CAPÍTULO IX (Corregido y pulido con IA)


CAPÍTULO IX

Virna seguía trabajando en la tienda, ordenando los discos compactos mientras pensaba en su encuentro con Alonso, cuando de pronto alguien la sorprendió por detrás. Ella volteó asustada para ver de quién se trataba: era Mariano.

—¡Mariano! ¡Primo! ¿Cómo has estado?

—Estoy bien, prima. ¿Cómo va el negocio?

—Más o menos, primo. La situación está muy difícil. ¡Nadie quiere comprar discos!

—Es que son muy caros, prima. ¿Quién va a pagar 20 dólares por un disco? ¡Más rentable es comprarlo pirata!

En ese momento, ella comenzó a llenarse de indignación.

—¡Ni te atrevas a apoyar la piratería! —exclamó muy enojada—. ¡Eso atrasa a la industria!

—¡Pero, prima, no te enojes! ¡Es la verdad! ¿Quién va a pagar tanto dinero por un disco?

—Mejor cambiemos de tema, por favor...

—Bueno, ¿ha llegado alguna novedad?

—Ninguna. Por acá estuvo Claudia, la vocalista de ese grupo nuevo que se llama... no me acuerdo... Bueno, estuvo aquí con un chico que parece su enamorado, llamado Alonso. Un chico muy lindo y amoroso.

—¡Ja! ¡No me digas que Cupido te flechó!

—¡Para qué digo que no, si sí, pues! ¡Es un chico maravilloso! Lástima que esté con esa Claudia, que es una convenida. Pero cuéntame, ¿qué ha sido de tu vida? ¿Sigues con esa chica llamada Paula?

—Paula y yo terminamos hace tiempo. Ahora ella está con un pituquito y yo...

—¿Estás con alguien, primito?

—Prefiero no hablar de eso, por favor.

—Está bien. Respeto tu opinión. Voy a colocar algo de música para levantar los ánimos.

Virna colocó el disco Giros de Fito Páez, uno de sus primeros álbumes. Se escuchó la canción "11 y 6". A Mariano le cayó una lágrima por la mejilla; la suave melodía le hacía recordar a Vanessa, pues era su canción favorita. Sabía que todavía la quería a pesar de su mentira, pero estaba tan cegado por el orgullo que se negaba a admitir su amor.

—Muy buena canción, ¿no es así, primo?

Mariano suspiró fuertemente.

—¿Y ese suspiro? ¿Por quién suspiras? ¿Me podrías decir su nombre?

—Ya no sé cómo se llama realmente.

—¿Cómo así? Explícame bien.

Mariano comenzó a relatarle lo sucedido con su idilio con Vanessa, o mejor dicho, Fiorella. Mientras contaba, las lágrimas brotaban de sus ojos.

Mientras tanto, Fiorella seguía pensando en Mariano desde su lecho, escuchando en su radio portátil aquella canción que tanto le gustaba. Pareciera que el destino se hubiera encargado de poner la misma melodía a ambos para recordarles el gran amor que sentían; sin embargo, por temor o por orgullo, no se atrevían a confesarlo. A pesar de que Fiorella había decidido romper definitivamente con Jerry, decidió seguir con el juego, pues nada le importaba ya al no tener el amor del hombre que más quería.

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Jerry también seguía confundido tras su ruptura con Julia y se negaba a creer lo que estaba pasando; no sabía qué pensar, si volver con Julia o seguir el juego con Fiorella.

Mientras tanto, Julia regresó a la tienda de Virna, y tanto Virna como Mariano se alegraron al verla.

—¡Julia! ¿Cómo has estado? —exclamó Virna—. ¡Bienvenida!

—Estoy bien, gracias —respondió tímidamente.

—Hola, Julia —dijo Mariano—. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias.

—Me contaron que terminaste con Jerry —dijo Mariano—. ¿Qué pasó? ¿Ya no lo quieres?

—No es eso... Es que... no puedo... estar con él.

De pronto, aparecieron unos clientes especiales. Un muchacho, vestido como si fuera de incógnito, entró acompañado de Don Enrique, quien comenzó a mirar detenidamente a Julia, logrando que ella se sintiera incómoda.

