Flor cumplió su promesa. Moviendo cielo y tierra, se puso en contacto con sus amigos periodistas para publicar una demoledora nota en primera plana, denunciando al oficial Ardiles por la violación de su hermana Julia. Al mismo tiempo, Jerry logró interponer una denuncia formal con el peso de su apellido. Acorralado y con la orden de captura pisándole los talones, Ardiles no tuvo más remedio que buscar refugio en la casa de Mireya, una antigua conocida del barrio a quien no veía desde hacía muchísimos años.
(* Mireya *)
Mireya barría alegremente la entrada de su casa, cantando y bailando una canción de Chichi Peralta, su artista favorito, cuando de pronto una silueta extraña se plantó frente a ella. Era Ardiles, luciendo irreconocible con un sombrero de ala ancha, anteojos oscuros y un espeso bigote postizo.
—Perdón, señor —dijo Mireya, deteniendo la escoba—, ¿le puedo ayudar en algo?
—No me reconoces, Mireya —respondió él con voz ronca, bajándose los lentes.
Ella entrecerró los ojos para observarlo en detalle y, al descubrir su rostro, los abrió de par en par, ahogando un grito.
—¡¿Ardiles?!
Sin darle tiempo a reaccionar, él la tomó bruscamente del brazo, la introdujo a la fuerza en la casa y cerró la puerta de un fuerte manotazo.
—¡¿Qué haces aquí?! ¿Por qué vienes así? —preguntó ella, asustada.
—Me está buscando la ley. Necesito que me ayudes a esconderme aquí por unos días.
—¿Por qué te busca la policía? ¿Qué demonios hiciste?
—Violé a una muchacha de barrio —soltó él, sin pizca de remordimiento.
—¡¿Qué?! ¡¿Y tienes el descaro de venir a mi casa a pedir refugio?! —exclamó Mireya llena de indignación—. ¡Eres un asqueroso! ¡Fuera de acá, lárgate!
—¡Tú a mí no me gritas, infeliz! —bramó Ardiles, propinándole una violenta bofetada que la mandó directo al suelo.
Sin dejarla reaccionar, la tomó de los cabellos y le asestó otra cachetada que la dejó tiritando de miedo en el piso.
—¡Vas a hacer exactamente lo que yo te diga si no quieres que te vaya peor! —amenazó el oficial.
Sometida por el terror, Mireya no tuvo más remedio que obedecer. Horas más tarde, mientras ella calentaba un chupe en la cocina bajo su estricta vigilancia, Ardiles rompió el silencio.
—Dime una cosa... ¿Qué sabes de tu hermana Úrsula? Hace años que le perdí el rastro.
—¡Tú a mí no me gritas, infeliz! —bramó Ardiles, propinándole una violenta bofetada que la mandó directo al suelo.
Sin dejarla reaccionar, la tomó de los cabellos y le asestó otra cachetada que la dejó tiritando de miedo en el piso.
—¡Vas a hacer exactamente lo que yo te diga si no quieres que te vaya peor! —amenazó el oficial.
Sometida por el terror, Mireya no tuvo más remedio que obedecer. Horas más tarde, mientras ella calentaba un chupe en la cocina bajo su estricta vigilancia, Ardiles rompió el silencio.
—Dime una cosa... ¿Qué sabes de tu hermana Úrsula? Hace años que le perdí el rastro.
—¡¿Es que acaso no lo sabes?! —respondió Mireya, secándose una lágrima—. Vive en México desde hace veinte años. Se fue para allá porque quería tener a su hijo lejos de ti.
—¿Su hijo? —Ardiles frunció el ceño, completamente confundido—. ¡No entiendo ni un carajo! ¿De qué hijo me hablas?
—¡Del hijo que tuvo contigo, imbécil!
Ardiles quedó impávido, con los ojos inyectados en odio y recelo.
Ardiles quedó impávido, con los ojos inyectados en odio y recelo.
—¡¿Y por qué porquería esperaron tanto tiempo para decírmelo?!
—¡¿Y qué querías que hiciéramos?! ¡Ingresaste a la escuela de oficiales y te olvidaste del mundo! Desapareciste y nos dejaste en la calle.
Ardiles, con la mente fija en ese hijo que ya debía ser un adulto, se propuso localizarlo de inmediato y llamó a su cómplice Toribio para iniciar la búsqueda en el registro civil. Sin embargo, el prófugo no tenía idea de que Úrsula y ese secreto estaban muchísimo más cerca de lo que imaginaba.
