CAPÍTULO VII
Enrique ya lo sabía: Fiorella era el fruto de lo que ocurrió aquella noche. Aquella noche en Piura, en la que Elvira, aprovechando la oscuridad y la confusión, se introdujo en su cuarto y, manipulada por un ardiente deseo, hicieron el amor. Ella ya sabía que había perdido al hombre que amaba pero, por lo menos, no quería irse sin llevarse un último recuerdo del amor que sentía por Enrique.
Días después, ella empacó sus cosas, se retiró del pueblo y de su vida, y Enrique inició su vida al lado de Amanda.
Pero varios años después, tras la repentina huida de Fiorella, ambos se volvieron a reunir y, al saber la verdad, Enrique ofreció su ayuda incondicional.
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Mientras tanto, Fiorella, asumiendo la personalidad de Vanessa, se hospedó en casa de Amanda y sus hijas, haciéndose pasar por empleada doméstica. No fue fácil, pero fue el buen corazón de Flor lo que convenció a Amanda para que Vanessa se quedara en casa.
Afortunadamente, cuando estuvo en Miami visitando a unos familiares de su padrastro, aprendió a realizar los quehaceres del hogar y a ser autosuficiente; por eso, no tuvo problemas para encargarse del aseo.
Fiorella, bajo el nombre de Vanessa, vivió con Amanda, Flor y Julia por varios días, ganándose la estimación y el aprecio de todas. Vanessa estaba feliz porque encontró en ellas la familia que tanto anhelaba, además de que Amanda llegó a contarle sus más íntimos secretos, como el nombre del padre de Julia y Flor, ese despiadado que las abandonó cuando eran niñas: Enrique Cisneros.
Curiosamente, Vanessa no le tenía ningún rencor a Julia por lo ocurrido con Jerry, porque ella se estaba enamorando de Mariano.
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Mientras tanto, Vanessa aprovechaba su tiempo libre para salir con Mariano, sus amigos y su tío Simón. Ella se había encariñado con los muchachos del barrio y ellos también le tomaron afecto, tanto que lograron encubrirla de las autoridades, en especial del oficial Ardiles. De todos modos, ella se cambió el look —ahora era pelirroja— y, con un buen maquillaje, quedó irreconocible ante las autoridades... y ante su familia. Su madre y Enrique, su verdadero padre, movilizaron a la prensa y a la radio para dar con su paradero.
Poco a poco, Fiorella se enamoraba de Mariano y él empezaba a enamorarse de ella. Salían juntos a casi todos lados sin miedo de que alguien la reconociera; solo importaba lo que sentían en ese momento: el amor que germinaba entre ambos.
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Al enterarse del noviazgo de Mariano y Vanessa, Paula se echó a llorar, pero luego, para desquitarse, decidió formalizar su relación con Juan Salgado, el millonario. Julia, por su amistad con Paula, no aprobaba el noviazgo de Vanessa y Mariano, pero no la trataba mal ni le enviaba indirectas.
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Una tarde, Mariano la llevó a pasear al Rímac, lugar de su nacimiento. Mientras caminaban por la Alameda de los Descalzos, una voz llamó a Mariano por detrás:
—¡Señor! ¡Señor! ¡Le lustro las tabas! —gritó un niño de unos ocho años, sucio y mal vestido, que trabajaba como lustrabotas.
—¡Eufemio! —exclamó Mariano—. ¿No me reconoces? ¡Soy yo, Mariano!
El niño Eufemio abrió bien sus ojitos, reconoció a Mariano y lo saludó.
—¡Uta, Mariano! ¿Y ese milagro?
—Vine a pasear con mi enamorada.
—¿Su chica? —dijo el niño, confundido—. ¿Y dónde está la Paula?
—Paula y yo terminamos hace tiempo. Ven, te presento a Vanessa.
El niño Eufemio se sacudió la mano con el pantalón y estrechó la mano de Vanessa, quien sonrió.
—¡Chucha, brother! ¡Esta jerma es más bacán! ¡Mejor que la Paula, que era toda una pendejaza!
