CAPÍTULO XIX (Corregido y pulido con IA)


CAPÍTULO XIX

Mariana se encontraba en una exclusiva fuente de sodas, carcomida por los celos y la perturbación de haber dejado viajar solo a su novio, el famoso cantante Pablo Salgado. De pronto, su mesa fue abordada por Juan Salgado, el irreverente hermano del artista, quien se acercó con su habitual desenfado, luciendo una casaca de cuero negra y anteojos oscuros a pesar de la sombra.

(* Juan *) 

—Hola, flaca —saludó Juan con una sonrisa arrogante—. ¿Cómo has estado?

—¿Juan? ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces tú por aquí? —preguntó ella, acomodándose en la silla.

(* Mariana *) 

Tras un breve saludo cargado de ironía, Juan le confesó que estaba saliendo con una chica llamada Paula; admitió que era de condición humilde, pero juró que la muchacha tenía una clase y una belleza únicas. Guiada por un amargo presentimiento y por las ganas de distraer la mente, Mariana aceptó acompañarlo a conocerla, subiéndose a su auto rumbo al popular distrito de Jesús María.

Al llegar al sector donde vivía Paula —que por coincidencias del barrio, era el mismo callejón de Flor Cisneros—, Mariana no pudo ocultar su gesto de indignación y asco por el entorno populoso. Juan divisó a Jabancho, el hermano de Paula, parado en la esquina y detuvo el auto para conversar. Jabancho, al ver bajar a Mariana, quedó completamente impresionado por su porte refinado, ignorando la evidente arrogancia de la joven, quien no tardó en presentarse con orgullo como la novia oficial de Pablo Salgado.

+++

(* Julia *) 

Justo en ese momento, Julia Cisneros apareció en la escena. Tras un descuido de Jabancho, quien estuvo a punto de meter la pata mencionando al exenamorado Mariano, Julia intentó corregir la situación rápidamente. Sin embargo, en medio del enredo de palabras, a Julia se le escapó un dato clave: su hermana Flor Cisneros había viajado de imprevisto a la ciudad de Barranca.

Al enterarse de que su máxima rival estaba exactamente en el mismo pueblo que su novio Pablo, Mariana entró en un arranque de cólera. Con los ojos inyectados en rabia, le exigió a Juan que la llevara de regreso a su casa inmediatamente para armar las maletas y planear su siguiente movimiento.

+++

(* Clara *) 

Mientras tanto, en otra calle del mismo distrito, Clara, la madre de Mariana, se dirigía en su lujoso auto junto a su chofer privado a buscar la dirección del famoso Simón, el hermano de su amiga Elvira Hinojosa, quien amablemente le había dado las indicaciones. Clara iba ensimismada, sin sospechar siquiera que su hija Mariana se encontraba a escasas cuadras de allí. De pronto, al mirar por la ventana del auto, su corazón dio un vuelco. Divisó una silueta conocida en la acera y, presa de la agitación, le ordenó al conductor: "¡Frena! ¡Detén el auto aquí mismo!".

Clara bajó del vehículo a prisa y se acercó con cautela al hombre que vestía sotana.

—¿Miguel?... ¿Eres tú, de verdad? —preguntó con la voz temblorosa.

(* Padre Miguel *) 

El Padre Miguel volteó el rostro sorprendido y, de inmediato, sus ojos se iluminaron de alegría al reconocerla.

—¡¿Clara?! Qué milagro... ¿Qué estás haciendo por este barrio?

—Vine a buscar la casa de un conocido. Pero, dime... ¡cuánto tiempo sin vernos, Miguel! Veo que finalmente te ordenaste de sacerdote.

—Así es, Clara. El Señor me llamó y ahora soy el párroco de este sector. ¿Y tú, cómo has estado? Te veo hermosa, radiante... La verdad es que los años no pasan por ti. Veo que la vida te ha tratado muy bien.

—Bueno... no me puedo quejar —sonrió ella, acomodándose las joyas—. Me casé con un hombre maravilloso, el empresario Francisco Flores Urteche, y tenemos una preciosa hija llamada Mariana, que es nuestro mayor orgullo.

—Te felicito de corazón, Clara. Me alegra mucho saber que eres feliz.

—Gracias, Miguel. Por cierto, ¿tú conoces por aquí al hermano de Elvira Hinojosa? Ella me lo presentó hace unos días.

—Sí, claro que lo ubico. Él vive como a dos cuadras de esta parroquia.

+++

(* Julia *) 

En ese preciso instante, Julia Cisneros se acercó a ellos a paso apurado, interrumpiendo la conversación con timidez.

—Perdonen la interrupción, buenas tardes... —dijo Julia, saludando con la cabeza.

Clara se quedó completamente impávida al contemplar el rostro de Julia. Abrió los ojos desmesuradamente por el asombro; fue como si el pasado que creía sepultado y olvidado hubiera regresado de golpe para reclamar su lugar.