Ardiles, con la mente fija en ese hijo que ya debía ser un adulto, se propuso localizarlo de inmediato y llamó a su cómplice Toribio para iniciar la búsqueda en el registro civil. Sin embargo, el prófugo no tenía idea de que Úrsula y ese secreto estaban muchísimo más cerca de lo que imaginaba.
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Hace veinte años, Úrsula viajó a México embarazada. Al dar a luz y verse en la más absoluta miseria, no pudo mantener a su bebé —una hermosa niña—. Desesperada, la dio en adopción a una adinerada familia peruana que estaba de paso: los Modugno Grimaldi. Ellos la trajeron al Perú y la bautizaron como María Guadalupe, prometiendo guardar el secreto bajo siete llaves para protegerla de su turbio origen.
El destino, que mueve las cartas a su antojo, trajo a Úrsula de regreso al país para trabajar como secretaria de la corporación del cantante Pablo Salgado. Buscando una entrevista exclusiva para limpiar el nombre de su hermana, Flor Cisneros acudió a las oficinas de Pablo. En la recepción se topó con Don Enrique, quien, sumido en su propia confusión y creyendo erróneamente que Flor era la hija biológica que tanto extrañaba, la hizo pasar con honores.
Mientras esperaban en la recepción, Úrsula recibió una llamada telefónica de Roberto Modugno. Al escuchar ese apellido, la secretaria sufrió una terrible punzada en el pecho; el pasado regresaba para atormentarla. Justo en ese instante, Pablo Salgado salió de su despacho privado. Al ver a Flor, el cantante quedó completamente impactado por su belleza criolla. Flor le sostuvo la mirada, sintiendo una electricidad inmediata que los dejó sin palabras.
(* Flor *)
Poco después, sintiéndose sumamente incómoda por las atenciones paternales de Don Enrique, Flor decidió cortar la farsa de raíz.
—Señor Enrique... por favor, escúcheme. No sé cómo decirle esto, pero... yo no soy su hija.
Enrique se quedó paralizado, mudando de color. —Pero, ¿qué estás diciendo, Flor? ¡Si yo me casé con tu madre Amanda porque ella estaba embarazada de ti!
—Mi mamá le hizo creer eso porque estaba desesperada y quería que yo tuviera un padre con apellido —confesó Flor con la voz quebrada.
(* Enrique *)
Enrique, descorazonado y traicionado, descargó un puñetazo de rabia contra la pared. Flor, angustiada por la escena, se retiró corriendo del lugar, decidida a buscar a Amanda para confrontarla por tantas mentiras.
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Mientras tanto, la ambiciosa Claudia —quien mantenía una relación clandestina con el maduro Enrique solo por puro interés económico— fue sorprendida en el departamento de este por el mismísimo Alonso, quien los descubrió en una situación comprometedora.
—¡Jamás imaginé que pudieras hacerme una porquería así, Claudia! —exclamó Alonso, con los ojos empañados en lágrimas, completamente devastado.
—¿Quieres saber por qué lo hice? —respondió ella con frialdad, masticando chicle con desdén—. Porque estoy harta de estar con un mediocre y perdedor como tú. Yo necesito a un hombre de verdad, maduro, con experiencia y con billete, capaz de enseñarme cosas que un inmaduro como tú jamás podría darme.
Claudia se retiró tirando la puerta.
Claudia se retiró tirando la puerta.
+++
Destrozado, Alonso caminó sin rumbo por la mansión hasta encontrarse con su prima María, quien al verlo llorar intentó consolarlo con un abrazo. En ese momento de absoluta vulnerabilidad, la cercanía y el dolor los superaron; se miraron a los labios y estuvieron a punto de besarse apasionadamente, pero el peso del apellido los frenó en el último segundo.
(* María *)
—¡Por favor, Alonso, no...! ¡Somos primos hermanos! —dijo María, apartándose con el rostro empapado en llanto.
Sabiendo que su estadía en Lima solo le traería desgracia, Alonso armó sus maletas días después y abordó un avión de regreso a Miami. Decidió refugiarse por completo en el trabajo y en la escritura de su libro, intentando sepultar para siempre el recuerdo de María, su "amor prohibido".