—¡Eufemio! —exclamó Mariano—. ¡Qué vocabulario es ese frente a la señorita!
—Disculpa —dijo Eufemio, cabizbajo—. Pero es la verdad, pe. Es mi futura mamá.
Vanessa se quedó estupefacta.
—No te preocupes, flaca —aclaró Mariano—. Eufemio y yo quedamos en que, cuando contrajera matrimonio, lo iba a adoptar.
Ella respiró aliviada y ambos sonrieron. Platicaron un rato con el niño hasta que pasó cerca una pareja y se despidieron. Mariano y Vanessa continuaron su caminata.
—¡Qué chico más simpático! ¿Cómo lo conoces?
—Hace unos años. Se me acercó precisamente para saber si quería que le lustrara los zapatos. Eufemio es huérfano de padre y madre, y lo único que le queda es trabajar para subsistir.
Ella lo miró tiernamente, respiró hondo y decidió sincerarse:
—Mariano, hay algo que tienes que saber de mí.
—Si es algo de tu vida, no me interesa. ¡No quiero saberlo!
—Pero tienes que saber que no soy lo que tú crees que soy.
—¡No, no! ¡Lo único que quiero saber es que tú eres la mujer que amo, y eso es suficiente para mí! ¡Eres lo mejor que le ha pasado a mi vida! Nunca pensé que te encontraría, pero te conocí y ahora no me arrepiento de nada. ¡Te amo con toda el alma!
—Yo también te quiero.
Ambos se miraron fijamente a los ojos y acercaron sus labios poco a poco hasta besarse. Se querían mucho.
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Mientras tanto, en casa de Fiorella, pasaban los días y la angustia continuaba. Su madre colocó un anuncio en el diario.
Chochi, la mucama, recibió la visita de un viejo amigo: el cholo Jonathan, el muchacho que Fiorella conoció en la pollada, quien entró por la puerta de servicio.
—¡Jonathan! ¡Y ese milagro! ¿Dónde estabas? ¿Cómo me buscaste?
—Estaba en cana, pero ya salí. ¡Me dijeron dónde chambeabas y decidí pasar a visitar a mi mejor amiga, pe!
—¡Ja! ¿A quién viniste a visitar es a Vanessa?
—¡Clarinete, pe! ¡Si Vanessa está más buena! Y me dijeron que chambea contigo. ¿Dónde está?
—No está —dijo ella seriamente.
—¡Pucha! ¡Qué salado! ¿Y dónde está Vanessa ahora?
—Nadie lo sabe. Y la patrona está angustiada.
—Pero, contratan a otra y listo.
—¡Es que no entiendes!
—¿Qué no entiendo? Explícame bien, flaca.
—Vanessa no se llama Vanessa. Se llama Fiorella y es hija de los patrones de la casa.
El cholo Jonathan quedó paralizado por la noticia. Su adorada Vanessa era realmente Fiorella, una "pituquita", hija de millonarios, con mucho billete, dinero, vil metal... "¡Ja!", exclamó Jonathan, soltando una carcajada. ¡Al fin encontró la cura a sus problemas! Y acordó con Chochi ir en búsqueda de Fiorella.
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Mientras tanto, Paula, todavía despechada porque Mariano había aceptado a Vanessa, decidió salir una tarde con Juan. Mientras esperaban a que ella se alistara, él decidió hojear un periódico que estaba sobre la mesa.
—¿Alguna novedad? —preguntó Paula, ingresando a la sala.
—Ninguna. Lo mismo de siempre: robos, asaltos, inflación... ¡Nada nuevo!
En ese momento, leyeron una nota sobre la desaparición de Fiorella, con su foto. Paula miró bien la imagen y finalmente logró reconocerla: ¡era la chica del concierto del otro día! Y, al mirarla bien...
—¡Es Vanessa! —exclamó con seguridad.
—¿Vanessa?
—La que me robó a Mariano. ¿Te acuerdas de ella? La chica que vimos en Miraflores...
—¡Ah, sí! ¡La que afirmaba que era mucama de Fiorella! ¡Yo sí tenía razón! ¡Esa chica era Fiorella Domínguez!
