CAPÍTULO XI (Corregido y pulido con IA)


CAPÍTULO XI

Jerry conducía su auto llevando a Amanda a casa. Mientras cambiaba de estación, casi todo lo que sonaba era salsa, merengue o tecnocumbia (el ritmo de moda). A Jerry no le gustaba ese tipo de música; prefería el pop en inglés y alguna que otra canción en castellano. 

De pronto, sintonizó una emisora que pasaba música del recuerdo en inglés, la favorita de Julia:

“¡I just want to be your everything / Open up the heaven in your heart and let me be!”

—¡Déjalo ahí, muchacho, esa canción me gusta! —exclamó Amanda.

—¡Vaya! ¡Ahora sé por qué a Julia le gusta tanto esta música!

—¡Mis hijas crecieron con ella! —suspiró con nostalgia—. Me trae buenos recuerdos de cuando tenía 20 años y vivía en Piura.

—¿Sabe quién la canta?

—No estoy segura, creo que son los Bee Gees... ¡Eran muy famosos! ¡Pero a mí me fascinaba John Travolta!

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( Julia )

Mientras tanto, paradójicamente, Julia escuchaba la misma canción bailando sola en su casa. Estaba como en trance; la música la conectaba con Jerry, su amor y su anhelo de estar a su lado. Esa canción simbolizaba el vínculo entre ambos, un amor que ella misma cortó por una decisión absurda, pero que la melodía lograba aflorar. El locutor anunció: “I Just Want to be your Everything”, por Andy Gibb.

—¡Andy Gibb, pues! —exclamó Amanda en el auto—. ¡También era famoso! ¡Ya no hacen canciones como las de antes!

—Tiene razón, Sra. Amanda.

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Julia seguía bailando al ritmo de los éxitos de los 70: Bee Gees, ABBA, Barry White, Gloria Gaynor y Donna Summer. De pronto, alguien llamó a la puerta; Julia, asustada, apagó la radio y fue a abrir. Era Paula.

—¡Julia! ¿Cómo estás? ¿Qué haces?

—¿Yo? Este... nada... nada —dijo con miedo.

—¡Alístate! ¡Erik y su grupo van a tocar hoy y quieren que vayas!

—No puedo... Mi mamá no está y no le he dicho nada.

—¡Qué importa! ¡Vamos!

Paula le eligió la ropa y prácticamente la convenció. Se fueron en taxi hacia el lugar del concierto.

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El evento era en un pub. Erik y su grupo esperaban su turno; Claudia, fumando un cigarrillo, conversaba con Don Enrique, mientras Alonso estaba frustrado, solo en un rincón, bebiendo cervezas.

La primera banda, de punk hardcore, despotricaba contra la música comercial. Al terminar, anunciaron: “¡Con 10 lucas compren nuestros demos! ¡Díganle no a la piratería!”. Virna, presente en el local, les compró un casete.

La banda siguiente decía tocar rock fusión, pero era puro pop rock con algún detalle de huaino ocasional. Fue la que más le gustó a Alonso. Finalmente, apareció una banda que prometía apoyar el rock peruano, pero solo tocaba covers de grupos argentinos. Aun así, fueron los que mejor animaron al público.

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Julia y Paula llegaron justo cuando esa banda tocaba. Pidieron unas cervezas. Poco después, el vocalista anunció: “Esta canción es antigua, pero es una de nuestras favoritas”. Tocaron “I Just Want to be your Everything” con tal precisión que Julia se emocionó y se movió al ritmo de la música, pensando en Jerry.


—¿Te sucede algo, Julia? —preguntó Paula—. ¡Te estoy hablando! No entiendo cómo te gusta esa música tan antigua.

Julia no la escuchaba. Seguía bailando, sin percatarse de que Don Enrique, su padre, estaba muy cerca.

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Antes de que entrara el grupo de Erik, se presentó una banda popular liderada por un animador de TV. Sus temas cargados de ironía y argot limeño hacían reír y bailar a todos.

—¡Son geniales! —exclamó el Cholo Jonathan—. ¡La mejor banda de rock peruano!