—Julia, qué bueno que te encuentro —dijo el Padre Miguel, rompiendo la tensión—. Te presento a Clara, una antigua y muy buena amiga mía.

—Mucho gusto, señora. Soy Julia Cisneros, para servirle a usted —dijo la joven, extendiendo la mano con educación.

—Ella es hija de Don Enrique Cisneros —explicó el párroco mientras ambas mujeres estrechaban las manos.

—¡Qué bien! —reaccionó Clara, forzando una sonrisa amable—. ¡Yo conozco perfectamente a tu padre, muchacha! Él es íntimo amigo de mi familia y una excelente persona.

—Padre Miguel —continuó Julia, volviéndose hacia el sacerdote—, de casualidad... ¿usted ha visto a mi prima Mónica por la iglesia?

—No, Julia, la verdad es que no he vuelto a ver a Mónica desde el día en que dejó los votos.

—¡¿Qué?! —Clara dio un respingo—. ¡¿Mónica dejó los votos en el convento?! ¡No tenía idea!

—Pues ahora ya lo sabes, Clara —explicó el Padre Miguel con un suspiro—. Es una buena chica, pero la verdad es que la siento algo confundida con las cosas del mundo. Ojalá que haya tomado la decisión correcta para su vida.

—Bueno, Padre, voy a tener que seguir buscándola por las calles. Gracias por el dato, nos vemos el domingo en misa. Y un verdadero gusto haberla conocido, señora Clara.

—El gusto ha sido mío, muchacha. Cuídate.

—Cuídese mucho, Julia, y me le das mis afectuosos saludos a tu madre Amanda.

—Le haré presente sus saludos, Padre. Hasta luego.

Julia se dio la vuelta y se retiró a paso ligero. A solas, el Padre Miguel y Clara comentaron la profunda ironía del destino que los volvía a juntar en ese barrio. Clara, queriendo aparentar una vida perfecta, le insistió al sacerdote en que su matrimonio con Francisco Flores Urteche se basaba en una honestidad absoluta y transparente, confiando plenamente en que su esposo jamás le ocultaría ningún secreto de su vida.

+++


Mientras tanto, al otro lado de la ciudad...

La ironía golpeaba con fuerza. Desde su lujosa oficina, Francisco Flores Urteche recibía un sobre cerrado por parte de un detective privado. Al abrirlo, leyó el informe confidencial sobre el paradero exacto de Rosalba Jiménez, la mujer con la que había tenido un apasionado romance secreto en el pasado. El reporte indicaba que Rosalba vivía actualmente en Barranca. Sin perder tiempo, Francisco cogió el teléfono y llamó a su gran amigo Enrique Cisneros: "Enrique, alista las maletas. Nos vamos mañana mismo de viaje a Barranca. Tengo un negocio importante que atender allá", dijo, ocultando astutamente sus verdaderas y sentimentales intenciones.

+++

(* Monica *) 

Mientras tanto, tras caminar unas cuantas cuadras, Julia se encontró de frente con su prima en una esquina del mercado.

—¡Mónica! ¡Prima, por fin te encuentro! —exclamó Julia, tomándola del brazo—. ¡El Padre Miguel me lo acaba de contar todo en la plaza! ¡¿Así que de verdad dejaste los hábitos y mandaste el convento a la porra?!

—Así es, primita —respondió Mónica, luciendo una blusa escotada—. Para qué te voy a mentir, nunca me sentí cómoda con la vocación religiosa. Sentía que me asfixiaba allá adentro.

—Y dime... ¿ahora qué piensas hacer con tu vida?
—No tengo la menor idea, Julia. Estoy viendo si consigo una chamba de lo que sea por ahí, pero la verdad es que la situación en el país está bien difícil. ¡No hay trabajo por ningún sitio! ¡Pucha! ¡Y ahora no sé qué demonios voy a hacer para ganarme los frejoles!

—Oye... se me ocurre una idea. ¿Por qué no vamos a hablar con mi papá Enrique? Yo sé que él andaba buscando una secretaria de confianza para su oficina de representación de artistas.

En ese instante, los ojos de Mónica brillaron con una intensa emoción pecaminosa. Sabía perfectamente que esa era la oportunidad de oro que el destino le ponía en bandeja para estar cerca de Enrique Cisneros, el hombre maduro que se había convertido en el amor de su vida.

—¡Claro! ¡Qué tonta, no había pensado en eso! —exclamó Mónica, disimulando su entusiasmo—. ¡Vamos ahora mismo a ver a tu papá!

—¡Ahorita debe estar atendiendo en su oficina de Miraflores!

Las dos primas se dirigieron a paso apurado hacia el paradero para esperar el microbús que las llevara al distrito miraflorino, cuando en ese momento, una voz conocida las detuvo desde la vereda. Era Pancho, el amigo músico de ambos.

(* Pancho *) 

—¡Julia! ¡Qué milagro! ¿Qué haces solita por acá con tanta prisa?