—¡Esa arpía! ¡Tenemos que avisarle a todo el mundo!
—¡Un momento! —dijo él, jalándole el brazo para retenerla—. ¿Y qué hay de lo nuestro?
—¿Lo nuestro?
—Sí, te pregunto: ¿qué hay de lo nuestro? ¡Tú y yo estamos comprometidos!
—Bueno, la verdad...
—¡Nada! ¡Yo no soy plato de segunda mesa! ¡Tenemos una relación y la vamos a cumplir!
—¡Pero...!
—¡Pero nada! ¡De ahora en adelante, todo cambiará entre nosotros! ¡Porque nadie se burla de Juan Salgado!
Ella intentó darle una bofetada, pero Juan la contuvo y, a la fuerza, acercó sus labios para besarla. Aunque ella intentaba zafarse, finalmente cedió ante sus besos y comenzó a corresponderle. Empezaba a enamorarse de Juan.
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Por su parte, Amanda decidió comprar el periódico. Ella no acostumbraba a leerlo porque le deprimía leer noticias tristes, pero una vez, llevada por un impulso inexplicable, decidió comprarlo. Hojeando, encontró el anuncio de la búsqueda de Fiorella Domínguez, miró bien la foto y logró reconocer a Vanessa. Comenzó a pensar detenidamente en su actitud, en las contradicciones que a veces decía sobre su supuesta vida, y recordó que su aspecto no era el de una mucama común, sino que se le notaba algo refinada. Sabía de la noticia de que la hija de un general se encontraba extraviada, pero nunca se percató de que pudiera ser Vanessa. Se sintió muy decepcionada y herida en su amor propio. No quedaba ninguna duda: Vanessa era Fiorella, y de inmediato fue a ajustarle cuentas.
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Llegó hasta su casa y la llamó: "¡Fiorella!". Ella volteó la cabeza.
—¡Ajá! ¡Tú no eres ninguna mucama! ¡Eres Fiorella Domínguez, una pituca mentirosa que se fugó de su casa!
Fiorella quedó paralizada al verse descubierta ante Amanda y trataba de hacerse la desentendida.
—¿Perdón, señora? ¿Qué yo soy Fiorella Domínguez? ¡No, señora Amanda, yo...!
—¡Mientes! ¡No sé lo que estás buscando, pero tú no te vas a salir con la tuya! ¡Eres una falsa y una hipócrita! ¡Con qué derecho te atreves a ingresar a esta casa!
Fiorella respiró hondo y tomó asiento.
—Sí, soy Fiorella Domínguez. ¡Pero no soy lo que usted piensa! ¡Se lo juro! ¡Sería incapaz de hacerles daño, porque ustedes representan todo para mí!
—¡Mentira! ¡Todo es mentira! ¡Pero te vas de esta casa! ¡No soporto a mentirosas como tú!
—¡Por favor, señora, no tengo a dónde ir!
—¿No? ¡Y la mansión donde vives, qué!
—¡No! ¡No quiero ir allá! ¡No quiero! —exclamó desesperada, jalándose el cabello.
—¡Nada! ¡Largo de esta casa, forajida! ¡Fuera! ¡O te vas por las buenas o te saco a patadas!
En ese momento ingresó Julia, alarmada por los gritos.
—¡Mamá, qué pasó!
—¡Pasa que nuestra querida Vanessa no es otra que Fiorella Domínguez!
Julia se quedó con la boca abierta. Ahora recordaba a Vanessa: claro, era Fiorella Domínguez, la exenamorada de Jerry Modugno, su actual novio.
Fiorella trataba de resistirse, enfureciendo más a Amanda, quien la tomó de las ropas y quiso darle un golpe, pero...
—¡Suelte a mi sobrina, señora Amanda!
Era Simón, que ingresó a la casa aprovechando que la puerta estaba abierta. Amanda quedó asombrada.
—¿Simón? ¿Qué quieres decir con que ella es tu sobrina?
Simón quedó enmudecido, sin saber qué decir.
—No te preocupes, tío —intervino Fiorella—. Ya sabe que soy Fiorella.
