esperaba. El lugar olía a tabaco y alcohol, y la música ensordecedora de "Me emborracho por tu amor" retumbaba en las paredes. Amanda, en cambio, parecía estar en su salsa.
—¡Ramón Augusto, no seas cortés, saca a bailar a María! —ordenó Amanda.
—Qué lindo era todo antes —suspiró María—. Usted es una mujer afortunada, señora Amanda, tiene una familia que la quiere mucho.
Amanda sonrió con tristeza.
—Tal vez no había dinero, pero sí mucho amor. Flor y Julia fueron mi todo. Aunque, a Julia no pudimos festejarle sus quince años como a su hermana... la situación se puso difícil.
La noche avanzaba y Amanda, sintiéndose joven de nuevo, tomó una decisión:
—¿Saben qué? ¡Esta noche no nos quedamos encerradas! ¡María, tú te quedas a dormir, y nosotras nos vamos a divertir! ¡Nos vamos al Bertolotto!
Mónica prefirió quedarse a descansar, pero Amanda y María, entusiasmadas, tomaron un taxi conducido por Ramón Augusto, quien, a pesar de sus reservas, terminó llevándolas al famoso local.
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El Bertolotto no era lo que María esperaba. El lugar olía a tabaco y alcohol, y la música ensordecedora de "Me emborracho por tu amor" retumbaba en las paredes. Amanda, en cambio, parecía estar en su salsa.
—¡Ramón Augusto, no seas cortés, saca a bailar a María! —ordenó Amanda.
Mientras bailaban, un sujeto apodado "el Pavo" se acercó a Ramón Augusto.
—¡Marisol! ¡Qué haces acá! ¡Y dónde está la Florcita, tu hembrita! —bromeó el sujeto, ignorando que Amanda estaba presente.
—¿Flor Cisneros? —preguntó Amanda, helada—. ¿Qué tiene que ver mi hija con este lugar?
"El Pavo", sin filtro, soltó toda la verdad:
—¿Flor? ¡Pero si ella es una forajida! Aquí todos la conocemos, se ha codeado con todo el mundo, hasta con el cantinero.
La revelación cayó como una bomba. Otros presentes empezaron a confirmar que habían visto a Flor con Ramón Augusto y otros hombres, incluso en Barranca. Amanda estaba en shock. Su "hija modelo" llevaba una doble vida.
En ese momento, el caos estalló. Santiago y Juan Salgado aparecieron, y tras un malentendido con Ramón Augusto, la pelea fue inevitable. María huyó con su madre biológica, y Amanda, escoltada por Don Lucho, el bodeguero, logró escapar en medio del desorden.
—¡Marisol! ¡Qué haces acá! ¡Y dónde está la Florcita, tu hembrita! —bromeó el sujeto, ignorando que Amanda estaba presente.
—¿Flor Cisneros? —preguntó Amanda, helada—. ¿Qué tiene que ver mi hija con este lugar?
"El Pavo", sin filtro, soltó toda la verdad:
—¿Flor? ¡Pero si ella es una forajida! Aquí todos la conocemos, se ha codeado con todo el mundo, hasta con el cantinero.
La revelación cayó como una bomba. Otros presentes empezaron a confirmar que habían visto a Flor con Ramón Augusto y otros hombres, incluso en Barranca. Amanda estaba en shock. Su "hija modelo" llevaba una doble vida.
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En ese momento, el caos estalló. Santiago y Juan Salgado aparecieron, y tras un malentendido con Ramón Augusto, la pelea fue inevitable. María huyó con su madre biológica, y Amanda, escoltada por Don Lucho, el bodeguero, logró escapar en medio del desorden.
Juan, entre empujones, se topó con Paula. El ambiente era eléctrico.
—¿Juan? ¿Qué haces aquí? —preguntó ella, desafiante.
—No hay tiempo para explicaciones, ¡tenemos que salir de aquí ya!
La llevó a rastras hasta su auto. Paula intentó resistirse, golpeándolo y reclamándole, pero él la sujetó con firmeza. Sus miradas se cruzaron y, en un segundo, el odio se transformó en deseo. Se besaron con una pasión desenfrenada, olvidando los celos y el rencor.
Subieron a Santiago al asiento trasero y, bajo la adrenalina de la noche, el auto se alejó. Esa noche no solo trajo peleas y verdades dolorosas, sino el inicio de una reconciliación que ninguno de los dos esperaba.
—¿Juan? ¿Qué haces aquí? —preguntó ella, desafiante.
—No hay tiempo para explicaciones, ¡tenemos que salir de aquí ya!
La llevó a rastras hasta su auto. Paula intentó resistirse, golpeándolo y reclamándole, pero él la sujetó con firmeza. Sus miradas se cruzaron y, en un segundo, el odio se transformó en deseo. Se besaron con una pasión desenfrenada, olvidando los celos y el rencor.
Subieron a Santiago al asiento trasero y, bajo la adrenalina de la noche, el auto se alejó. Esa noche no solo trajo peleas y verdades dolorosas, sino el inicio de una reconciliación que ninguno de los dos esperaba.







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