CAPÍTULO V
La Sra. Amanda estaba en la puerta de su casa, comadrando con la vecina, cuando de pronto se acercó Simón, el «Coco Plano», con la intención de saludarla. La vecina se despidió de Amanda y se retiró.
( Amanda )
—¡Buenas tardes! —exclamó Simón—. ¿Cómo está usted, Sra. Amanda?
—Buenas tardes —dijo Amanda, muy seria—. ¿Cómo está usted?
—¡Ufff! ¡Estoy muy cansado porque vengo de chambear!
—¿Trabajar? —exclamó sorprendida—. ¿Desde cuándo trabaja usted?
—Desde hace unas semanas. Fue una chamba que me consiguió el enamorado de mi sobrina. No gano mucho pero, al menos, lo suficiente para poder comer. ¡Ufff! ¡Pero qué cansado estoy!
—Me alegra que esté usted estudiando... Estee... ¿Cuál es su nombre?
—¡Señora Amanda! ¡Cómo no va a saber cómo me llamo!
—Bueno, siempre veo que le dicen «Coco Plano», pero nunca supe cómo se llama en realidad.
—¡Claro! ¡Pues me llamo Simón! ¡Simón Hinojoza, para servirle a usted!
De pronto, Amanda sintió una dolorosa impresión, como una fuerte punzada en el pecho.
—¿Le sucede algo, Sra. Amanda?
—No, nada —dijo, tratando de calmarse—. Perdón, ¿dijiste Hinojoza?
—Así es... ¡auch! —dijo, algo adolorido.
—Y dime, Simón, ¿tienes hermanos?
—¡Una hermana! ¡Es mayor que yo! ¡Se llama... ¡auch!... ¡Elvira!
Amanda sintió otra fuerte punzada en el pecho.
—¿Elvira, dijiste? ¿Elvira Hinojoza?
—¡Clarinete, pues!
—Es que yo conocí a una Elvira Hinojoza cuando vivía en Piura.
—¡Ah, mira! ¡Mi familia es... ¡auch!... de Piura!
Amanda estaba anonadada. El pasado que creía ya olvidado volvía nuevamente a atormentarla. Volvía el recuerdo de aquella mujer, Elvira Hinojoza, su rival por el amor de Enrique, el hombre que fue su esposo y padre de sus dos hijas, y que la abandonó sin dar razón aparente.
—Oiga, Sra. Amanda —dijo Simón—, ahora que la veo bien, su rostro se me hace conocido. Pero no recuerdo dónde.
—Ahora lo recuerdo, Simón. Pero bueno, ¡eso fue hace mucho tiempo!
—¡Claro! ¡Eso ha sido hace mucho tiempo! ¡Yo tendría como unos diez años, más o menos!
—Y dime, Simón, tu hermana, ¿tuvo hijos?
—Sí. Solo tuvo una niña. Mi sobrinita Fiorella... ¡Es mi adoración!
—¡Ah, qué lindo! ¡Y cuántos añitos tiene?
—Bueno, mi sobrinita ya es toda una señorita. Tiene 22 años.
—¿22 años?
Amanda comenzó a sentir otra punzada en el pecho. 22 años, la misma edad que su hija Flor. Comenzó a recordar viejos rumores del barrio de que Elvira estaba esperando un bebé, casi al mismo tiempo en que ella estaba embarazada de Flor. ¿Será esa hija que dice, Fiorella, la sobrina de Simón, la hija bastarda de su marido Enrique?
—Mi hermana ha sido una mujer afortunada, a pesar de todo —prosiguió Simón—. Se casó con un hombre importante, el General Pedro Gustavo Domínguez, que la elevó de estatus y la convirtió en parte de la «crema y nata» del país, rozando con gente que tiene puro billete; además, ha sido como un padre para mi sobrina.
—¿Como un padre?
—Sí, claro. Le dio el apellido y la crió, pero no la parió.
—¿Y sabes quién es su verdadero padre?
—No lo sé. Solo sé que es un irresponsable que abandonó a mi hermana para casarse con otra. Por eso estoy contento de que mi hermana esté feliz; eso me alegra, a pesar de que no quiere verme ni en pintura.
—¿Por qué no te puede ver tu hermana?
—¡Porque soy pobre, pues! —exclamó Simón.
—¿Y tienes más hermanos?
—Tengo tres hermanas. Pero yo tampoco las veo. Es que, cuando mi vieja murió, nos separamos y perdimos contacto. Pero bueno, Sra. Amanda, fue un gustazo haber charlado con usted, pero yo me quito a descansar... ¡Tuve un día muy agitado!