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Sin embargo, la verdad no tardaría en salir a la luz. Tras una feroz discusión en la calle donde Claudia intentó humillarla, María descubrió la verdad de su origen: ella no era una Modugno de sangre, sino la hija biológica de Úrsula y del temible oficial Ardiles. ¡Eso significaba que ella y Alonso no tenían ningún parentesco sanguíneo!
(* Oficial Ardiles *)
Lamentablemente, María no tuvo tiempo de procesar la noticia. Ardiles, enterado por Toribio de que la hija que buscaba era la protegida de los Modugno, dio la orden de capturarla. Justo cuando la joven salía de su academia de estudios, dos delincuentes la abordaron por la espalda, la metieron a la fuerza en un auto negro y le vendaron los ojos. Una compañera de clases, aterrorizada, corrió a avisar a la familia.
Encerrada en un sótano oscuro, María lloraba de impotencia.
—¡Déjenme tranquila! ¡Sueltenme, quiero regresar a mi casa! —gritaba.
La puerta se abrió y Ardiles entró, plantándose cara a cara frente a ella.
—Hola, María... —dijo con una sonrisa malévola, intentando plantarle un beso en la frente, pero ella esquivó el rostro con asco—. Pero, mi amor, ¿por qué me tratas así? Yo te quiero mucho, hijita.
—¡Yo lo odio y lo detesto porque sé perfectamente quién es usted! ¡Usted es el Oficial Ardiles! ¡El monstruo que violó a Julia! ¡Quiero que sepa que mis padres y mi hermano Jerry ya lo están buscando y le van a dar su merecido!
—¡Pero, querida, tú no entiendes nada! Yo sería incapaz de hacerte daño... ¡Porque yo soy tu verdadero padre!
(* María *)
María se quedó de piedra, con la mirada perdida en la incredulidad.
—¡No! ¡Miente! ¡Eso no puede ser, es imposible!
—¡Créelo, muchacha! ¡Los Modugno Grimaldi te compraron el apellido! ¡Yo soy tu padre! ¡Y ella...! —Ardiles cogió violentamente de las ropas a Úrsula, que estaba llorando en un rincón, y la tiró contra el suelo— ¡Ella es la infeliz que te parió!
—¡Por favor, creele, María! —exclamó Úrsula desde el piso, rota por el dolor—. ¡Es la santa verdad! ¡Perdónanos por todo, hija mía!
María rompió en gemidos de profundo dolor, tapándose los oídos.
María rompió en gemidos de profundo dolor, tapándose los oídos.
—¡Me niego a creerlo! ¡Ustedes no son nada mío! ¡Mis únicos padres son los Modugno!
+++
Fiorella acudió a su tío Simón, el "Coco Plano", quien de inmediato movilizó a los esquineros del barrio para levantar cualquier sospecha en las calles, mientras Flor usaba sus influencias periodísticas para inundar las radios con la foto de la joven. El cerco se cerraba sobre Ardiles, pero la pista clave llegó por parte de Pablo Salgado, quien citó a Jerry y Santiago en una fuente de sodas.
—Muchachos, la actitud de Úrsula, mi secretaria, ha estado muy extraña —explicó Pablo—. Ella siempre me juró que no conocía a los Modugno, pero últimamente no paraba de hacer preguntas insistentes sobre su familia y, en especial, sobre María.
—¡¿Sabes dónde puede estar?! —preguntó Jerry, golpeando la mesa.
—No lo sé con certeza, pero sé que tiene una hermana llamada Mireya viviendo aquí en Lima. Si ubicamos a la hermana, llegamos a Úrsula y a María.
+++
En ese momento, Flor y Fiorella ingresaron al local. Pablo y Santiago se levantaron de inmediato, fascinados por la presencia de las dos bellas mujeres.
(* Flor *)
—Hola, Flor, qué gusto verte —dijo Pablo, dándole un tierno beso en la mejilla que hizo que a ella se le iluminara el rostro.
—Hola, Pablo... yo también me alegro de verte —respondió Flor, visiblemente encantada.
—Hola, Flor, ¿cómo está Julia? —intervino Jerry, saludándola también—. ¿Cómo sigue mi flaca?
—Julia ya está mucho mejor, Jerry. Se está recuperando en la casa.
—Hola, Fiorella... —saludó Santiago con timidez, dándole un beso en la mejilla.
