CAPÍTULO XXIV (Corregido y pulido con IA)


CAPÍTULO XXIV (Corregido y pulido con IA)

De vuelta en Lima...

Mónica y Pancho estaban en la oficina. Ella, concentrada, respondía llamadas, mientras él perdía el tiempo leyendo el periódico.

—¡Oye! —exclamó Mónica, irritada—. ¡Deja el diario y ponte a trabajar!

—¡No hay nada que hacer aquí, pues! —respondió Pancho con desenfado.

—¡Claro que hay! Puedes arreglar esos papeles. ¡Si no lo haces, le diré a Enrique que te despida!

—¡Qué confianza le tienes al jefe! —se burló Pancho—. ¿No será que estás enamorada de él?

Mónica negó rotundamente, aunque sus ojos brillaban con una intensidad que delataba sus verdaderos sentimientos. La conversación se vio interrumpida por la llegada de Erik y Claudia. Pancho, para molestia de Mónica, los hizo pasar.

Claudia, luciendo un aire de superioridad, anunció su relación con Erik y lanzaron una invitación para su presentación musical en Barranco. Mónica, intentando proteger el espacio de Enrique, fue tajante:

—Don Enrique no está. Además, es un hombre muy ocupado para asistir a sus espectáculos. ¡Soy su secretaria y sé bien de lo que hablo!

Claudia, molesta por la actitud de Mónica, se retiró con Erik entre comentarios irónicos, dejando a Mónica más furiosa que nunca, mientras Pancho no podía ocultar una risa cómplice.

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Mientras tanto, en la universidad, Julia y María se encontraron con Juan Salgado. Decidieron ir al malecón junto a Sergio Altamirano, el amigo que Julia frecuentaba en misa. Durante el camino y la posterior merienda, la conversación fluyó entre recuerdos, reproches y las sombras del pasado.

Sergio, aún enamorado de Mónica, suspiró al escuchar noticias de ella. Por otro lado, la aparición de Paula causó una tensión evidente; Juan, para provocarla, abrazó a María, dejando a esta confundida. Jerry llegó poco después, y aunque el encuentro con Julia fue gélido, la intervención de María logró suavizar el ambiente, aunque Jerry no pudo evitar sentir celos al ver a Sergio en la mesa.


El grupo comenzó a hilar las piezas de sus propias historias: la noticia del viaje de Fiorella a Barranca los dejó a todos sorprendidos, especialmente a Juan, quien sabía que sus hermanos estaban en el mismo lugar.

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En Barranca, las máscaras de Flor terminaron de caer. Durante una fogata, su juego de seducción hacia Ramón Augusto llegó a un punto límite cuando, tras un altercado físico y una confesión forzada, Chochi descubrió la traición.

—¡Eres una desalmada! —gritó Chochi, echándola de la casa tras confirmarse que Ramón Augusto y Flor mantenían encuentros secretos.

Flor, rechazada por todos y repudiada por Pablo —quien finalmente reconoció que, aunque la amaba, no podía tolerar su perversidad—, vagaba sola y arrepentida por las calles del pueblo.

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Fue allí, en medio de su soledad, donde se encontró frente a frente con Don Enrique Cisneros.

—¿Papá? —sollozó Flor al verlo.

Enrique, lejos de reaccionar con ira, la acogió con ternura. Flor, desmoronada, le confesó todas sus faltas: su traición a Chochi, sus juegos con Pablo y su sensación de no ser digna del cariño de nadie.

—No soy tu hija... te he fallado —murmuró ella, con el rostro bañado en lágrimas.

—Tú eres mi hija, Flor —respondió Enrique con firmeza, abrazándola—. Quizás no compartamos la sangre, pero eso no cambia nada. Yo también te fallé al abandonarte a ti y a tu hermana, pero hoy estoy aquí para brindarte el cariño y la confianza que mereces.

En ese abrazo, Flor encontró una paz que no conocía. 

Mientras tanto, en otra parte del pueblo, Don Francisco Flores Urteche se acercaba peligrosamente al secreto que doña Rosalba había guardado por tantos años: la verdad sobre su hija Chochi. El pasado, finalmente, estaba alcanzando a todos.

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