—Sigue nomás, hijo.
Simón se despidió de Amanda y se retiró. Ella comenzó a reflexionar sobre aquella plática y el tormentoso pasado que volvía a acosarla.
+++
( Fiorella )
Mientras tanto, no muy lejos de allí, Fiorella —asumiendo el nombre de Vanessa y usando peluca y lentes oscuros— paseaba con Mariano, Ramón Augusto y Chochi. Mariano la llevó hasta su barrio para presentarle a sus amigos. Caminaban por una construcción cuando, de pronto, divisaron a un individuo extraño que aparentaba dirigir los trabajos. Mariano se acercó al individuo y lo reconoció: ¡Era el Patroclo, uno de los vagos del barrio y amigo de Simón, el «Coco Plano»! Fiorella no lo podía creer; era uno de los amigos de su tío Simón y comenzó a incomodarse, por temor a que la descubrieran.
—¡Te conozco! —exclamó Patroclo—. ¡Eres la sobrina del Coco Plano!
Fiorella comenzó a ponerse nerviosa y el cuerpo le tiritaba sin cesar.
—Estee... no sé de qué me estás hablando... ejem... no conozco a ningún «Coco Plano».
—¡Pero cómo! ¡Si el otro día te vi con tu tío y tu enamorado en semejante carrazo!
—Pues me habrás confundido con otra persona. Me llamo Vanessa.
—Vanessa es del Callao —intervino Mariano.
—¿Sí? ¿De qué parte? —preguntó Patroclo en tono irónico—. ¿De La Punta?
—¡Ta que! ¡Soy de los Barracones, pé! —exclamó Vanessa, simulando un aire desenfadado.
Patroclo estaba incrédulo; sabía que ella fingía, pero igual trató de seguirle la corriente. Luego, se despidieron y siguieron su camino.
Pasaron por otra esquina y se encontraron con Simón, quien reconoció a su sobrina y a Chochi.
—¡Fiorella! ¡Sobrina! ¿Qué haces aquí con Chochi?
Fiorella estaba en una encrucijada. Por un lado, quería abrazar a su tío, pero no quería que Mariano la reconociera.
—¿Perdón, señor? Me llamo Vanessa, no Fiorella.
—¡Oe, Chochi! —dijo Simón—. ¿Tú sabes qué le pasa a mi sobrina?
—Sr... Usted se equivoca... ejem... mi amiga se llama Vanessa...
—Pero, Vanessa —exclamó Mariano—, ¿qué significa esto?
—Nada, Mariano. Solo que el señor me confunde con otra persona.
—Pero, sobrina, ¿por qué eres así? ¿Por qué me niegas?
—¡Ya me acuerdo de usted! ¡Usted es Simón, el tío de la hija de mis patrones! ¡Claro! —le habla a Mariano—. ¡El señor es familiar de los patrones de la casa donde trabajo! —Y le habla a su tío—. Fiorella está muy bien, Sr. Simón, le manda muchos saludos.
—Yo no entiendo nada —dijo Simón—. Mejor me voy.
Simón se retiró, triste y cabizbajo.
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Vanessa (Fiorella) se sentía muy mal por lo que hizo. Aprovechó que Mariano fue a saludar a otro amigo para alcanzar a Simón y confesarle la verdad. Entre lágrimas, lo abrazó fuertemente.
—¡Tío, perdóname!
—¡Lo sabía! ¡Tú eres Fiorella! Pero, ¿qué pasó?
Ella se secó las lágrimas y le confesó la verdad y por qué se hacía pasar por otra persona. Había terminado con Jerry y quería reiniciar una nueva vida con Mariano, a quien conoció en una pollada.
—¿En una pollada? —dijo Simón, sorprendido—. Entonces, ¿la muchacha de la bronca del otro día eres tú?
—Así es, tío. Yo soy la famosa Vanessa.
—Pero, ¿por qué?
—¡Estoy cansada de vivir en ese mundo de apariencia y frialdad! ¡Quiero que me valoren por lo que soy y no por mi posición social ni mi apellido! ¡Quiero ser yo!
—Pero debes decirle a Mariano quién eres realmente.
—De ninguna manera. No quiero que se entere. Por favor, tío, no le digas a nadie quién soy. Hazme ese favor. Para todos, me llamo Vanessa y trabajo como mucama.
Simón, conmovido por sus ruegos, aceptó y le prometió guardar el secreto.
+++
(* Amanda conoce a Vanessa sin saber que en realidad, es Fiorella, la hija bastarda de su ex-marido. *)
—¡Simón! ¿Quién es esta muchacha?