—Hola, Santiago... hola, Pablo... hola, mi amor —respondió Fiorella en un tono algo comprometido, volteando a ver a Jerry—. ¿Saben algo de María?
—Todavía no, pero Pablo tiene una pista clave sobre su secretaria que nos puede llevar al paradero —explicó Jerry, dándole un beso a su novia.
(* Fiorella *)
De pronto, un grupo de fanáticas reconoció a Pablo Salgado. Se abalanzaron sobre él pidiéndole autógrafos y fotos. Pablo intentó complacerlas con una sonrisa, pero Flor, al ver la escena, no pudo evitar fruncir el ceño y cruzarse de brazos, delatando los fuertes celos que ya sentía por el cantante. Para evitar más alboroto, decidieron retirarse del lugar. Jerry se ofreció a acompañar a Flor y Fiorella a su casa, viaje al que también se sumaron Pablo y Santiago; después de todo, Jerry se moría por ver a Julia.
Al llegar a la vivienda de las Cisneros, el grupo se topó con un invitado inesperado parado en el umbral: el general Pedro Gustavo Domínguez.
—¡Señor Domínguez! —exclamó Jerry, sorprendido—. ¿Qué hace por aquí?
—Hola Jerry... Fiorella... Flor... —saludó el general con una mirada sumamente serena y arrepentida.
Fiorella se tensó de inmediato, sintiéndose incómoda por la presencia de su padre adoptivo, e intentó esquivarlo, pero el general la detuvo suavemente. Flor y Jerry comprendieron la situación y entraron a la casa para darles privacidad.
—Hija, por favor, no me huyas más —suplicó el hombre—. Te lo ruego, reconsidera las cosas y regresa a la casa con tu madre.
Fiorella se tensó de inmediato, sintiéndose incómoda por la presencia de su padre adoptivo, e intentó esquivarlo, pero el general la detuvo suavemente. Flor y Jerry comprendieron la situación y entraron a la casa para darles privacidad.
—Hija, por favor, no me huyas más —suplicó el hombre—. Te lo ruego, reconsidera las cosas y regresa a la casa con tu madre.
—Por favor, papá... si es que acaso tengo el derecho de seguir llamándote padre —respondió Fiorella con amargura.
—¡Claro que eres mi hija! ¡Lleves o no mi sangre, eres mi mayor orgullo! Sé que me equivoqué y te pido perdón del fondo de mi corazón.
+++
En ese momento, Flor asomó la cabeza por la puerta para interrumpir el momento.
—¡Fiorella! Entra un ratito para que saludes a Julia, por favor.
—Gracias, Flor... con su permiso, general —dijo Fiorella, ingresando a la vivienda.
Cuando Flor se disponía a entrar, Don Pedro Gustavo la tomó suavemente del brazo.
Cuando Flor se disponía a entrar, Don Pedro Gustavo la tomó suavemente del brazo.
—¡Espera, Flor! Quiero hablar contigo a solas.
—Está bien, señor Domínguez, usted dirá.
—Por favor... dime papá. ¡Ya se descubrió toda la verdad, Flor! ¡Eres mi hija legítima y yo soy tu padre!
—Disculpe usted, señor, pero Amanda ha sido padre y madre para mí toda la vida. No necesito nada de usted.
(* Pedro Gustavo *)
Don Pedro Gustavo la miró con profunda fascinación, con los ojos húmedos, y le acarició la mejilla con ternura.
—¡Caray, eres tan hermosa! Tan igualita a mi madre... tu abuela. Por favor, Flor, dime si hay algo que te haga falta. Quiero recuperar el tiempo perdido y darte todo lo que no te pude dar en estos años.
—No se preocupe, no me interesa el dinero. Pero si realmente quiere hacerme un favor... papá... ayude a Fiorella. Ella está muy confundida y sufre mucho por el rechazo de su madre Elvira.
—¡Hija mía! —exclamó el general, emocionado hasta las lágrimas al escuchar la palabra "papá", estrechando a Flor en un abrazo sumamente fuerte—. Te prometo que haré lo que me pidas. Habla con Fiorella, dile que su madre y yo la amamos y queremos que vuelva a casa.
—Lo haré, papá —asintió Flor, correspondiendo el abrazo.
Justo en ese instante de reconciliación familiar, el Jabancho apareció corriendo por el callejón como alma que se la lleva el diablo, completamente alarmado y sin aire.