—Buenas tardes —respondió Virna, excusando a Mariano y a Julia—. ¿Se les ofrece algo?

—Busco si tienen cuerdas para guitarra.

—En la tienda de al lado —contestó ella, mirando detenidamente al muchacho—. Perdón, su rostro me es familiar. ¿No es usted Pablo Salgado, el cantante?

—Shhhhhhh... Sí, soy Pablo Salgado, pero estoy de incógnito y vine con mi representante.

—¡Pablo Salgado! ¡Qué emoción! —exclamó Virna, jubilosa.

Las chicas que pasaban cerca se emocionaron y entraron a la tienda para pedirle autógrafos, tomarse fotos, besarlo y hacerle preguntas a su ídolo. Virna sabía que la presencia de Pablo era beneficiosa para las ventas y trató de aprovecharla. Le hizo firmar algunos discos, aunque la especialidad de la tienda fuera el rock alternativo, sabía que Pablo era el cantante de moda.

+++

Julia y Mariano trataron de salir cuidadosamente de la tienda para no toparse con las alocadas fanáticas, pero Don Enrique detuvo a Julia y decidió hacerle conversación.

—¡Hey, muchacha! ¿A dónde vas?

—A mi casa... Ya es tarde.

—No te vayas. Quiero conversar contigo un momento. ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Julia.

—Bonito nombre.

En ese momento, Pablo llamó a Don Enrique para que lo ayudara con sus frenéticas admiradoras y el hombre se retiró de la vista de Julia. Ella aprovechó para marcharse rápidamente. Don Enrique siempre se oponía a ir a esos lugares con Pablo por la sobreexposición pública, pero conocer a Julia le hizo cambiar de parecer y quería saber más de ella. Al no encontrarla, le preguntó a Virna si sabía algo.

—Se llama Julia Cisneros.

—¿Julia Cisneros, dijiste? —exclamó Don Enrique con asombro—. ¿Sabes dónde y con quién vive?

—No sé su dirección exacta, pero sé que vive con su madre y su hermana mayor.

—¿Sabes cómo se llaman?

—Sí. Su mamá se llama Amanda y su hermana, Flor.

Don Enrique sintió una fuerte impresión, como una punzada en el pecho; sabía que había encontrado a su otra hija. Pablo notó su reacción y pidió excusas a sus fanáticas para atender a su representante.

—¿Le sucede algo, Don Enrique? —preguntó Pablo.

—¡Esa muchacha!

—¿Qué muchacha?

—¡La que salió hace algunos minutos! ¡Es mi hija! Estuvo aquí cerca y yo le hablé.

—¿Su hija? ¿Está seguro?


—¡Sí! ¡Estoy seguro! —Se dirigió a Virna—. ¿Sabes dónde vive?

—No lo sé. Pero mi primo lo sabe. Él estaba aquí, pero también se fue.

—¡Hay que darle alcance! —exclamó Don Enrique, corriendo desesperado. Pablo fue tras él, seguidos por una turba de fanáticas.

Por su parte, Flor se había enterado de que Pablo Salgado estaba en Galerías Brasil y fue a buscarlo para una nota, pero tuvo tan mala suerte que, para cuando llegó, él ya se había ido.

Don Enrique no pudo alcanzar a Julia y decidió regresar al hotel, pero ya se sentía satisfecho por haber conocido a sus tres hijas: Flor, Fiorella y Julia.

+++

Mientras tanto, Fiorella se fue de compras con sus amigas Loly y Laly. Sus padres habían denunciado al periódico por difamación tras la nota periodística, pero lograron retirar los cargos dando unos billetes a la policía. Mientras platicaban, Fiorella tuvo un encuentro inesperado.

—¡Santiago! ¿Cómo estás? ¿Hace cuánto tiempo llegaste a Miami?

—¿Cómo estás, Fiorella? Llegué hace unos días con mi hermano Juan. Quería darte una sorpresa y platicar un rato a solas.

Fiorella pidió permiso a sus amigas para retirarse.

—Supe que estabas con Jerry Modugno y que volviste con él.

—Así es.

