Julia y María se abrazaron fuertemente en un reencuentro lleno de emoción, mientras Juan, Pancho, Mariana y Mónica las observaban, conmovidos.
(* María *)
—¡María! —exclamó Julia—. ¡Qué milagro! ¿Cuándo volviste?
—Vine esta mañana... ¡No te imaginas cuánto te extrañé! Te traje un detallito.
María sacó un pequeño paquete de su cartera y se lo entregó. Julia, algo nerviosa, lo abrió y encontró una delicada cadena de oro. Antes de que pudiera agradecerle, la voz de la señora Amanda interrumpió el momento.
—¡Julia! ¿Qué está pasando aquí?
Julia se tensó visiblemente, pero María tomó la iniciativa con elegancia:
—¡Señora Amanda! ¿Cómo está? Soy María Modugno, hermana de Jerry. He regresado de Miami y quería entregarle un presente.
(* Julia *)
La actitud de Amanda cambió radicalmente al ver el regalo; su rostro se suavizó.
—¿Para mí? No te hubieras molestado, hija... Pasa, por favor, vamos a tomar un lonchecito.
(* Amanda *)
A pesar de la insistencia de Amanda, Juan declinó la invitación, pues debía llevar a Mariana a casa. Sin embargo, Julia convenció a María de quedarse un rato más mientras esperaban a Jerry. Pancho, alegando cansancio tras una jornada agitada, se despidió del grupo y se retiró.
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Mientras Juan y Mariana subían al auto, Paula apareció de repente, intentando alcanzarlo. Juan, buscando evitar el conflicto, encendió el motor, pero Mariana lo detuvo.
(* Paula *)
—¡Juan, para! —dijo ella—. Esa chica te está llamando, puede ser algo importante.
Resignado, Juan se bajó del auto. Paula corrió hacia él, desesperada.
—¡Juan, por favor, escúchame! ¡Te amo con todo mi corazón! —confesó, besándolo apasionadamente en un impulso.
En ese preciso instante, Mariano apareció en escena.
—¡Paula! ¡Con razón querías terminar conmigo! —exclamó Mariano, indignado.
—¡Oye, más respeto! —respondió Juan, interviniendo.
(* Mariano *)
La confusión creció cuando los dos hombres se dieron cuenta de que ambos habían sido engañados. Paula, abrumada por la culpa y el caos que ella misma había provocado, confesó entre lágrimas que no sabía lo que estaba haciendo, cegada por su propio orgullo, antes de huir del lugar y dejarlos a ambos perplejos.
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(* Padre Miguel *)
—Todo lo que te ocurre tiene un trasfondo, Mariano —explicó el padre—. A veces, las personas no actúan por maldad, sino presionadas por las circunstancias y por quienes nos rodean. Tanto Paula como Fiorella han sido víctimas de sus propios miedos y de las expectativas ajenas. No las juzgues tan duramente.
Mariano escuchaba en silencio, tratando de procesar el consejo. De pronto, alguien tocó a la puerta: era Eufemio, el pequeño amigo de Mariano.
—¡Me prometiste que me adoptarías cuando te casaras con Vanessa! —reclamó el niño, dándole un golpe en el estómago antes de salir corriendo, indignado al saber que la boda ya no sucedería.
Mariano se disculpó con el sacerdote y salió tras el niño, sintiendo que su vida, al igual que la de todos los que lo rodeaban, se desmoronaba bajo el peso de las mentiras y los secretos del pasado. Mientras tanto, a kilómetros de distancia, Fiorella —a quien algunos aún llamaban Vanessa— continuaba su viaje junto a Flor, Chochi y Ramón Augusto, ajena a la tormenta que acababa de desatarse en el barrio.





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