Justo en ese instante de reconciliación familiar, el Jabancho apareció corriendo por el callejón como alma que se la lleva el diablo, completamente alarmado y sin aire.
—¡¿Qué pasa, Jabancho?! ¿Por qué vienes corriendo así?
—¡Acabo de ver al Oficial Ardiles, carajo!
—¡¿Qué?! —exclamó Flor con asombro—. ¡¿Dónde?!
—Fui a visitar a una vieja amiga de la infancia, Mireya, a su casa... ¡Y no sabes la entonada que me di cuando entré y vi al infeliz de Ardiles escondido en la sala!
—¿Ardiles? —intervino el general Domínguez, endureciendo el gesto—. ¿Quién es ese tal Ardiles?
—Es el monstruo que violó a mi hermana Julia, señor —respondió Flor con rabia.
—¡Santo Dios! Escúchame bien, Flor: cualquier cosa que necesiten de mí, avísenme. Ese sujeto va a pagar.
Flor le agradeció a su padre, anotó la dirección que Jabancho le dio y llamó de inmediato a Jerry. En cuestión de minutos, Jerry, Santiago, Pablo y Jabancho armaron el plan de avanzada, dejando a Fiorella cuidando a Julia en la casa. Mientras tanto, el general Domínguez movilizaba discretamente a las fuerzas del orden para un operativo oficial.
Flor le agradeció a su padre, anotó la dirección que Jabancho le dio y llamó de inmediato a Jerry. En cuestión de minutos, Jerry, Santiago, Pablo y Jabancho armaron el plan de avanzada, dejando a Fiorella cuidando a Julia en la casa. Mientras tanto, el general Domínguez movilizaba discretamente a las fuerzas del orden para un operativo oficial.
+++
Al llegar a las afueras de la vivienda señalada, Jerry detuvo el Porsche.
—¿Es esa la casa, Jabancho?
—Sí, compadre, esa mismita es.
—¿Cómo hacemos para ingresar sin que sospeche y limpie el lugar? —preguntó Santiago.
—A mí se me ocurre una idea excelente —dijo Flor con una sonrisa pícara, volteando a ver a Pablo Salgado.
Flor se adelantó y tocó con insistencia la puerta de la casa. Mireya abrió con desconfianza.
Flor se adelantó y tocó con insistencia la puerta de la casa. Mireya abrió con desconfianza.
—¿Quién es usted y qué desea?
—Buenas tardes, me llamo Flor Cisneros y vengo a informarle que usted acaba de ganarse un día entero de convivencia con Pablo Salgado por ser su fan número uno.
—¿Qué? ¡¿Pablo Salgado?! ¿El cantante de moda? —Mireya soltó una carcajada—. ¡No me venga con bromas pesadas, señorita! ¿Dónde está él?
—Aquí estoy, Mireya. Mucho gusto —intervino Pablo, saliendo de las sombras con su mejor sonrisa de artista.
—¡¡¡Pablo Salgado!!! ¡No lo puedo creer! ¡Tengo todos tus discos y posters en mi cuarto! Por favor, pasen, pasen, están en su casa.
Flor y Pablo ingresaron a la sala mientras Mireya corría de un lado a otro intentando ordenar el lugar, sumamente nerviosa.
Flor y Pablo ingresaron a la sala mientras Mireya corría de un lado a otro intentando ordenar el lugar, sumamente nerviosa.
—¿Se les ofrece alguito de tomar? ¿Una chicha morada heladita? ¡Justo estoy preparando un chupe que está para chuparse los dedos!
—Le aceptaría con gusto la chicha morada, muchas gracias —dijo Pablo, galante, sentándose para distraerla.
Mientras Pablo mantenía a Mireya completamente embelesada con sus anécdotas de conciertos, Flor comenzó a caminar sigilosamente por los pasadizos oscuros de la casa, buscando cualquier indicio de María o de Ardiles. Al doblar el corredor del fondo, chocó de frente con alguien.
—¡¿Flor?! —susurró Úrsula, espantada—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Mientras Pablo mantenía a Mireya completamente embelesada con sus anécdotas de conciertos, Flor comenzó a caminar sigilosamente por los pasadizos oscuros de la casa, buscando cualquier indicio de María o de Ardiles. Al doblar el corredor del fondo, chocó de frente con alguien.