—¿Y estás enamorada de él?

—No lo sé.

—Yo no te he podido olvidar —le dijo mientras acariciaba suavemente su mejilla—. Dame una nueva oportunidad, por favor.

—Lo siento, pero yo no te amo —le contestó, retirando su mano con discreción.

En ese momento pasaba por allí Eufemio, el niño lustrabotas que Fiorella (como Vanessa) había conocido con Mariano.

—¡Vanessa! ¡Vanessa! ¡Cómo estás! —gritó el pequeño.

Fiorella se puso nerviosa.


—¡Fiorella! ¿Quién es este niño y por qué te llama Vanessa?

—Eh... no lo sé... me debe estar confundiendo con otra persona...

—¡Eres Vanessa! —exclamó Eufemio—. ¡La enamorada de Mariano!

—¿Quién es Mariano? —preguntó Santiago con asombro.

Fiorella le pidió a Eufemio, en tono brusco, que se retirara. El niño, sintiéndose ofendido, corrió hacia la pista sin percatarse de que un auto venía a toda velocidad. Fiorella, desesperada, trató de avisarle, pero él no la escuchó. En un acto heroico, saltó a la pista y logró empujar al niño, salvándolo del peligro, pero el auto la impactó a ella, dejándola inconsciente. Santiago corrió a auxiliarla mientras Eufemio miraba impávido.

—¡Fiorella, Fiorella! ¡Reacciona! ¡Llamen a una ambulancia!

El chofer del auto ayudó a subirla y la llevaron al hospital cercano. Santiago, Eufemio, Laly y Loly los acompañaron.

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Al llegar al hospital, llevaron a Fiorella a emergencias. Santiago pidió a Loly que llamara a Jerry; poco después llegaron él, su hermana María, su primo Alonso y los padres de Fiorella junto a Chochi.

—Doctor, ¿cómo está mi hija? —preguntó la Sra. Elvira desesperada.

—Ha perdido mucha sangre. Necesitamos un donante con urgencia.

A Elvira no le quedó otro remedio que llamar a Don Enrique Cisneros, quien llegó rápidamente junto a Pablo. Don Enrique ingresó a la sala para donar sangre.

—Santiago, hermano —dijo Pablo—, ¿qué sucedió?

—¡Estaba platicando con Fiorella cuando, de pronto, fue a salvar a un niño para evitar que fuera atropellado!

—¿Y se puede saber de qué platicabas con ella? —intervino María, con celos.

—¡María! —reprochó Jerry—. No es momento para ese tipo de comentarios.

+++

Mientras tanto, Flor recibió una llamada avisándole que Pablo Salgado estaba en un hospital y fue rápidamente, pero no pudo encontrarlo, pues él ya se había ido a comer con los demás. Sin embargo, se encontró con Jerry.

—¡Jerry! ¿Qué pasó aquí?

—¡Flor! ¡No te lo imaginas! ¡Fiorella acaba de tener un accidente!

Flor sintió una punzada en el corazón.

—¡No puede ser! ¿Qué pasó?

—La atropelló un auto por querer ayudar a un niño.

—¿Y cómo está?

—Ha perdido mucha sangre. Pero, afortunadamente, Don Enrique se ofreció a donar.

—¡Qué hace esta muchacha aquí! —intervino Elvira amargada—. ¡Ella no tiene ningún derecho!

—¡Lo tengo porque, aunque no le guste, Fiorella es mi hermana y Don Enrique es mi padre! —dijo Flor.

—Flor tiene razón —intervino Jerry—. Ella tiene derecho de estar aquí.

—¡Pues no la quiero ver! ¡Fuera! ¡Largo de acá!

—¿Por qué usted es así conmigo, señora? —preguntó Flor—. ¿Qué de malo le he hecho?

Flor, frustrada, decidió retirarse y Jerry se ofreció a llevarla. En el camino se encontraron con Simón y luego con Mariano y Virna, quienes también se dirigieron al hospital. Al llegar, Virna se encontró con Alonso, mientras que el niño Eufemio le contó todo a Mariano, logrando que su rencor hacia Fiorella finalmente desapareciera.


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