Alonso, algo mareado, explotó: —¡Oye! ¿Cómo te atreves a decir ese disparate? ¡En el Perú hay grupos mejores!

La discusión escaló rápidamente hasta que el Cholo Jonathan intentó golpear a Alonso. Fueron contenidos por un grupo de muchachos, entre ellos Virna y Mariano.

—¡Virna! ¿Qué haces aquí?

—Vine al concierto. Pero no hace falta ponerse así por su comentario.

—¡Estoy harto de que digan que esos imbéciles son los mejores!

—¡Es su opinión! —dijo ella—. Debes aprender a respetar.

—¡Pues que respeten las mías! —gritó Alonso—. ¡En Perú hay miles de grupos que merecen respeto, grupos increíbles que nunca tuvieron oportunidad! ¡Estoy harto de que prefieran a estos payasos mediocres!

—Estoy de acuerdo, pero pelear no es la solución. Todo caerá por su propio peso.

Virna lo tomó de las manos y lo hizo bailar. En ese momento, apareció Claudia con cara de pocos amigos.

—¡Oye tú! ¿Cómo te atreves a sacar a bailar a mi enamorado?

—¿Tu enamorado? —dijo Virna—. Si lo fueras, estarías con él, ¿no?

—¡Me estoy preparando para una presentación!

—¿Coqueteando con un representante, acaso?

Claudia intentó darle una cachetada, pero Alonso la detuvo y la separó.

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Finalmente, apareció el grupo de Erik. Fueron los mejores de la noche: temas propios, mucha energía y Claudia realizando movimientos sensuales para atraer a Don Enrique. Este, fascinado por la cantante, decidió que quería promover al grupo.

—Esta canción la escribí para alguien muy especial: ¡Julia Cisneros!

Julia, estupefacta, intentó esconderse, pero Paula la jaló al escenario. El público aplaudió. Don Enrique se emocionó al oír el nombre de su hija, se acercó y la abrazó fuertemente mientras ella, al principio, intentaba esquivarlo.

—¡Vamos, Julia, soy tu padre!

Julia se acercó pausadamente y se fundió en un abrazo con él entre lágrimas. Mientras tanto, Amanda y Jerry, al llegar a casa, desesperados por la ausencia de Julia, supieron por un vecino que se había ido con Paula. Amanda se llenó de resentimiento, mientras Jerry intentaba calmarla.

+++Los orígenes de Amanda+++


Amanda Pérez nació en Piura hace unos 45 años. Proveniente de una familia humilde, hija de un agricultor, cursó solo la educación primaria; no obstante, fue suficiente para aprender a leer y escribir. Con el tiempo, se convirtió en una de las mujeres más codiciadas de la región gracias a su belleza exuberante y exótica. Trabajaba en un restaurante de carretera donde atendía a los innumerables viajeros que llegaban constantemente del norte o de la capital. Gracias a ellos, se mantenía al tanto de la moda y de lo que sucedía en Lima, ciudad que su padre visitaba con frecuencia para vender sus productos.

En una ocasión, una pareja que llegó al local dejó olvidada una sortija finísima de oro mientras hojeaban una revista de espectáculos con fotos de John Travolta. Amanda, tras encontrar la joya y devolvérsela, solo pidió como agradecimiento la revista. Aquel ejemplar se convirtió en su artículo más preciado y en el inicio de su afición por el mundo del espectáculo, una pasión que más tarde transmitiría a sus hijas.

A partir de entonces, amigos y viajeros que frecuentaban la capital le traían revistas y casetes con la música de moda en 1977, bajo el régimen militar del general Francisco Morales Bermúdez. Así conoció a artistas como Julio Iglesias, Camilo Sesto, Nino Bravo y Roberto Carlos. Sin embargo, todo cambió cuando un extraño y excéntrico forastero llegó al restaurante con casetes de música extraña, repetitiva y contagiosa, con voces potentes que utilizaban un vocabulario que ella nunca había oído.

—¿Qué es eso? —preguntó Amanda con asombro—. ¿Qué están diciendo?

—Es música disco, está muy de moda.