—¡¿Flor?! —susurró Úrsula, espantada—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—¡¿Úrsula?! ¿Qué haces tú en esta casa?
En ese instante, se escucharon unos pasos pesados provenientes del sótano. Úrsula tomó a Flor fuertemente del brazo y la arrastró hacia la salida.
—¡Tienes que irte ya! ¡Si él te ve aquí, te va a matar!
—¡¿Quién?! ¡Dime quién está aquí!
—¡Ardiles! ¡Y tiene a María encerrada!
Flor se quedó con la boca abierta, impresionada. Sin perder un segundo, Úrsula la empujó hacia la sala, donde Flor le hizo la señal a Pablo. Ambos se despidieron rápidamente de Mireya y salieron disparados hacia el auto de Jerry para dar la señal de alerta. El plan de rescate estaba listo.
+++
Esa misma noche, bajo el amparo de la oscuridad, un contingente militar fuertemente armado —coordinado de emergencia por el general Pedro Gustavo Domínguez— rodeó la vivienda de Mireya. A la cuenta de tres, los soldados derribaron la puerta principal con un ariete, ingresando con armas de asalto y tomando el control del lugar. ¡Nadie se movía! Todos los cómplices de Ardiles fueron tirados al piso y esposados en segundos.
Jerry ingresó inmediatamente detrás de la primera línea militar, uniformado y armado con un rifle de asalto, con los ojos encendidos en determinación.
—¡María! ¡¡¡María!!! ¡¿Dónde estás, hermanita?!
Con la ayuda de un soldado, Jerry pateó la puerta de madera del sótano. Al encender las luces, descubrió a su hermana atada a una silla. El soldado cortó las cuerdas de inmediato y María se arrojó a los brazos de su hermano, llorando desconsoladamente.
Con la ayuda de un soldado, Jerry pateó la puerta de madera del sótano. Al encender las luces, descubrió a su hermana atada a una silla. El soldado cortó las cuerdas de inmediato y María se arrojó a los brazos de su hermano, llorando desconsoladamente.
—¡Jerry! ¡Hermanito, viniste por mí!
—¡Ya todo está bien, María! ¡Ya estás a salvo, mi amor, todo terminó!
Cuando se disponían a salir del sótano, una silueta masiva se plantó en la escalera bloqueándoles el paso. Era Ardiles, con una pistola en la mano y el rostro desencajado por la locura.
Cuando se disponían a salir del sótano, una silueta masiva se plantó en la escalera bloqueándoles el paso. Era Ardiles, con una pistola en la mano y el rostro desencajado por la locura.
—¡Suelte a mi hija, hijo de puta! ¡De aquí no sale nadie vivo!
(* Oficial Ardiles *)
Jerry, impulsado por todo el odio contenido por lo que ese monstruo le había hecho a su amada Julia, arrojó el rifle a un lado y se abalanzó sobre él. Ambos hombres rodaron por las escaleras, enfrascándose en una pelea campal a puño limpio. Intercambiaron derechazos y ganchos salvajes que resonaban en las paredes del sótano. Jerry logró conectarle un fuerte combo en la mandíbula, pero Ardiles, usando su experiencia de policía corrupto, le metió un soberbio cabezazo y un derechazo fulminante que mandó a Jerry directo al suelo, desarmado.
Ardiles alzó su arma dispuesto a jalar el gatillo contra el pituco, cuando de pronto... ¡¡¡BANG!!!
Un disparo certero retumbó en el sótano. Ardiles abrió los ojos de par en par, su arma cayó al suelo y el oficial se desplomó pesadamente, rendido y neutralizado por el disparo de los oficiales de apoyo. María corrió a abrazar a Jerry y lo ayudó a levantarse. Juntos, salieron finalmente a la calle. En la vereda, María vio a Úrsula siendo conducida a un patrullero, con las esposas puestas.
—¡María, hija mía! ¡Yo no quería que te pasara nada, te lo juro! ¡Soy inocente, perdóname por favor! —suplicó la mujer entre lágrimas.
María se detuvo, se acercó al patrullero y le acarició la mejilla con ternura a través de la ventana.
—Haré todo lo posible por ayudarte desde afuera... y sí, te perdono... mamá.
Jerry se quedó estupefacto a un costado.
Jerry se quedó estupefacto a un costado.
—¡¿Mamá?! ¿Qué significa esto, María? ¿De qué me perdí?