Simón miró a su sobrina de reojo y le habló a Amanda:
—Sra. Amanda... ejem... ella... se llama Vanessa y trabaja como mucama en casa de mi sobrina.
Ellas se saludaron y se miraron fijamente. De repente, la amargura de Amanda se disipó.
—Mucho gusto, soy Amanda Pérez de Cisneros.
—Un placer, soy Vanessa.
—¿Vanessa qué?
—Simplemente Vanessa.
—¿Así que trabajas como sirvienta?
—Así es. Y pagan muy bien.
—¿Por qué estás triste?
—Acaba de terminar con su enamorado —intervino Simón, mientras ella se secaba las lágrimas.
—¿No gustas tomar un lonchecito? —preguntó Amanda.
—No sería ninguna molestia —respondió Vanessa.
—¡Ninguna! ¡Anda, pasa!
—Es que... mis amigos me deben estar buscando.
—No te preocupes, Vanessa —dijo Simón—, ahorita busco a Mariano y le aviso que estás con Amanda.
—Está bien —dijo sonriente.
Simón se retiró para buscar a Mariano.
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Vanessa ingresó tímidamente a la casa de Amanda, quien le sirvió café y le pidió que se quitara los anteojos oscuros para platicar mejor. Increíblemente, se mostró muy amigable.
( Chochi )
—Dime, Vanessa, cuéntame un poco de ti.
Vanessa respiró hondo y comenzó a relatarle una historia:
—Mi gran anhelo es ser periodista —dijo—, pero lamentablemente la necesidad me ha obligado a trabajar como mucama.
—¡Ah, qué bien! —dijo Amanda con los ojos brillosos—. ¡Mi hija es periodista! ¡Seguro te podría recomendar!
—Gracias, señora.
—¡Por favor, no me digas señora! ¡Me llamo Amanda y háblame de tú, que estamos en confianza!
—Gracias... ejem... Amanda. Pero, ¿por qué haces estas cosas por mí?
Amanda la miró, sonriente, a los ojos.
—Simplemente me caes bien.
Vanessa, con los ojos llorosos, sonrió.
+++
Mientras tanto, Mariano seguía en la esquina con sus amigos cuando divisaron a Paula y Claudia.
( Paula )
—Oe, cuñao —dijo Patroclo—, ¡ahí viene Paula, la gringa, con Claudia!
—¡Oigan! —exclamó Mariano, nervioso—. ¡No le digan que conocí a Vanessa, por favor!
—Tranquilo, cuñao, nuestras bocas serán un sepulcro —dijo Cholón—. Pero te digo que no te hagas muchas ilusiones.
Mientras, ellas también divisaron a Mariano.
—¡Oe, Claudia! ¡Cuidado con hablar de Juan a Mariano, por favor!
—¡Tranquila, Paula! ¡Para lo que me importa! ¡Pero, la verdad, el tal Juan es todo un partidazo!
Se acercaron y se saludaron con un beso en la mejilla. Mariano y Paula se miraban discretamente. De pronto, se acercó el Oficial Ardiles en su patrullero. Cholón se puso nervioso.
—¡Oficial! ¡Yo no hice nada malo!
—Tranquilo, Cholón, que no vengo a buscarte —dijo el oficial—. Busco a una chica llamada Vanessa por agredir a un hombre en una pollada. Es blanca, delgada, estatura mediana. Creemos que usa peluca y anteojos oscuros. ¿Alguno la ha visto?
Todos se miraron, nerviosos.
—Bueno, oficial —dijo Piolín—, yo conozco a Marcela, a Xiomara, a Maritza, pero a ninguna Vanessa.
—¡Yo conozco a Vanessa! —exclamó Patroclo.
Mariano se puso furioso. Paula notó su extraño comportamiento.
—¡Pero a Vanessa Robbiano, la actriz! —prosiguió Patroclo sonriente.
Los demás rieron. El oficial se indignó.
—¡Nada de bromas! ¿Conocen a la tal Vanessa o no?
—¡No, señor, no conocemos a ninguna Vanessa! —aclaró Mariano.
—Bueno, muchachos —dijo el oficial—, si saben algo, avísenme, por favor.
El oficial Ardiles se retiró.
—Oye, Mariano —dijo Paula, enojada—, ¿por qué te pusiste nervioso cuando mencionaron a la tal Vanessa?
—¡No, nada que ver, flaca! —intervino Patroclo—. ¡Mariano no conoce a ninguna Vanessa!