—¡Hola, Pancho! ¿Cómo estás? Mira, te presento a mi prima Mónica. Vamos camino a la oficina de mi papá para ver si le puede conseguir una chambita de secretaria.

—Mucho gusto, señorita... Me llamo Pancho García, para servirle a usted y a Dios —saludó el músico, caballeroso.

—El gusto es mío, Pancho... yo soy Mónica Pérez —respondió ella con una sonrisa coqueta.

—Oye, Pancho... ¿y tú no deberías estar metido en tu trabajo a estas horas de la tarde? —preguntó Julia, extrañada.

—Uta, flaca, ni me hables de ese tema... —suspiró Pancho, cruzándose de brazos—. Me corrieron de la chamba de mozo. Tú sabes cómo son esos pituquitos de la universidad, siempre tan estirados, soberbios y petulantes; me buscaron la boca y yo no aguanté más pulgas. Así que ahorita ando pateando latas y buscando chamba también.

—¡No te preocupes, Pancho! Acompáñanos a la oficina de mi papá, pues. Tal vez él también te pueda conseguir algo en el mundo de la música. No te olvides de que él es representante de artistas importantes.

—Claro, flaca, no faltaba más. Al toque. Pero... ¿segura que no sería mucha molestia para tu viejo?

—¡Ninguna molestia, Pancho! ¡Vámonos de una vez que el micro se pasa!

Viendo que el transporte público tardaba una eternidad y que la hora les ganaba, Pancho se adelantó a la pista y le sacó la mano a un taxi tico que pasaba por ahí. ¡Pst! ¡Taxi! El auto se detuvo chirriando las llantas.

—¡Señor! —se asomó Julia por la ventana—. ¿Cuánto nos cobras por llevarnos a Miraflores, por la avenida Pardo?

—10 lucas, jovencita —respondió el chofer de manera cortante.

—¡Asu, habla bien, loco! —intervino Pancho de inmediato, metiendo su jerga de barrio—. ¡Haznos una rebajita, pe, maestro! Déjalo en 5 lucas, fíjate que la situación económica está bien difícil para el pueblo.

—No, no, qué va. Yo no puedo hacer rebajas a nadie —reclamó el taxista, hosco—. La situación está difícil para mí también, la gasolina ha subido una barbaridad.

—Ya, pues, colabore, háganos una rebajita por esta vez —insistió Julia con amabilidad—. No sea malito, señor.

—¡Ya les dije que no! ¡Mi precio es final! ¡O pagan las 10 lucas o se bajan y buscan otro carro! ¡Nada de rebajas!

En ese momento de tensión, Mónica decidió tomar las riendas de la negociación. Con total picardía, se interpuso entre sus amigos y se acercó lentamente a la ventana del copiloto en una actitud sumamente provocativa; se acomodó la minifalda mostrando sus torneadas piernas y le guiñó coquetamente el ojo al conductor con una sonrisa de infarto.


El taxista se quedó completamente atónito, tragando saliva. Ante semejantes encantos, el hombre no pudo resistir la tentación, mudó el rostro de amargado a uno de completa boba felicidad y finalmente cedió.
—Está bien, está bien... suban nomás, se los dejo a mitad de precio por la señorita.

Mónica, con paso triunfal, se subió en el asiento del copiloto, acomodándose de manera que sus piernas siguieran a la vista del chofer, mientras que Pancho y Julia se acomodaron atrás aguantando la risa. El taxi emprendió la marcha velozmente rumbo a Miraflores.

+++

Al llegar a las oficinas de Don Enrique, la recomendación de Julia fue un éxito rotundo. Al ver la buena presencia y la disposición de Mónica, Enrique la contrató de inmediato y sin titubeos como su nueva asistente personal, ganándose una mirada de profunda gratitud y algo más por parte de la exmonja. Pero las bendiciones del día no terminaban ahí: Enrique también decidió contratar a Pancho en el acto; recordó haberlo visto tocar en un concierto pasado y sabía perfectamente que el muchacho era un músico talentoso, disciplinado y con un futuro prometedor en la escena nacional. Así, gracias a la oportuna intervención de Julia, Pancho y Mónica obtuvieron un puesto de trabajo digno y comenzaron a laborar desde ese mismo instante.

+++

Al día siguiente, muy temprano por la mañana, Enrique Cisneros y Francisco Flores Urteche abordaron una camioneta y emprendieron el viaje por la carretera Panamericana Norte con rumbo fijo hacia la ciudad de Barranca para desenterrar la historia de Rosalba Jiménez. Los dos maduros caballeros conversaban animados en el trayecto, sin sospechar ni por un segundo que en ese mismo y apacible pueblo norteño ya se encontraban instalados Pablo Salgado, Santiago, Flor Cisneros, Fiorella, la mucama Chochi y el taxista Ramón Augusto... ¡La tormenta perfecta estaba a punto de estallar!




Comentarios