—Es una larga historia, hermanito —respondió ella con una sonrisa de paz—. Pero lo único que sé es que ahora mi vida por fin tiene sentido.
—Para mí, pase lo que pase con la sangre, siempre serás mi adorada hermanita menor —sentenció Jerry, fundiéndose con ella en un tierno abrazo antes de subir al auto rumbo a casa.
+++
(* María *)
Días después, la mansión de los Modugno se vistió de gala para una gran fiesta de celebración por el éxito del rescate y el fin de la pesadilla. Entre los invitados de honor se encontraban Flor, Pablo Salgado, Fiorella... y por supuesto, Julia Cisneros, quien lucía un hermoso vestido. Jerry la tomó de la cintura frente a todos, la abrazó fuertemente y la llenó de besos.
—¡Julia! ¡Por fin se hizo justicia y todo lo malo quedó atrás! ¡Te amo, mi vida, te amo con toda mi alma!
Julia lo miró fijamente a los ojos, le acarició el rostro con dulzura y se entregó a un apasionado beso que selló su reconciliación ante los aplausos de los asistentes.
En un rincón de la fiesta, Pablo se acercó a Flor con una copa en la mano.
En un rincón de la fiesta, Pablo se acercó a Flor con una copa en la mano.
—Hicimos un equipo espectacular para el rescate, ¿no crees, Flor?
—Así es, Pablo... aunque el mérito es de todos los que pusimos el pecho —respondió ella, clavándole una mirada intensa.
Ambos se contemplaron fijamente en silencio, devorándose con los ojos, dejando en claro que el amor estaba naciendo entre ellos. Sin embargo, la magia se rompió cuando Mariana, la sofisticada novia de Pablo, apareció de la nada, tomó al cantante del brazo y se lo llevó hacia la pista de baile. Flor suspiró con tristeza, desviando la mirada; sabía que se estaba enamorando de un imposible, pero su corazón ya no respondía a la razón.
Ambos se contemplaron fijamente en silencio, devorándose con los ojos, dejando en claro que el amor estaba naciendo entre ellos. Sin embargo, la magia se rompió cuando Mariana, la sofisticada novia de Pablo, apareció de la nada, tomó al cantante del brazo y se lo llevó hacia la pista de baile. Flor suspiró con tristeza, desviando la mirada; sabía que se estaba enamorando de un imposible, pero su corazón ya no respondía a la razón.
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(* María *)
Semanas después, Alonso se encontraba trabajando en su oficina frente a la costa, intentando concentrarse en los manuscritos de su libro. De pronto, una melodía romántica comenzó a sonar en la radio, trayéndole de golpe el recuerdo de María. Alonso cerró los ojos con dolor, extrañándola como nunca.
—¿Alonso? —una voz sumamente dulce y conocida interrumpió el silencio de la oficina.
El muchacho abrió los ojos bruscamente, se colocó los anteojos y se quedó completamente atónito. ¡María Guadalupe estaba parada frente a él, sonriéndole con los ojos iluminados!
—¡¿María?! ¡¿Qué haces aquí en Miami?! —preguntó, levantándose del asiento como si viera un fantasma.
—Vine a buscarte, Alonso. Ya lo sé todo. Mis padres adoptivos no tuvieron más remedio que confesar la verdad antes de mi viaje: no llevamos la misma sangre. ¡No somos parientes!
Alonso la miró a los ojos, sintiendo que el corazón le daba un vuelco de pura esperanza, aunque todavía temeroso de despertar de un sueño.
—¡No puede ser... es imposible!
—¡No lo es, mi amor! —declaró ella, dando un paso al frente—. ¡No nos une la sangre, somos completamente libres para amarnos!
Alonso no lo dudó un segundo más. Corrió hacia ella, la tomó por la cintura y ambos se fundieron en un beso apasionado y eterno bajo el sol de Miami. Finalmente, aquel amor que tanto había sufrido por las leyes de los hombres podía, al fin, convertirse en una hermosa realidad.
Alonso no lo dudó un segundo más. Corrió hacia ella, la tomó por la cintura y ambos se fundieron en un beso apasionado y eterno bajo el sol de Miami. Finalmente, aquel amor que tanto había sufrido por las leyes de los hombres podía, al fin, convertirse en una hermosa realidad.










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