—¡Oye, malcriado! ¡No te metas! ¡Que estoy hablando con Mariano!
—No, gringuita —dijo Mariano—, yo no me ponía nervioso... ¡Es el calor!
—¡Siento calor de ver a Flor! —dijo Cholón, mirando a Flor a lo lejos con excitación—. ¡Qué rica está Flor!
—¡Se parece a Angie Cepeda, la actriz! —dijo Piolín.
—¡No, compadre! —dijo Patroclo—. ¡Flor es más rica!
—¡Hay que «deshojar la Flor»! —exclamó Ramón Augusto, excitado.
—A mí me gusta más Julia, su hermana —dijo Jabancho.
—Julia está buena también —dijo Cholón—, pero está muy chiquilla.
—¡Ya, maduren, malandrines! —dijeron las chicas, celosas.
+++
En ese momento, se acercó Flor y se unió al grupo; los muchachos la saludaron con un beso en la mejilla.
( Flor )
—Oye, Flor —dijo Claudia—, ¿qué pasó con la nota que me prometiste para mi grupo musical?
—Disculpa, Claudita. Pero es que he estado ocupada. Tengo que cubrir la gira de un cantante mexicano.
—¿Cómo se llama? —preguntó Paula.
—Se llama Pablo... No recuerdo... Pablo Salgado, creo yo.
—¡Verdad! —exclamó Paula, emocionada—. ¡Es mi cantante favorito! ¡Lo amo!
Mariano puso cara de celos.
—¡Uuuyy! —exclamó Piolín—. ¡Tiene buenas canciones! ¡A mí también me gusta cómo canta!
—Oye —dijo Claudia—, ¡es más importante apoyar a un extranjero que al talento local!
—Es el cantante de moda, Claudia —dijo Flor.
—¡Sí, sí! ¡No veo la hora de irme a Estados Unidos, donde sí aprecian el arte de uno!
—¡Entonces vete! ¡Quién te obliga! —dijo Patroclo.
—¡Oe, loco! —dijo Ramón Augusto—. ¡Aguanta el carro! ¡Más respeto con la hembrita, por favor!
—Gracias por defenderme, Ramón Augusto. Tú sí que eres un caballero.
—Pero te juro, Claudia —intervino Flor—, que apenas acabe con este chico, te hago toda una nota a ti y a tu grupo.
—Promesas... promesas... ¡Mejor me voy!
Claudia se retiró enojada.
—No le hagas caso, Flor —dijo Patroclo—, es una amargada.
—¡Pucha! —exclamó Flor—. ¡La verdad es que yo quedé mal con ella! Bueno... yo me retiro. ¡Chau, chicos!
+++
Flor se dirigió a su casa, donde estaban Amanda y Vanessa tomando el lonche.
—¡Mamá, ya llegué!
Amanda y Vanessa vieron a Flor.
—¡Flor! ¿Cómo estás? Te presento a Vanessa, amiga del «Coco Plano».
Flor y Vanessa se saludaron.
—Vanessa está buscando trabajo como periodista. A ver si le recomiendas algo.
—¡No se molesten! —dijo Vanessa.
—¡De ninguna manera! —dijo Amanda—. ¡Tienes una habilidad y tienes que cultivarla! Además, ¿vas a pasar toda tu vida trabajando como empleada doméstica?
—No es eso. Agradezco lo que quieren hacer conmigo, pero la verdad no es necesario.
Flor intentó cambiar la conversación.
—¡Mamá! ¿Sabes algo de Julia?
—¿Julia? —intervino Vanessa, impresionada.
—Mi otra hija —obvió Amanda—. Ella salió con ese chico que me presentó su enamorado.
—¡Tiene enamorado! —exclamó Flor, contenta—. ¿Y cómo es?
—Es un chico buenmozo, se ve que tiene buena posición económica.
—¿Cómo se llama? —preguntó Flor.
—Hummm... dijo que se llamaba Jerry... Jerry Modugno.
Vanessa sintió una fuerte impresión al escuchar el nombre.
—¿Jerry Modugno?
—¿Lo conoces? —preguntó Amanda.
—Bueno... es... mejor dicho... era el enamorado de la hija de los patrones. Es un buen chico. —De pronto miró su reloj—. Bueno, creo que es hora de irme. Un placer, Sra. Amanda... Flor...
—Gracias por venir, Vanessa —dijo Flor.
—Puedes visitarnos cuando gustes. Esta también es tu casa.
Se despidió y se retiró. Amanda y Flor quedaron fascinadas. En la esquina, Vanessa preguntó a Mariano por Chochi y fueron a buscarlo; luego se subieron al taxi de Ramón Augusto para regresar a su casa.