—¡Pero no se entiende nada! Eso es inglés, ¿verdad?

—Así es. Están cantando en inglés.

—¡Uuuuhhh! ¡Pero me gusta! ¡Me gusta mucho!

—Toma este casete —dijo él entregándoselo—. Te lo regalo.

—Gracias —respondió Amanda, dichosa—. Pero ¿cómo lo escucho?

El forastero le regaló un pequeño radio portátil. Amanda disfrutaba tanto la música que la escuchaba mientras trabajaba junto a su amiga Maritza, ya que el restaurante era el único lugar con electricidad en la zona.

—¡Maritza, Amanda! ¡Cómo pueden escuchar esa música infernal! —exclamó don Pancrasio, el cantinero—. ¡Si ni siquiera entienden lo que dicen!

—¡Me dejo guiar por el ritmo y la melodía! —respondió Amanda—. ¡Vamos, la vida es una y hay que vivirla!

—¡Pongan un valsecito o un huaynito, por favor! —pidió don Fulgencio, un cliente.

—¡Bah! ¡Esa música es aburrida! —replicó Amanda—. ¡Esto sí es música!

—¡Hay que apoyar lo nuestro! —insistió el señor Fulgencio.

—¡Yo apoyo lo que siento y quiero! —sentenció ella.

+++

En ese momento, un joven forastero con uniforme militar entró al restaurante. El silencio se apoderó del lugar. Amanda, nerviosa, tomó un trapo húmedo y limpió la mesa del recién llegado.

—¿Va a comer, señor? —preguntó.

—Deme el especial del día.

—Consiste en papas sancochadas, arroz y carne... ¿Lo quiere?

—Está bien.

—¿Qué desea para tomar?

—Una Inka Kola, sin helar, por favor.

Amanda fue a la cocina y, al regresar con la botella, decidió entablar conversación con el forastero.

—Veo que está en el ejército. ¿Qué rango tiene?

—Me falta solo un paso para ser general. ¡Estoy emocionado!

—Pues lo felicito. Por cierto, ¿cómo se llama?

—Pedro Gustavo Domínguez. ¿Y usted?

—Amanda.

—Bonito nombre —dijo él, mirándola con fascinación—. Mucho gusto.

Ambos se miraron fijamente, sin vacilación. Era amor a primera vista. De pronto, Amanda derramó la bebida sobre la ropa de Pedro Gustavo. Asustada y tiritando, intentó limpiar el desastre con desesperación.

—No se preocupe —dijo él en tono complaciente.

—Discúlpeme, señor... ¡No sé en qué estaba pensando!

Pedro Gustavo le tomó el rostro con delicadeza.

—Dije que no te preocuparas —dijo en tono amigable—. Y no me llames "señor", mi nombre es Pedro Gustavo.

—Está bien. Le traeré otra Inka Kola.

Los demás clientes miraban atónitos, pues esperaban una reacción prepotente del militar, pero era evidente que Pedro Gustavo estaba fascinado por Amanda. Ella no se quedaba atrás, y ambos intercambiaban sonrisas y guiños. Maritza, celosa, le llamó la atención:

—¡Ya, Amanda! ¡Deja de perder el tiempo y trabaja!

Pero Amanda no la escuchó. Puso uno de sus casetes y sacó a bailar a Pedro Gustavo, moviéndose al ritmo frenético de la música mientras Maritza observaba con resentimiento.

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Más tarde, el cocinero le entregó la comida para la mesa de Pedro Gustavo. Él comenzó a comer mientras la observaba.

—Pedro Gustavo, no hable con la boca llena, que se va a atragantar —le dijo ella con coquetería.

Él comió más despacio. Al terminar, Amanda retiró el plato y caminó hacia la cocina con un andar sugerente. Tras cobrar la cuenta —recibiendo una suculenta propina que enojó aún más a Maritza—, el militar se retiró, sin dejar de mirar a Amanda.

Al finalizar la jornada, Amanda emprendió el camino a casa, donde se encontró nuevamente con Pedro Gustavo.

—¡Amanda! ¿A dónde vas?

