🎬 CAPÍTULO I: El Flechazo Subterráneo
El año 2001 avanzaba con el auge del internet, los cibercafés y las movidas juveniles en el centro de Lima.
Julia caminaba tranquila por la acera cuando el sonido de un freno la sobresaltó. Era el Oficial Ardiles, manejando su patrullero con la mirada pícara que siempre la incomodaba.
—Hola, Julia. ¿Cómo estás? ¿Hacia dónde se dirige una señorita tan linda? —preguntó Ardiles, apoyándose en la ventana.
—Voy a las Galerías Brasil, oficial. A ver si llegaron algunos discos nuevos —respondió ella con timidez.
—Te acompaño. Sabes que hay cada loco y degenerado suelto por ahí que podría hacerte daño. No es bueno que andes solita en este mundo hostil.
—Se lo agradezco, pero sé cuidarme sola.
—Insisto, Julia —dijo el policía, bajándose para abrirle la puerta con insistencia.
Sin querer armar un problema, Julia subió a la patrulla. En ese instante, una silueta conocida se asomó a la ventana: era el Jabancho, uno de los esquineros del barrio.
—¡Habla, Julia! ¿A dónde vas tan emperifollada? —gritó Jabancho con su típica jerga.
—¡Hola, Jabancho! Voy a las Galerías Brasil, ¿quieres ir?
—La señorita viene conmigo, compadre, muévete —intervino el Oficial Ardiles, mirándolo con desprecio.
—¡Asu, qué espeso el oficial! —rechinó Jabancho—. Ya, Julia, ahí nos vemos. Mi hermana Paula está por allá. Si la ves, dile que la llamó el Cucho y que no se olvide que el concierto de rock es hoy en la noche. ¡Va a estar de la patada!
Ardiles metió el acelerador a fondo. Con la sirena encendida solo para impresionar a Julia, el policía manejó a excesiva velocidad por la avenida, pasándose un par de luces rojas y haciendo que varios peatones saltaran a la vereda del susto. Al llegar a las galerías, Julia bajó rápido.—Gracias por el viaje, oficial. Chao.
—Pero espérame, Julia, déjame entrar contigo...
—No, gracias, de verdad —lo cortó ella. Por suerte para Julia, la radio del patrullero alertó sobre un robo en proceso. Refunfuñando, el "sucio policía" tuvo que arrancar.
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Julia ingresó al templo del rock juvenil. Subió al segundo piso y anduvo revisando los puestos de casetes y CD, pero no encontraba nada especial. De pronto, una mano jaló su hombro. Era Paula, su vecina, rozagante y feliz de la vida.
—¡Julia! ¡Dichosos los ojos! ¿Qué haces por acá?
—Hola, Paula. Buscando música... ¿Y tú? ¿Cómo vas con Mariano, tu enamorado?
—¡Ay, amiga, la estamos pasando requetebien! Lo adoro, ya vamos un mes y cada día es más lindo.
—Por cierto, me crucé con tu hermano Jabancho. Dice que te avisó el Cucho que hoy es el concierto de la banda de Erik. ¿Quién es él?
—¡Es el chico de la banda que te conté! Tienen un grupo maldito y hoy estrenan vocalista. ¡Tienes que ir conmigo, Julia! Así dejas el estudio un rato, sales y conoces gente.
—No sé, Paula... mi mamá se puede enojar. Es muy estricta.
—¡No le digas nada! Le dices que fuiste a estudiar a casa de una amiga. Vamos, no seas malita, ¡hay que apoyar al verdadero rock peruano!
—Está bien, vamos —cedió Julia, terminando en un abrazo con su amiga.
+++
Mientras tanto, en el Aeropuerto Jorge Chávez, la algarabía era total. Jerry, un joven de familia adinerada de Miraflores, esperaba en la salida internacional. Tras pasar el ajetreo de la aduana, vio aparecer a su primo Alonso, quien venía de Miami cargando una mochila llena de expectativa. Ambos se dieron un fuerte abrazo.
—¡Primo! ¡Bienvenido al Perú! ¿Qué tal el viaje?—Gracias, primazo. Todo tranquilo, aunque casi me desarman la maleta en la aduana —rio Alonso acomodándose los anteojos.
—¿Y mis tíos en Miami? ¿Cómo están?
—Muy bien, mandan saludos. Pero oye, dime tú, ¿cómo vas con tu enamorada Fiorella?
—Cada día la quiero más, compadre. Es una chica noble, dulce... el mejor partido que he podido encontrar —dijo Jerry con orgullo. Luego lo miró de arriba abajo—. ¿Y tú? Ya te estás haciendo viejo y no te levantas a nadie. ¿Qué pasa? ¿Eres del otro equipo o qué?
—No, nada de eso —sonrió Alonso, tímido—. Aún no aparece la mujer de mi vida. Prefiero no desesperarme. Por cierto... —Alonso sacó un papel doblado del bolsillo—. Hoy hay una tocada de rock peruano en un local del centro. ¡Tengo que ir!
—¡Bah! ¿Grupos peruanos? —Jerry hizo una mueca de desprecio—. Me parecen unos mediocres que solo se quejan de que nadie los apoya. Si hicieran buena música, la gente iría. Son unos chiquillos llorones.
—¡No hables así! Yo me entero de todas las tocadas por e-mail y he venido a Lima con la firme intención de investigar el rock subterráneo para mi tesis. Además, siento una corazonada... siento que algo me espera allá.
—Bueno, si es por tu tesis, yo conozco el local. Te llevo.