+++
Mientras tanto, Julia estaba con Jerry en casa de él, donde conocieron a María, la hermana de Jerry. Jerry no quería que María estuviera con Santiago y, para alejarla, se le ocurrió presentarle a Julia para que se hicieran amigas. Lo que no contaba era que María ya había quedado con Santiago para verse en el parque.
( María )
—Jerry, hermanito, voy a ir de compras.
—¿Con quién vas a ir?
—Me voy a encontrar con una amiga.
—Que Julia te acompañe.
—No te molestes, amor —intervino Julia.
—De ninguna manera. La vida está llena de peligros y no quiero que mi hermanita se exponga.
—¡Ya, hermano, ya no soy una niñita! ¡Tengo 18 años!
—Insisto. Tú no sales sola. Julia, acompáñala. Y yo las dejo en la tienda.
Se subieron al auto de Jerry rumbo al centro comercial.
+++
En el centro comercial, aprovechando un descuido, María llamó a Santiago para contarle que los planes cambiaron. Mientras esperaba a Santiago, María caminaba con Julia.
( Julia )
—¿Has estado en México? —preguntó Julia, recordando los adornos en casa de Jerry.
—Yo nací allá.
—¿Verdad? ¡No lo sabía! ¿Y Jerry también?
—No, él nació aquí en Lima. Voy seguido a México a visitar a unos amigos.
—No conozco México, pero me gustaría ir. ¡Debe ser fascinante, por lo que veo en las novelas!
En ese momento se encontraron con Santiago. María, emocionada, lo abrazó fuertemente.
—Santiago, te presento a Julia, la enamorada de mi hermano.
—¿La enamorada de Jerry? —dijo impresionado—. ¿Y qué pasó con Fiorella?
Julia se sintió incómoda pero trató de disimular.
—Bueno, Jerry y Fiorella terminaron —dijo María.
—¡Pobre Fiorella! —dijo Santiago—. ¡Debe estar sufriendo mucho! ¡Ella que es muy sensible!
—Por favor, amor, no sigas que me vas a poner celosa —dijo María.
—No, mi vida —dijo Santiago—. Debes saber que conozco a Fiorella desde muy niña.
—¿Qué tan bien la conoces?
—Bueno... no debe haber secretos entre los dos, mi vida... Fiorella y yo fuimos enamorados, pero era cosa de adolescentes, nada serio. ¡Es verdad! ¡Ahora solo nos une una bonita amistad y nada más! ¡Ahora solo importas tú! ¡Eres la única mujer que amo y adoro con toda el alma!
Santiago besó a María. Julia los miró contenta.
—¡Ups! Perdónanos, Julia.
—No se preocupen —dijo con timidez—, se nota que se quieren mucho.
—Julia —dijo Santiago—, ¿a qué te dedicas?
—Ayudo a mi mamá con los quehaceres de la casa.
—Te pregunto si haces algo por la vida... ¿Estudias? ¿Trabajas?
—Estuve estudiando secretariado bilingüe, pero tuve que dejarlo por problemas económicos. Tú sabes, la situación está muy difícil... la plata ya no alcanza. Estoy viendo si consigo trabajo, pero la verdad es que está difícil. Al menos mi hermana Flor trabaja para mantenernos a mi mamá y a mí.
—Muchachas, las invito a tomar un helado —dijo Santiago.
—No te molestes, no es necesario —dijo Julia, avergonzada.
—¡De ninguna manera! ¡Yo las invito! ¡Es lo menos que puedo hacer por estas dos bellezas!
—Gracias —dijo Julia.
—Gracias, amorcito —dijo María, abrazando y besando a Santiago.
Santiago se portó muy galante; las invitó a un helado, al cine y finalmente les regaló entradas para el concierto de Pablo, el cantante, su hermano.
+++
Pablo nació en México y a temprana edad se fue al Perú, donde nacieron Juan y Santiago. Pablo, a los 18 años, viajó a México para cumplir su sueño de ser cantante. Luego, Santiago dejó a las chicas cerca de la casa de María.
Les advirtió a Julia que no le dijera ni una palabra a Jerry sobre el encuentro con él. Acordaron decirle a Jerry que se encontraron con una amiga de María y que ella fue quien las dejó en casa. Jerry no se dio cuenta de nada. Esa noche, Jerry dejó a Julia en su casa, y de algún modo, Julia se convirtió en cómplice y confidente de María, permitiendo que ella siguiera viéndose con Santiago a escondidas.







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