—¡A mi casa!

—Te acompaño. No es bueno que una muchacha tan linda ande sola por aquí.

—No se preocupe, todo está tranquilo.

—Insisto. No se imagina lo peligroso que pueden resultar estos sitios.

Mientras caminaban, comenzó una lluvia torrencial. Corrieron hacia una casa abandonada, refugio habitual de Amanda, para esperar a que escampara.

—¡Uf! —exclamó él—. ¡Qué lluvia tan torrencial!

—¡Es extraño! ¡No estamos en temporada de lluvias! —dijo Amanda—. ¡Pero estaremos seguros aquí!

Él encontró unas mantas y le entregó una. Ambos se despojaron de sus ropas mojadas, cubriéndose con las mantas, y ella encendió unas velas.

—¿Cómo es la capital? —preguntó ella.

—Es muy grande y desordenada.

—¿Conoce a John Travolta?

—¡Por supuesto que no! Él vive en los Estados Unidos.

—¿Verdad? ¡Yo pensaba que era limeño por lo mucho que hablaban de él en las revistas!

Luego, él le preguntó sobre su familia. Ella, nerviosa al hablar de sus hermanos, titubeó al mencionar a su sobrina Mónica, a quien había adoptado como hija de su hermano Manuel. Él se acercó a ella, y bajo la luz de las velas, los besos apasionados marcaron el inicio de una noche de intimidad.

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Al día siguiente, fueron interrumpidos por un conocido de Pedro Gustavo.

—¡Chema! ¿Qué haces aquí?

—¡Pedro Gustavo! Disculpa por arruinar el momento, pero necesitamos tu ayuda urgente.

Él se vistió apresuradamente, le dio un beso en la frente a Amanda mientras ella dormía y se marchó.

Días después, Amanda comenzó a sufrir náuseas. Los síntomas eran los mismos que cuando estaba embarazada de Mónica. Estaba en una encrucijada: no quería ser madre soltera en un pueblo que la juzgaría, y su hermano no volvería a encubrirla. Decidió buscar un padre para su criatura y el elegido fue Enrique Cisneros.

Enrique era un joven atractivo, amargamente comprometido con la caprichosa Elvira Hinojoza, quien solo buscaba en él un pase a la capital. Amanda sabía que Enrique no la amaba, así que aprovechó una borrachera del joven tras la clasificación de Perú al Mundial de Argentina 1978 para llevarlo a un motel. Allí, fingió que habían pasado la noche juntos.

Al despertar con resaca, Enrique estaba confundido. Amanda lo convenció de que habían tenido un encuentro maravilloso. Días después, en pleno compromiso con Elvira, Amanda irrumpió con un papel en mano y anunció ante todos:

—¡Señoras y señores, estoy embarazada y el padre es Enrique Cisneros!

Tras el escándalo y los golpes de Elvira, Enrique se vio obligado a casarse con Amanda.

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Los años pasaron. Amanda y Enrique vivían con modestia, acompañados de la música de Grease y de un televisor que disfrutaban junto a sus amigos. Durante un partido de Perú en el Mundial de 1978, Amanda entró en labor de parto. Dieron a luz a una niña a la que llamaron Flor.

Sin embargo, Maritza, la supuesta amiga de Amanda, comenzó a seducir a Enrique. La infidelidad fue descubierta tiempo después por Amanda, lo que desató una pelea feroz en la que Enrique la acusó de tener aventuras con el vecino. Ante la presión, Amanda sufrió un desmayo. Poco después, se enteraron de que estaba nuevamente embarazada.

Meses después, nació Julia. Enrique, consumido por la duda sobre su paternidad, decidió abandonar a Amanda e irse a México a realizar sus sueños.

Amanda, abandonada y rechazada por sus amistades, decidió viajar a Lima con sus hijas para empezar de cero, decidida a darles una educación y un futuro mejor, lejos de la vida arrabalera que ella misma había vivido. 

Mientras tanto, Elvira también emigró a la capital, donde terminó casándose con el general Pedro Gustavo Domínguez, dando a luz a una niña llamada Fiorella.

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