Al caer la noche, el local estaba repleto. No cabía ni un alfiler y el humo y el olor a cerveza inundaban el ambiente. Julia, nerviosa por los gritos del público que hacía "pogo" empujándose unos a otros, se sentó en la barra con Paula y Mariano. Un tipo de mala facha se acercó a ofrecerle sustancias dudosas a Julia, pero Paula saltó de inmediato como una fiera.—¡Oye, qué te pasa, ah! ¡Mi amiga no consume esas porquerías! ¡Fuera de acá, fuchi, arranca con tus vainas a otra parte! —le gritó, espantando al sujeto.
A los pocos minutos, Jerry, Fiorella y Alonso ingresaron al local. Alonso miraba el escenario como si hubiera entrado a la Tierra Prometida, mientras Jerry abrazaba a Fiorella con protectora elegancia. La banda se retrasaba más de una hora y el público limeño empezó a pifiar con fuerza: "¡Puuuifff! ¡Devuelvan las entradas!".
Abrumada por el bullicio, Julia se disculpó para ir al baño. Al mismo tiempo, Jerry dejó a Fiorella en la mesa para ir en la misma dirección. En el pasadizo, la marea de gente que se empujaba provocó que un sujeto chocara violentamente contra Julia, tirándola al piso.
—¡Cuidado! —gritó Jerry, reaccionando rápido. Se agachó y la tomó suavemente de los brazos para ayudarla a levantarse—. ¿Estás bien?
Al estar frente a frente, el tiempo se detuvo. Ambos se miraron fijamente a los ojos y una descarga eléctrica, un flechazo instantáneo y fascinante, los dejó completamente mudos.
—Te... te preguntaba si estabas bien —repitió Jerry, cautivado por la mirada de la joven.
—Sí... gracias —susurró Julia, sintiendo que el corazón se le salía del pecho—. Me llamo Julia.
—Bonito nombre. Yo soy Jerry... Un gusto, Julia.
El momento mágico se rompió cuando Paula apareció corriendo para jalar a Julia porque los músicos ya subían al escenario. Jerry regresó a su mesa flotando en las nubes.
El concierto empezó con Erik destrozando las cuerdas de su guitarra. Al micrófono se acomodó Claudia, la nueva vocalista: una trigueña esbelta de silueta despampanante. A Alonso se le cayeron los ojos de la fascinación; la voz rockera y la belleza de la chica lo hipnotizaron por completo. El amor lo había flechado a él también.
Al terminar la primera parte del show, Paula llevó a Julia a los camerinos para presentarle a la banda. Alonso, despertando de su trance, las siguió para hablar con la cantante.
—Erik, ella es mi mejor amiga, Julia —presentó Paula.
—¡Caray! Dichosos los ojos que te ven —dijo Erik, mirando a Julia con evidente coquetería—. Un placer, soy la primera guitarra.
—Hola... —respondió Julia con timidez, sintiendo las miradas del guitarrista.
Al costado, Alonso abordó a la vocalista:
—Hola, soy Alonso. Vengo de Miami y cantas hermoso. Te felicito.
—¿De Miami? —la expresión de Claudia cambió a una sonrisa sumamente amigable—. ¡Me fascina Miami! Mi sueño es cantar allá algún día.
La química entre ellos fue inmediata. Al regresar al escenario para la segunda mitad, Erik tomó el micrófono y gritó frente a la multitud: "¡Esta canción va dedicada para una chica muy especial: Julia Cisneros!". A Julia le brillaron los ojos de emoción, mientras a lo lejos, Jerry la observaba entre el público con una pizca de celos.
A las cuatro de la mañana, el concierto terminó. Jerry se marchó con Fiorella y un Alonso ilusionado que prometió buscar a Claudia. Por su parte, Mariano y Paula dejaron a Julia en la puerta de su casa.
Al cruzar el umbral, la burbuja de felicidad de Julia estalló en mil pedazos. En medio de la penumbra de la sala la esperaba Amanda Pérez, con la correa en la mano y los ojos inyectados en rabia. Jabancho ya se había encargado de pasar por la cuadra temprano a soltar el chisme de que vio a Julia subirse a un patrullero y hablar de un concierto.
—¡Toma esto, desgraciada! ¡Por desobedecerme! —gritó Amanda, descargándole una bofetada salvaje en el rostro, seguida de tirones de pelo y cocachos.
—¡No, mamá! ¡No me pegues, por favor! —lloraba Julia en el suelo, cubriéndose la cabeza.
—¡Mala hija! ¡Mentira que estabas estudiando! ¿Por qué no puedes ser santa como Mónica o trabajadora como tu hermana Flor? ¡Ellas sí valen la pena, eres una malnacida!
En ese instante de terror, la puerta principal se abrió. Era Flor, que venía llegando de su "turno periodístico". Al verla, la mirada desquiciada de Amanda cambió a una de total ternura.
—¡Eso es diferente! —sentenció Amanda, abrazando a su hija mayor y mirando con asco a Julia—. ¡Flor viene de romperse el lomo trabajando!
Amanda ignoraba por completo la doble vida nocturna de su consentida en el bar de artistas. Julia, arrastrándose hasta su habitación con el cuerpo adolorido y las mejillas empapadas de lágrimas, se encerró a llorar. Sin embargo, mientras miraba el techo, una sonrisa involuntaria apareció en su rostro al recordar el chispazo eléctrico en los ojos de Jerry. El amor había llegado a su vida, y con él, la esperanza.




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