—¿Tú eres sobrina de este hombre? —dijo Amanda con voz entrecortada.
—Sí —intervino Simón—, es hija de mi hermana Elvira.
—¿Elvira Hinojoza?
—¿Conoce a mi madre, señora Amanda? —preguntó Vanessa.
Amanda pegó un grito de dolor. ¡No podía creerlo! ¡Era la hija de Elvira Hinojoza, su rival de amores por el cariño de Enrique, su esposo! Amanda seguía desesperada y confundida; el destino le había jugado una mala pasada. Estaba frente a frente con la supuesta hija bastarda de su marido. La miró fríamente a los ojos, con odio y recelo.
—¿Sabes quién es tu verdadero padre? Pues tu verdadero padre... ¡fue mi marido y padre de Julia y Flor! ¡Julia y Flor son tus medias hermanas! ¡Tu padre fue el hombre que más me ha hecho sufrir!
Fiorella quedó paralizada por la noticia. Julia quedó peor: ¡Fiorella era su media hermana! No podía creerlo y, de la impresión, sufrió un repentino desmayo. Fiorella, desesperada, intentó ayudarla, pero Amanda se lo impidió y le ordenó que se retirara.
—¡Es mi hermana y necesita ayuda! —exclamó Fiorella.
—¡No! ¡Ella no es nada tuyo! ¡Fuera de acá!
Simón tomó a su sobrina y se retiraron. Amanda cerró la puerta y fue a atender a Julia.
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En las calles, Fiorella y Simón se encontraron con Mariano.
—¡Vanessa! ¿Qué sucede aquí?
Ella respiró hondo, hizo una pausa y, con voz entrecortada, le dijo:
—Mariano, necesitas saber una cosa...
—¿Qué cosa tengo que saber, Vanessa?
—Mi nombre no es Vanessa y no trabajo como mucama. Me llamo Fiorella Domínguez y soy hija de un general.
Mariano quedó asombrado.
—¡No! ¡No puede ser! —dijo con incredulidad—. ¿Esta es una broma, no?
—No es ninguna broma —intervino Simón—. Ella es Fiorella... mi sobrina.
—¡Pero si tu sobrina tenía mucho dinero y vivía en una mansión con piscina y todo tipo de lujos!
—Así es —dijo Fiorella—. Y yo soy esa sobrina millonaria. Perdóname, Mariano, no fue mi intención, pero...
—¿Pero qué? —exclamó él—. ¡Acaso no te imaginas lo que acabas de hacer! ¡Me mentiste! ¡Maldita, me mentiste!
—Por favor, discúlpame, pero yo te amo, te quiero.
—¡Mentira! ¡No te creo nada! ¡Todo lo que he hecho por ti fue para nada! ¡Terminé con una gran chica como Paula para estar con una arpía mentirosa como tú! ¡Eres una falsa!
—No sigas, por favor...
—¡Así que te duele saber la verdad! ¡Pues esto es lo que te mereces! ¡Desgraciada, atrevida, falsa!
Simón tomó a Fiorella, dieron media vuelta y se retiraron. Mariano, herido en su amor propio, comenzó a llorar amargamente y se dirigió a un bar para emborracharse y ahogar sus penas. Simón llevó a Fiorella en colectivo hasta su casa, donde su madre la recibió alegremente.
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Fiorella había vuelto a su aburrida vida de antes. Atrás quedó Mariano, Amanda y toda esa gente a la que llegó a querer y apreciar de corazón. Había sido todo tan bello para ser verdad, y ahora vendría su dolorosa realidad.
Con respecto a la denuncia, el oficial Ardiles se enteró de que Vanessa era en realidad Fiorella Domínguez y fue a arrestarla. Pero Elvira, la madre de Fiorella, entregó al presunto denunciante un cheque por varios miles de dólares a cambio de que retirara la denuncia. El denunciante aceptó el trato y el dinero, por lo que Fiorella quedó libre de todos los cargos. Sin embargo, su corazón seguía malherido y triste por haber perdido a Mariano, el amor de su vida.










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